Alberto Barrantes C.. 3 junio
Norman Rockwell inmortalizó el coraje de Ruby Bridges con su famoso cuadro de 1964 “El problema con el que todos vivimos”. La niña era escoltada por federales para ir a la escuela.
Norman Rockwell inmortalizó el coraje de Ruby Bridges con su famoso cuadro de 1964 “El problema con el que todos vivimos”. La niña era escoltada por federales para ir a la escuela.

“Tenía seis años, cuando el movimiento de derechos civiles llamó a la puerta. Era 1960, y la historia me empujó y me arrastró en un torbellino. En ese momento, sabía poco sobre los miedos y odios raciales en Luisiana (Estados Unidos), donde estaba. Los niños nunca saben sobre el racismo. Son los adultos los que lo enseñamos”.

Las palabras son de Ruby Bridges, activista norteamericana por los derechos civiles y la primera niña afroamericana en integrarse en una escuela primaria donde solo asistían estudiantes blancos, en noviembre de 1960, marcando un hito contra la desigualdad, el odio y el rechazo. Pese a importantes conquistas sociales, el racismo sigue impregnado en la sociedad, invisibilizado la mayor parte del tiempo, causando daños irreparables, desigualdad, exclusión y muerte.

El asesinato del estadounidense George Floyd, en manos de policías, pone de manifiesto los efectos devastadores de normalizar la violencia, de ignorar la burla y de considerar normal la exclusión. Murió en Estados Unidos, pero su caso cala en el resto del mundo porque recuerda la deuda histórica de los países con la población afro, su exclusión y la desigualdad en oportunidades.

Pese a que Costa Rica se caracteriza por ser un país defensor de los derechos humanos, no se exime del racismo que habita en sus calles, estadios y escuelas, donde personas por su color de piel soportan diariamente la crueldad de burlas, ofensas, maltrato y discriminación; mientras los ofensores se pasean en la impunidad.

La desigualdad es evidente. Según datos del Programa de las Naciones para el Desarrollo (PNUD), en Costa Rica, 39.000 hogares afro viven en pobreza y pobreza extrema. Pese a contar con la participación neta más alta en el mercado laboral, los empleos a los que acceden son mayormente de baja calidad y mal remunerados. Solo el 5% de la población afro posee trabajo profesional o científico: fruto de los rezagos en la dimensión educativa.

Para avanzar en la lucha antirracista, se debe empezar por reconocer desde la educación los aportes de las personas afrodescendientes al desarrollo de la sociedad y la riqueza cultural, así como gestionar medidas específicas contra los prejuicios raciales y toda forma de discriminación.

Es insuficiente reconocer a Costa Rica como nación pluriétnica y multicultural, mientras en la educación no se incorpore la historia, los aportes y la participación activa de los afrodescendientes, así como herramientas prácticas para educar para la diversidad.

¿Qué significa educar para la diversidad? Implica enseñar desde la niñez el valor de la diversidad, explicándole al niño que aún dentro del grupo más pequeño, todas las personas son diferentes y que no existen estándares que sean mejores que otros.

La educación para la diversidad le enseña al niño que no hay por qué forzar a que los demás piensen y actúen como él, sino que se debe ser capaz de ser empático, asertivo, compasivo, de mostrar respeto mutuo, de comunicarse y de desarrollar una verdadera inclusión, desde la infancia. No porque sean niños tienen el derecho de burlarse o maltratar a otra persona, por su color de piel, credo o sexo.

La burla y el maltrato evidencian la construcción de estereotipos, que normalizan la violencia con los años. Esos prejuicios, tan presentes en nuestras redes sociales digitales y en las calles, limitan la libertad de pensamiento y como dice Maya Angelou “representan una carga que confunde el pasado, amenaza el futuro y hace inaccesible el presente”.

Si desde la educación en casa y escuela se ignora el peso que conlleva la burla, el desprecio y el maltrato hacia los otros, seguiremos anidando comportamientos cobardes, violentos y destructivos, que evidencian las frustraciones y los miedos de quienes los propician.

La mejor protesta contra el racismo ocurrirá cuando en aulas y hogares se generen más preguntas que permitan cuestionar el entorno en que habitamos, desestructurando los estereotipos y poniendo en evidencia a quien maltrata y discrimina, para de forma colectiva corregir los daños que arrastra.

Es inaceptable que el odio gane terreno, con las miradas cómplices y el silencio de la casa y la escuela.

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