Alberto Barrantes C.. 20 marzo
El teatro en la escuela es una oportunidad para promover la sana convivencia en las aulas y fomentar el pensamiento crítico.
El teatro en la escuela es una oportunidad para promover la sana convivencia en las aulas y fomentar el pensamiento crítico.

Darle la bienvenida al teatro en el aula es transformar la escuela. Va más allá de entretener, divertir y expresarse. El teatro enseña al estudiante a ser persona y como dice la profesora argentina Ester Trozzo es una oportunidad de darle la palabra al otro, de ensayar la vida y de promover el vínculo, el respeto por las diferencias entre compañeros y de trabajar contra la educación individualista.

El teatro es una contra-cultura del modelo de educación tradicional, porque rompe con las filas en el aula: viene a mover los pupitres, a cambiar el orden, a motivar a que niñas y niños se cuestionen, reflexionen sobre su entorno en armonía, para poder pensar y actuar con saberes pero también con bondad, creatividad, imaginación y esperanza en el futuro.

El teatro en la escuela no viene dado en una presentación ensayada para el final del curso lectivo, donde el grupo de estudiantes luce vestuarios caros, les sudan las manos por olvidar alguna línea del guión y sus familias ansiosas se pelean la primera fila para tomar las mejores fotos que estarán en las redes sociales. De eso no se trata el teatro en la escuela.

El objetivo principal del teatro desde la primaria es el desarrollo del pensamiento ficcional, que es el motor de la esperanza: la manera de pensar en que hay otros mundos posibles, de entenderse y entender a los otros, desde la propia sensibilidad. Es el pensamiento del científico que busca nuevas soluciones para resolver los problemas existentes, es el eje que ha llevado a la humanidad a producir cambios y que actúa como contrapeso de una cultura de lo caótico y del pesimismo que hoy tiene eco en algunos comentarios que leemos en las redes sociales y en los medios de comunicación.

La magia de lo teatral está en el juego que representa. Sin juego no hay teatro y el juego no quiere decir que no sea serio. Es profundamente serio y dejar de jugar es terrible. El juego constructivo tiene que entrar a la escuela, porque es el que nos hace pensar, criticar, seer capaz de desarrollarnos como seres humanos.

No faltará quien se pregunte, pero ¿para qué teatro si luego se convertirá en ingeniero, médico, abogado, científico? ¿Para qué sirve? ¿No será una pérdida de tiempo? Sirve porque hace al estudiante más sensible, más abierto, más capaz de leer con otras miradas la realidad que le rodea y entender su contexto y mejorarlo.

El teatro trabaja el auto-conocimiento, le permite comprender al niño y al joven que el cuerpo no es una percha para colgar modas, sino que hay gestos que se reprimen a partir de los prejuicios y que el teatro viene a darles libertad a partir de los cuestionamientos, del disfrute de la palabra, de hacer a un lado el juzgamiento para actuar con base en las habilidades múltiples que hay en el aula.

En Argentina, el teatro forma parte del currículo desde la educación básica. En las provincias en las que la implementación ha sido importante, como en Mendoza, le atribuyen logros como mejor uso del vocabulario en sus estudiantes, el mejoramiento de la expresión oral, el fortalecimiento de la autoestima y del sentido de pertenencia y la capacidad de proponer y participar.

El libro argentino Didáctica del teatro recoge una frase del autor y director Arístides Vargas que dice que “el teatro invita y conmueve a ser parte del cambio”. Las artes escénicas transforman los vacíos, carencias y disconformidades en oportunidades, enseñan a trabajar a partir de lo que se tiene y no de lo que falta. Juega con los recursos disponibles: se hace radio-teatro si no hay espacio en las aulas y la creatividad se usa como recurso inagotable.

Pero, ¿qué implica hacer lo que hizo Argentina? Varias cosas: Desde los tomadores de decisiones curriculares, implica una normativa que oriente y que explique el qué, para qué y cómo. Desde la institución escuela, significa aceptar al diferente y tener maestros de teatro: que no es lo mismo que solo maestros o solo actores, porque es tan importante saber de pedagogía como de teatro para producir el efecto deseado en los estudiantes. No basta con buenas intenciones.

El profesor de teatro en la escuela no se preocupa por salir a escena a final de curso, sino que construye todos los días, trabaja en función de las diferencias, saca lo mejor de cada estudiante y ofrece una alfabetización estética: aquella que hace sensible al ser humano, que le permite investigar el contexto de la obra para ponerlo en diálogo con su propio contexto y con la realidad.

El teatro en la escuela se compone de acción y expectación y en ese doble juego abre las puertas a las emociones, busca colectivamente nuevos significados para las palabras y pone en el centro al estudiante, sin que sea un objeto de una obra de teatro para agradar a la familia.

Darle la bienvenida al teatro en las escuelas, es ofrecer una mejor calidad de vida, porque para vivir mejor en la sociedad de hoy, hay que saberse dueño de la palabra, crítico del entorno para convertirse en agente de cambio.

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