17 julio, 2011
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El primero de octubre de 1810, un miembro del Ayuntamiento de Cartago salió a la calle y llamó al primer niño que pasó. El infante no se imaginó la tarea que le ofrecerían: ser la “mano blanca” que sacase un papelito de una caja donde se encontraban escritos varios nombres; uno de ellos correspondería a quien sería el diputado por Costa Rica en las Cortes de Cádiz (España).

El niño tampoco se imaginaba que el país iniciaba así su vida parlamentaria; a la vez, la suerte marcaría la vida de Florencio Castillo, un sacerdote que ya prestaba un gran servicio como maestro en el Seminario Tridentino de León, Nicaragua, en un ambiente más tranquilo que el de la isla de Cádiz.

El tiempo ha pasado, y el lunes 11 de julio último se cumplieron doscientos años del día en el que el padre Florencio Castillo tomó posesión de su curul como diputado en Cádiz. Se convirtió así en el primer diputado electo de la historia de Costa Rica.

Si bien la elección fue hecha mediante un sorteo, fue democrática pues ninguna autoridad nombró a Castillo. Así lo había previsto la ley española que organizó las Cortes (o Congreso) de Cádiz.

Viaje hacia la historia. Castillo (quien nunca firmó “del Castillo”) pasó una larga aventura antes de llegar al puerto de Cádiz para sumarse a sus compañeros en el lugar de las sesiones, la iglesia de San Felipe Neri, nueve meses después de iniciadas.

Hay muchos aspectos que ayudarían a Costa Rica a profundizar el significado de esa fecha. Por ejemplo, el viaje en sí supuso un esfuerzo que llevó a Castillo a salir de León (Nicaragua) cruzando el territorio de Honduras hasta llegar al puerto de Trujillo, en el litoral caribeño de ese país.

Allá debió pasar cerca de un mes esperando que llegara un barco que lo llevase a La Habana (Cuba), lugar donde también aguardó que otro barco saliera hacia España. Esta misión la cumplió la nave La Vicenta, que arribó a la isla gaditana el 29 de junio de 1811. Pasaron así cinco meses en medio de peligros desde que Castillo hubo salido de León para alcanzar la meta.

Ese trayecto merece rememorarse por su propia dificultad y por lo significativo que es para la historia de Costa Rica. Resaltemos que las Cortes de Cádiz fueron el primer Congreso democrático en el que participamos con voz y voto, algo que la América española hasta ese momento no había conocido.

Estamos acostumbrados a la existencia de la Asamblea Legislativa, pero en aquel entonces fue toda una novedad elegir representantes de los pueblos que integraban el imperio español. Para Costa Rica, la llegada a Cádiz de Florencio Castillo fue la toma de la curul de su primer diputado en la historia y el inicio de su vida parlamentaria.

En algunas ocasiones, casi con un complejo de inferioridad, se ha resaltado una supuesta desventaja de Castillo frente a los diputados de España.

Sin embargo, para todos los representantes, el hecho era nuevo, y entre los delegados de España hubo muchos que no tuvieron ni el carácter ni la formación que poseyó el costarricense.

Por otro lado, el padre Castillo poseía una formación intelectual y espiritual puesta a la altura de las circunstancias y fruto del adelanto en la educación que experimentaba la Capitanía General de Guatemala gracias a sus conventos y a la Universidad de San Carlos.

Iniciativas. Castillo se interesaba en todo lo que procurase el bien de su prójimo, tanto de Costa Rica como del imperio español en general.

Florencio Castillo ocupó los puestos superiores de las Cortes hasta ser su presidente. Aún se recuerda su defensa de los indios y negros, y su empeño en lograr el mejoramiento de la educación, de la administración de justicia, el progre-so de la economía, la defensa de la dignidad del ser humano y de la igualdad entre las personas.

Asimismo, Castillo postuló una administración política más justa y eficaz para América desde las diputaciones provinciales, y un sistema municipal renovado.

Entre las iniciativas que planteó don Florencio estuvieron la habilitación de los puertos de Matina y Puntarenas con la gracia de diez años sin pagar impuestos por lo exportado. También planteó la creación de un obispado y un seminario en la provincia de Costa Rica, y la abolición de un impuesto que regía sobre el cacao así como la liberación de su cultivo.

Castillo propuso otorgar los títulos de ciudad para San José y de villa para las poblaciones principales, y presentó un proyecto para desarrollar la minería en Costa Rica.

Con respecto a Centroamérica, don Florencio apoyó la creación de una universidad en el Seminario de León (Nicaragua), el pago de los diezmos para la catedral de León, y el establecimiento de un colegio de misioneros para Nicaragua y Costa Rica.

Castillo entregó proyectos de desarrollo para Honduras. A la vez, luchó por la igualdad de los negros y mulatos en América, y fue el autor y el defensor del proyecto de la abolición de las mitas y otras cargas que sufrían los indígenas de América.

El sacerdote también luchó por el establecimiento de una diputación provincial para Nicaragua y Costa Rica. Apoyó la abolición de la Inquisición y la creación de tribunales protectores de la religión. Veló por la aplicación de la libertad de imprenta y por el cumplimiento de las leyes. Defendió el régimen municipal y luchó para perfeccionar el sistema judicial.

Así, Florencio Castillo aportó sus ideas en la discusión de muchos de los artículos de la Constitución de 1812, la primera constitución democrática que nos rigió.

Trayectoria. La voz de Florencio Castillo resonó desde la curul que ocupó en la iglesia de San Felipe Neri, cuya estructura arquitectónica facilitaba la reunión de más de 184 personas, si nos atenemos a los diputados que firmaron la Constitución de 1812. Sin embargo, el escenario humano y político era más complicado que el de la arquitectura de este templo.

España padecía entonces la invasión napoleónica, resistida activamente por la mayoría de los españoles en la “guerra de independencia”. Este combate permitió que se abriesen puertas para las ideas que rechazaban el absolutismo político que había existido en el España. Las Cortes de Cádiz fueron la ocasión para introducir una democracia liberal en el imperio.

El tamaño del imperio también contribuyó a complicar el escenario por su multiplicidad de realidades locales y regionales, y por el choque de intereses de las élites y los comerciantes, entre otros muchos conflictos.

Las dificultades para Florencio Castillo también nacían de las personalidades contrarias y de las distintas propuestas de sus compañeros. Todo ello supuso para él, como presidente de las Cortes, el reto de dejar que se expresasen libremente las opiniones. A esto contribuyeron su poder de convencimiento, su personalidad afable y su oratoria, diplomática pero fuerte.

Así, por ejemplo, el presidente Castillo debió hacer frente al poder de la prensa, desatado por el reconocimiento de la libertad de imprenta que concedieron las Cortes de Cádiz.

Este ciudadano josefino debió también afrontar la presión de las galerías pues las Cortes permitieron la presencia del pueblo en los debates. La concepción democrática del Congreso aceptaba el derecho a enterarse del pensamiento y de las decisiones de sus representantes. Las galerías eran capaces de frustrar la propuesta de un diputado así como de colaborar con el éxito de las de otros.

Luego del fin de las Cortes, el rey nombró a Castillo canónigo en la catedral de Oaxaca (México). En este país fue diputado en tres congresos, consejero de Estado de Agustín Iturbide, profesor de derecho constitucional y segundo director del Instituto de Ciencias y Artes (actual Universidad Benito Juárez de Oaxaca). Al final de su vida fue canónigo chante de la catedral.

El espíritu de servicio es una herencia que nos llega hasta el presente: como nuestro primer diputado, nos lo legó don Florencio Castillo hace doscientos años en las Cortes de Cádiz.

El autor es historiador y autor del libro 'El presbítero Florencio Castillo: diputado por Costa Rica en las Cortes de Cádiz'