Alberto Barrantes C.. 3 abril
Desde preescolar, la música en las aulas favorece el desarrollo de destrezas lingüísticas y habilidades blandas, como el trabajo en equipo.
Desde preescolar, la música en las aulas favorece el desarrollo de destrezas lingüísticas y habilidades blandas, como el trabajo en equipo.

Dice el cantautor español Ismael Serrano que “la vida sin música es un etcétera”. La música es un idioma universal que conecta realidades, despierta emociones y que, mediante sonidos y ritmos, construye un sólido puente entre el aprendizaje y la creatividad. Cuanto más temprano llegue a las aulas, mejor.

No se trata de impartir lecciones para ver quién es el mejor de la clase en ejecutar un instrumento, sino de restaurar la importancia de la enseñanza musical desde la niñez, mostrándoles la alegría de hacer y compartir música, de que puedan experimentar con los sonidos y que encuentren en las notas musicales un juego para aprender grafías no convencionales.

Anita Collins, investigadora en neurociencia, afirma que la educación musical desde los primeros años beneficia las habilidades lingüísticas y matemáticas de los niños, así como su capacidad de concentración y atención: Sí quieren que los niños aprendan inglés, empiecen por fortalecer la enseñanza de la música desde preescolar, dice Collins.

Hoy, donde el futuro del trabajo demanda más creatividad, capacidad de adaptación al cambio y nuevas formas de pensamiento, la música juega un papel fundamental en la formación de los individuos y fomenta habilidades blandas como la comunicación y la cooperación.

Para nadie es un secreto que la música es un medio de expresión y comunicación en la que intervienen el tiempo, los sonidos, el ritmo y el movimiento. Es un juego que involucra coordinación y que permite un acercamiento a la propia cultura, al sonido de las raíces, los colores y las formas de quienes, con su creatividad escriben y entonan historias cotidianas de los pueblos, sus emociones y sus gentes.

Pedagogos infantiles como Montessori, Piaget y las hermanas Agazzi, también concluyeron en sus investigaciones la importancia de la música desde los primeros años de formación, tomando en cuenta que el oído es el primer órgano sensorial que se desarrolla dentro del útero.

Pese a todas esas ventajas que apunta la neurociencia y la pedagogía sobre la enseñanza musical desde la primera infancia, el sistema educativo costarricense sigue en deuda con esta asignatura. Mientras, la Religión es de enseñanza obligatoria, la Educación Musical y las Artes Plásticas, llegan a un nivel de cobertura de 60% y 30%, respectivamente, según el último informe del Estado de la Educación.

La investigadora Anna Díez afirma que la música también permite “interrelacionar conocimientos”: al estudiar un instrumento musical se pueden abordar contenidos de Geografía (de dónde es originario), Historia (cuándo apareció y en qué contexto), Matemáticas (tamaño y proporciones), Física (acústica y sonoridad), Artes Plásticas (dibujándolo o creándolo con distintos materiales) y todo lo que se le ocurra al docente. La carencia de materiales en el aula se soluciona con creatividad.

Una educación integral que se preocupe por el bienestar de sus estudiantes debe buscar la forma de incluir, sin excusas, la música dentro de sus estrategias pedagógicas: que sus estudiantes escriban sus propias letras, compartan ritmos y rimas, que los cuestionen y encuentren en sus letras y melodías la estética y la historia de quienes componen estas o aquellas canciones. Que comparen los productos artísticos locales y globales, y que sean capaces de crear lo propio, sin que se considere esta materia menos importante que el resto o una pérdida de tiempo.

La célebre frase “¿para qué tractores sin violines?”, que pronunció don Pepe Figueres, en 1972, con motivo de la entrega de instrumentos musicales a la Orquesta Sinfónica Nacional, cobra relevancia a la luz de este siglo, cuando aún la música y las artes plásticas siguen siendo un privilegio inalcanzable para algunos.

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