Alberto Barrantes C.. 15 julio, 2020
La empatía entre casa y escuela es fundamental para apoyar la labor del docente durante y después de la pandemia. De su salud mental, dependerá el éxito de generaciones.
La empatía entre casa y escuela es fundamental para apoyar la labor del docente durante y después de la pandemia. De su salud mental, dependerá el éxito de generaciones.

En “Educar con humor”, el guionista y periodista español Carles Capdevila decía que “el estado de ánimo de los profesores es el activo más importante de la sociedad”, ¿qué estamos haciendo para protegerlo en tiempos de pandemia? Educar debe ser sinónimo de motivar, comunicar y crear vínculos de confianza entre profesores y estudiantes para que el entorno sea favorable al intercambio de saberes, ideas y opiniones. Sin embargo, la tarea no es sencilla cuando el entorno y las emociones juegan en contra de quienes educan. 

En tiempos de pandemia, las familias no pueden pretender que la maestra esté disponible a cualquier hora del día para responder mensajes por WhatsApp y revisar tareas a toda hora. Es momento de redefinir la labor del docente como un guía de los procesos de aprendizaje, en lugar de ser un expositor que recita contenidos por Zoom y que es considerado “efectivo”en la medida en habla una hora por videoconferencia, con una presentación de Power Point de fondo. ¿Quién puede sentir motivación en un entorno tan aburrido para aprender? Eso no es educación virtual y los efectos negativos de su mala praxis pueden llegar a traducirse en frustración para el docente y los estudiantes.

Si bien es cierto, hay educadores desanimados porque se equivocaron de carrera y su falta de vocación los golpea diariamente contra la realidad; en mi experiencia he visto que hay una mayoría con  buenas intenciones a los que el entorno les roba todo tipo de energía para enseñar, sin sentir apoyo de las familias  ni de las autoridades. Ya su motivación y su autoridad estaba erosionada previo a la pandemia y, con la crisis, el escenario podría resultar más desalentador. 

El sistema educativo es un todo y como tal, requiere el apoyo de las familias, de los hacedores de políticas públicas y de las autoridades para que la educación camine hacia un mejor rumbo para todos. Un docente desanimado hace daño a toda la sociedad. Quien educa alegre genera confianza, construye

puentes entre la creatividad y el aprendizaje y crea una atmósfera capaz de capturar el interés de sus estudiantes y de contagiarles de motivación y esperanza. 

‘Quemados’

En el año 2017, la Junta de Pensiones y Jubilaciones del Magisterio Nacional (Jupema) presentó al Ministerio de Educación Pública (MEP) un estudio denominado “Síndrome del quemado en los docentes de primaria y secundaria” , donde se entrevistó a unos 15.000 educadores y se detectó que un 30% padece el “síndrome del trabajador quemado”; un trastorno emocional vinculado al estrés. Esto no solo afecta la salud del educador, sino también la calidad de las lecciones que imparte. El exceso de carga laboral y el desinterés de algunos alumnos y sus familias confabula para que educar con alegría sea una tarea cuesta arriba para algunos educadores. 

A la luz de estos datos, conviene que las autoridades de Educación y de Salud velen por cuidar de un activo tan importante como es la salud mental de quienes tienen en sus manos la noble tarea de educar: es decir, de quienes tienen la responsabilidad de hacer de las escuelas, colegios y universidades los espacios óptimos para la construcción de oportunidades y de esperanza para niñas, niños y jóvenes. 

En palabras de la profesora argentina Jenny Ortiz, los educadores “están siendo  protagonistas de una reinvención del modelo educativo, pero también de la reinvención de personas con realidades, formas de afrontamiento y experiencias en medio de la crisis, tan diversas como particulares. Somos canalizadores de emociones”, dice la profesora. 

Ante todos estos cambios, la invitación a los docentes y a las familias es a ser flexibles y a probar diferentes estrategias para alcanzar resultados: Menos es más. Si se sabe priorizar contenidos, la reducción del ciclo educativo podría tener un impacto más suave, señala el último informe sobre el  Impacto de la pandemia en Educación, elaborado por la Organización de Estados Iberoamericanos. 

Lejos de saturar de materias y contenidos para memorizar o hacer tareas, conviene hacer pausas y preguntarse ¿qué enseñar?, ¿cómo enseñar?, ¿para qué enseñar? Educar para la vida, implica dotar a niñas, niños y jóvenes de habilidades básicas como el trabajo en equipo, la resolución de problemas y la comprensión de lectura: todas muy necesarias en este siglo XXI, y enseñarles a que el docente no tiene que ser quien les resuelva todo, sino un facilitador del proceso de aprendizaje. 

Padres de familia deben comprender que escuela no es sinónimo de guardería y que pese a que las clases puedan retornar, el binomio virtual-presencial, exige un acompañamiento en el proceso de sus hijos. Puede que el padre o la madre no tenga escolaridad, pero la motivación y el acompañamiento emocional es fundamental para mantener al niño enganchado y que vea en la educación  la oportunidad de escalar socialmente. 

El maestro, al ser parte de un sistema educativo, necesita que ese mismo sistema (en el que están familias, hacedores de política pública, directores, entre otros) responda con empatía y cuide de  un bien preciado para toda la sociedad: la salud mental de quienes enseñan. De la motivación de los educadores dependerá el éxito o fracaso de las generaciones que hoy abren los libros. 

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