Alberto Barrantes C.. 12 marzo

Emocionar mientras se enseña no es tarea fácil para todo docente. Dominar un contenido para exponerlo frente a un salón de clase tampoco hace a un buen pedagogo. Educar implica conocer cómo aprende el cerebro y cómo se puede despertar motivación entre los estudiantes para hacer que los aprendizajes sean efectivos.

Esto lo explica la Neurociencia: disciplina ausente en una mayoría de los currículos de formación docente del país y que permitiría poner en práctica el “aprender haciendo” que tanto motiva el Ministerio de Educación Pública (MEP) en sus nuevos programas de estudio.

La desconexión es evidente. Por un lado, los currículos del MEP incentivan a crear ambientes de aprendizaje orientados a la participación, pero por otro, los educadores salen de las universidades sin las herramientas formativas necesarias para poner esto en práctica. El resultado: la reproducción de modelos pedagógicos obsoletos, donde la memorización de contenidos sigue dictando la pauta.

“Pretender educar sin saber cómo funciona el cerebro, es como querer inventar un guante sin haber visto nunca una mano. El hecho de desconocer el cerebro nos imposibilita una didáctica pertinente que permita desarrollar el potencial de los estudiantes. Hay vacíos importantes en la formación docente y responsabilidad también de las universidades que no incluyen este tipo de contenidos en sus mallas curriculares”, afirmó Javier Cascante, asesor de Ciencias de la Dirección Regional de Heredia, del Ministerio de Educación Pública.

Desconocer cómo funciona el cerebro también lleva a educadores a incurrir en el mito de que captar la atención de sus alumnos es misión imposible, debido a que en el siglo XXI hay una sobreexposición a los medios electrónicos. Son ese tipo de docentes que recurren a seguir golpeando la pizarra y amenazando a sus alumnos con boletas de conducta para imponer el orden en su salón de clase.

“ Tener dominio de una materia no implica ser un buen docente. La atención no se pide prestada, se gana. Se gana a través de una didáctica que sea atrayente con riqueza de recursos, en donde el estudiante se emocione y sea el centro del proceso de aprendizaje. Donde ellos interactúen sin miedo a equivocarse, donde puedan usar diversos materiales, incluida la tecnología y se fomente la investigación.”, agregó el profesor Cascante.

En Educación, el 71% de las carreras universitarias llevan más de una década sin actualizar sus currículos a las demandas del siglo XXI y pese a las reformas curriculares que hay en preescolar, primaria y secundaria, introducidas por el MEP.

Resulta pertinente insistir en este tema, debido a que ha sido mencionado en los últimos Informes del Estado de la Educación, sin que haya reformas sustanciales que exijan a las universidades actualizar sus mallas curriculares a las necesidades formativas de los futuros educadores. Lo anterior, muestra de que los vínculos entre el MEP y las universidades que gradúan más maestros son débiles.

Cuando el mismo sistema educativo, está dormido en la inercia y la complicidad burocrática pone frente a los salones de clase a quienes solo tiene un título universitario sin saber cómo funciona el cerebro, se riesgo de la desmotivación por aprender, de perpetuar errores, de aumentar la brecha social y de que se ignoren factores como la calidad del sueño, el ejercicio, la alimentación, el contexto en que habitan los estudiantes y su relación con el proceso de aprendizaje.

La Neurociencia es una disciplina aliada a la educación para diseñar mejores métodos de enseñanza, currículos más actualizados y mejores políticas educativas, menos excluyentes, haciendo que el aprendizaje sea útil, creativo, ameno, capaz de despertar la curiosidad de niñas, niños y jóvenes, mediante el juego, las preguntas y la interacción.

La educación requiere más ciencia para la toma de decisiones, colocando a los estudiantes como centro del proceso de aprendizaje, estimulando su capacidad de cuestionar y proponer desde las aulas. De lo contrario, la atención seguirá siendo misión imposible para quienes se colocan frente a una pizarra, con la tarea de educar.

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