Santiago Manzanal Bercedo. 11 diciembre, 2010

Son parte, y no pequeña, del bestiario humano. Habitan el planeta desde siempre porque se han adueñado, con descaro y orgullo, de varios de los muchos defectos consustanciales al hombre.

Ellos son los blufs, esos que aparentan ser lo que no son y, sobre todo, saber lo que no saben, revistiéndose de “un prestigio que posteriormente se revela falto de fundamento”, según bien define el Diccionario de la Real Academia Española. Viven en una constante falsificación de sí mismos y, de tanto ejercerla, al final acaban creyéndose que su superficialidad es hondura y su ignorancia, sabiduría. Eso les da una terrible seguridad.

Histriónicos y farsantes, los blufs resultan cautivadores para la mayoría de la gente, pues el número de tontos es infinito. Aunque, la verdad sea dicha, en esa trampa de admirarlos y embobarse con ellos caen también personas instruidas y de buen juicio. Y es que los blufs son geniales en el arte del engaño.

Bichos fascinantes. El comportamiento y características de estos bichos humanos son fascinantes para el observador perspicaz. Contemplarlos y oírlos produce una singular y morbosa fruición, entremezclada con hilaridad, lástima y un olímpico desprecio.

Hinchan el pecho y engolan la voz para airear a los cuatro vientos las cuatro cosas que han aprendido. Hablan de lo divino y de lo humano, y para todo tienen respuesta. Lo hacen con gran soltura y desenvolvimiento, con estudiados modales, desenfadados o graves, según asunto y circunstancia. A veces, para dar mayor credibilidad a sus sandeces, las rematan con el archisobado “como dijo'”, seguido del nombre de algún egregio personaje histórico y una atrayente frase lapidaria que tal vez este nunca pronunció.

Se hacen notar con fuerza por su desparpajo y osadía, y uno se los encuentra en todo lado. Como las hormigas, salen de cualquier rincón y se multiplican por doquier. Están entre la vecindad, en las reuniones sociales, en los lugares de trabajo, en la política, en los círculos académicos, entre supuestos intelectuales y dentro de las más diversas profesiones, particularmente las que, por su naturaleza misma, brindan amplios espacios a especulaciones y desvaríos.

Estos impostores –vagos redomados, muchos de ellos– engrosan el elenco de la comedia humana y suelen tener suerte: casi siempre ganan.

Ni dudarlo: ciertamente son una peste social.