Alberto Barrantes C.. 20 enero
Más allá de recuperar los aprendizajes, el nuevo curso lectivo debe imponer un alto para pensar en el tipo de seres humanos que se están formando en las aulas.
Más allá de recuperar los aprendizajes, el nuevo curso lectivo debe imponer un alto para pensar en el tipo de seres humanos que se están formando en las aulas.

Para que el sistema educativo tome un mejor rumbo debe actuar como tal: un sistema interconectado que no solo esté compuesto por maestras, estudiantes, directoras, juntas de educación y un ministerio que dicte las reglas, sino que se construya de forma colectiva, a partir de la solidaridad comunitaria con las familias y preparando a cada persona para que asuma sus propias responsabilidades.

La era digital demanda autonomía en los aprendizajes. Ya no se espera que la maestra lo sepa todo y que resuelva todo por los estudiantes, sino más bien que su labor sea la de una guía o facilitadora de un proceso de aprendizaje colectivo, influyendo en sus estudiantes como esa persona capaz de despertar motivación e interés por aprender. A su vez, en cada hogar es imprescindible que haya un acompañamiento afectivo, donde el niño, la niña o adolescente sienta que hay alguien en casa que se preocupa por su presente y futuro.

Más allá de enfocarse en recuperar aprendizajes perdidos a causa de la pandemia, el sistema educativo debe ocuparse en priorizar habilidades y cuestionarse por el tipo de seres humanos que está formando en la aulas: ¿qué se habla en las aulas sobre empatía y respeto a las demás personas?,  ¿quién se preocupa por la salud mental?, ¿quién conversa sobre los anhelos, miedos y preocupaciones de las niñas, niños y jóvenes?, ¿se sienten vinculadas estas personas en formación con la comunidad en la que habitan? O por el contrario, estamos formando gente insensible, poco solidaria, que sale con un título debajo del brazo a sentirse merecedora del mundo, sin ninguna motivación más que satisfacer sus propios intereses y llegar a fin de mes con algún dinero en la bolsa o a pagar tarjetas de crédito.

Costa Rica es un país en el que la gente está consciente de los problemas que le circundan pero que poco hace para corregirlos. Es más fácil hablar y buscar cómo atribuir los problemas propios a otros.

Prueba de ello, una investigación publicada por el programa Estado de la Nación que afirma que pese a que una mayoría de costarricenses reconoce los riesgos del cambio climático y la importancia de proteger el medio ambiente, 8 de cada 10 de los entrevistados “no concurrió a ningún grupo, actividad o iniciativa para proteger la naturaleza en el último año”. 

Un asunto más que nos devuelve al punto inicial de esta entrada del blog: actuar como sistema y ser consecuentes en las responsabilidades compartidas.

Esfuerzo en equipo

La acción comunitaria demanda de una solidaridad real con el vecino, sin falsas poses ni hipocresías. Entender que solidaridad no es caridad, ni lástima por el otro, sino encontrar la forma de garantizar más y mejores oportunidades que sean sostenibles en el tiempo para que esa persona o familia adquiera las herramientas necesarias para salir adelante.

El asistencialismo con el que Costa Rica ha educado en las últimas décadas, si bien ha ayudado a muchos, aletarga a muchos otros y los hace dormirse en la confianza del beneficio sin esfuerzos.

La solidaridad también se aprende desde la niñez en la medida que se pone en práctica la comunicación, el trabajo en equipo y  la empatía. Hay que dejar de ver la educación como un ejercicio de absurda competencia por saber quién obtiene el cien en un examen. En las aulas hay que articular equipos, capaces de asumir una posición crítica de la realidad, de resolver problemas y formar seres humanos integrales, que disfruten de aprender, desde la infancia.

Sembrar la competencia voraz desde la infancia solo ha alimentado el consumo desmedido, la destrucción del medio ambiente y el debilitamiento de los vínculos comunitarios.

Desde las aulas se puede construir comunidad, integrando diferentes voces, celebrando la diversidad de pensamientos y fomentando la co-creación de nuevos proyectos, asumiendo responsabilidades propias, solidaridad con los demás y entendiendo que las aulas no son vitrinas de trofeos sino el espacio por excelencia para consolidar la formación de seres humanos: capaces de ponerse en el lugar del otro y de actuar en favor de la colectividad. La ganancia es para todas y todos.

Cuénteme su opinión sobre este tema a mi correo barrantes.ceciliano@gmail.com