Por: Álvaro Murillo 18 febrero, 2013

La primera vez que el archivo automatizado de este periódico registra la palabra “pirata” para referirse a un transportista de personas data de 1996, en el gobierno de José María Figueres.

Para entonces era mucha la presión contra lo que consideraban competencia desleal.

En el gobierno de Miguel Ángel Rodríguez se autorizaron unas 3.000 concesiones más. “Suficientes”, dijeron entonces los taxistas de rojo.

Ya en la Asamblea Legislativa estaba Otto Guevara, defensor de los taxistas informales como una expresión del libertarismo que profesaba entonces.

Después, en el gobierno de Abel Pacheco, grupos de taxistas informales lograron consolidarse mientras los formales dedicaban sus energías a protestar contra la empresa Riteve. “Fue una anarquía total”, dijo el dirigente Gilberth Ureña.

Con Óscar Arias, el TLC y la ley de tránsito alteraron el ambiente que los taxistas consideraban ventajoso. “Si hubiéramos tenido un diputado nuestro allí, todo hubiera sido distinto”, dice Ureña antes de aceptar que, poco a poco, han tenido que ir compartiendo el negocio de transportar personas.

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