Alberto Barrantes C.. 1 mayo
Orofesores reclaman más espacios para la reflexión conjunta sobre lo que ocurre en las aulas y acompañamiento pedagógico. Andrew Dobrow (CC)
Orofesores reclaman más espacios para la reflexión conjunta sobre lo que ocurre en las aulas y acompañamiento pedagógico. Andrew Dobrow (CC)

La figura de quien dirige un centro educativo lleva el trazo de un líder que es capaz de convencer y de ofrecer una gestión orientada al servicio, la eficiencia, la calidad, la transparencia y la planificación por resultados para su comunidad educativa. Al menos, así lo define el Ministerio de Educación Pública (MEP), aunque en la práctica, menos de la mitad de los docentes está conforme con el rol del director de su escuela o colegio.

Así lo anota el último Informe del Estado de la Educación, en el que se realizó un cuestionario a 1.133 docentes de primaria y secundaria sobre su percepción sobre la labor de los directores y su gestión de resultados.

Mientras el 95% de los directores indica que en su centro educativo hay un clima basado en el respeto a la diversidad, la colaboración y la comunicación permanente, los docentes no opinan lo mismo. Solo un 48,9% de los profesores está conforme con la manera en que el director lidera su centro educativo.

En el cuestionario, los educadores claman por más acompañamiento pedagógico por parte del director y enfatizan en la necesidad de crear espacios de reflexión conjunta para analizar lo que sucede en las aulas. No en vano, el docente termina por sentirse solo en el ejercicio de su labor y por recluirse en el silencio, la obstinación o en asumir una actitud a la defensiva contra estudiantes, profesores, padres de familia o cualquier otro actor de la sociedad civil (¡Que nadie se meta en mi clase!).

La educación del siglo XXI pareciera indicarnos que el camino es el opuesto: cada vez más, directores y profesores deben ser capaces de derribar las barreras de sus aulas, para construir lo que el sociólogo español Mariano Fernández Enguita denomina “el hiperaula”: un espacio flexible, colaborativo y en red en el que maestros comparten sus buenas prácticas y sus errores con sus colegas y donde la información fluye para conseguir mejores resultados.

Educar debe ser sinónimo de motivar, comunicar, crear vínculos de confianza entre la comunidad educativa, para que el entorno sea favorable al intercambio de ideas, saberes y opiniones. Un profesor desanimado, acompañado de un director que descuide su rol de líder, difícilmente contribuirán a la formación de niños y jóvenes felices en las aulas. Podrán cumplir con cronogramas y planes de estudios, pero nunca alcanzarán el noble ideal de educar para construir.

Cuando maestros y directores caminan con un mismo rumbo y tienen clara su misión y pasión en las aulas, los resultados son mejores, porque el niño es visto como niño, el joven como joven; no como simples números, trámites o expedientes por llenar.

El buen director y el buen maestro siempre serán recordados por sus alumnis, así como lo hizo Albert Camus, cuando recibió su premio nobel, en una carta en la que agradece al señor Germain así:

“He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto (…)”

Cuando el director de colegio deja de ser líder, la desmotivación se apropia de los pasillos y las aulas, el docente se siente solo en su labor y la gestión de resultados es escasa: la escuela pierde su norte. Por eso, cuando dude de la calidad de educación que reciben niños y jóvenes, no solo cuestione a quién imparte lecciones dentro de las las aulas sino también a aquellos que trazan la ruta, desde la dirección.

Cuénteme su opinión sobre el tema abajo en los comentarios, o bien, a mi correo barrantes.ceciliano@gmail.com, o en mi cuenta en Twitter (@albertobace).