Alberto Barrantes C.. 7 agosto
En Costa Rica, dos de cada 10 personas reconocen haber compartido noticias falsas en sus redes sociales, según informe de la UCR.
En Costa Rica, dos de cada 10 personas reconocen haber compartido noticias falsas en sus redes sociales, según informe de la UCR.

La facilidad con la que circulan contenidos falsos de mano en mano obliga a los sistemas educativos a gestar más espacios desde las aulas que inviten a niños y jóvenes a cuestionar su entorno, a plantear preguntas, innovar, disentir, argumentar, a no creerse todo lo que encuentran en Google y a ser capaces de dudar y dudar más: solo así la educación cumpliría con el noble ideal de formar individuos libres.

El docente universitario José Andrés Herrera, en un artículo titulado El pensamiento crítico como desafío en la educación costarricense expone cómo la memorización de contenidos frena esas posibilidades de generar nuevos ambientes en las aulas que favorezcan el espíritu crítico, la duda y la argumentación entre quienes integran un aula en Costa Rica. El investigador afirma que la rigidez del currículo educativo costarricense pretende que todas las personas desarrollen las mismas capacidades “como si de crear un producto en masa se tratase”.

Esa falta de espacios para la discusión, la reflexión y la capacidad de inferir ideas se evidencia en el bajo desempeño que obtienen los estudiantes de II Ciclo de Primaria en las Pruebas Nacionales de Diagnóstico (PND) que realiza el Ministerio de Educación Pública, y en los resultados del Tercer Estudio Regional Comparativo y Explicativo (TERCE), donde más de la mitad no alcanza ni los niveles mínimos para analizar o deducir una idea específica de un párrafo.

En la educación costarricense, se prefiere que un estudiante memorice y reproduzca los contenidos en un examen, sin importar si comprendió el contexto social, histórico, económico o cultural del texto y su relación con el presente.

El riesgo de dormir en el confort de esas posturas curriculares centradas en la memorización es que se margine la importancia de preguntar, repreguntar, de contrastar la información que se recibe y de ser propositivos en los procesos de enseñanza y aprendizaje. El pensamiento crítico implica la capacidad de cuestionar las opiniones, de interrelacionar contenidos, de aceptar retos y proponer soluciones.

El más reciente informe de opinión sociopolítica de la Universidad de Costa Rica (UCR), señala que dos de cada 10 costarricenses reconocen haber compartido noticias falsas en sus redes sociales y tres de cada diez (30%) afirman tener de poca a ninguna posibilidad para identificar si un contenido es falso.

Los datos ponen en evidencia el desafío que tiene la educación de ir más allá de las lecciones sobre nuevas tecnologías y de Educación Cívica, para dar un paso hacia el pensamiento crítico, la duda y la capacidad de contrastar datos.

Por ejemplo, en Barcelona, España, a partir del curso lectivo 2019, se imparte un curso a niños y jóvenes de 10 a 16 años sobre la credibilidad de la información que circula en redes sociales. La iniciativa denominada eduCAC les enseña a los

estudiantes sobre el uso de dispositivos móviles, la identidad digital, las noticias falsas y el efecto de los algoritmos en cómo se recibe la información en las redes sociales, búsquedas y publicidad.

La escuela es un ente vivo y como tal, debe ser capaz de adaptarse a los contextos que le rodean, de crear las condiciones necesarias para que los estudiantes quieran aprender y de romper moldes anticuados, no adecuados a las necesidades de quienes asisten hoy a las aulas; donde se les enseñe a niños y jóvenes que la tecnología no es un fin en sí mismo y donde se revierta el mito de que en Internet no hay responsabilidad sobre lo que se dice y se hace. Para mañana es tarde.

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