10 abril, 2011

¿Qué puede esperar una de un hotel? Sábanas limpias, baño limpio, agua caliente, ventana, poco o ningún ruido, buenas cortinas... Todo eso, pero jamás de los jamases un grupo de gente que llegue a tu puerta a reírse a carcajadas. Solo por reírse, como terapia, como parte del servicio del hotel a sus huéspedes. Reírse, desternillarse. A mandíbula suelta, a panza batiente, a dentadura colgante, a nervios electrizados, a lágrima viva, a moco suelto, reírse y reírse para después relajarse. Pues así fue, aunque nadie lo crea. Y yo que pensé que el nombre del hotel era un nombre chino, de esos parecidos a los que le ponen a los restaurantes, Villa Bonita, Feliz, Feliz, Casa del Cielo'

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Nos habíamos estado pellizcando y arañando la planta de los pies entre nosotros, en el pasillo del hotel, para poder mantener la risa por un buen rato mientras tocábamos el timbre y, nos abrían la puerta con cara de sorpresa, cuando aparece ella. La mujer con los ojos más grandes y tristes que he visto en mi vida.

Los abrió mucho cuando nos vio, llevándose las manos a la boca para cerrarla de la impresión, pero después empezó a sonreír y nosotros a reírnos más despacito, más y más despacito, conforme ella comenzaba a reír con más ganas, como si finalmente entendiera de que se trataba la escena y el servicio que le estábamos dando.

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No sé explicarlo, pero sí que fue un amor a primera vista. De un momento a otro, todas las ligas se me bajaron, y después a ellas le siguieron las defensas, conforme fui sonriendo sin importarme estar así, frente a un grupo de desconocidos y menos frente a ese hombre que reía como payaso, sin poder ni siquiera verle el color de los ojos de lo cerrados que los tenía.

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La amé porque me recordó lo que hace tiempo no veía de cerca. Ese desamparo de existencia oculto tras el mejor de los vestidos y el mejor de los perfumes. Yo sabía lo que era eso y lo que debía hacer. Así que empecé a quererla con la mejor de mis risas, con la más tierna, la que empieza desde adentro y se expande por la cara como una onda, hasta que ella me respondió. Hasta que ella fue haciendo suya mi risa, mi cariño. No sé cuanto tiempo estuvimos en eso, pero finalmente también rio y se acomodó el pelo hacia atrás, con un movimiento que para mí significó que algo de este servidor ya estaba en ella. Un poquito de mí. Una prueba de todo lo que yo le podía dar.

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Para qué me voy a engañar si nunca fui la misma después de ese día en aquel hotel. Más bien, en realidad nunca antes había sido yo y a partir de aquellas risas, corrijo, risotadas, empecé a serlo.

Parece mentira lo que puede cambiar en un minuto el resto de nuestras vidas. Me abrí como un botón de rosa lo hace a la luz del día, con solo ver la sonrisa de aquel hombre que me miraba moviendo la cabeza de izquierda a derecha como si remara mientras se sostenía el estómago. Me abrí a la alegría que me daba, que me regalaba, y dejé que me invadiera sin ninguna oposición porque eso era lo que necesitaba mi vida: alegría. Mucha alegría. Fue como un hechizo. Desde ese mismo momento vivo encantada y con la melancolía muy lejos de mí.

Cuando salí del hotel a la calle, empecé a verlo todo diferente. Hasta el cielo lo vi lindo a pesar de tanto cable eléctrico. Todos me han preguntado qué fue lo que me hice y dónde tiré todo el peso que llevaba encima, y yo estoy segura de que fue en esa habitación de hotel donde dejé mi vieja piel.

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La última alegría la sentí cuando ella empezó a reir conmigo y mi corazón latió con mucha fuerza. Nos estábamos dando lo mejor de nosotros, lo que cada uno era, pero duró tan poco. Al día siguiente ella ya se había ido. Nadie me lo dijo, tampoco quise buscarla. Lo supe porque la melancolía me fue envolviendo y la tristeza le fue ganando la partida a la alegría, y por más que traté de reírme con los demás, como siempre lo hacía, la felicidad, así, así, se fue de mi vida. Yo digo que con ella, y abrazada a sus grandes ojos.

Pienso que estaba en mi destino que eso pasara. Fui despedido del hotel. Claro, ya no pude hacer mi trabajo. Ahora, solo quiero cerrar los ojos y dormir, para soñar con su sonrisa nueva, con su alegría que viene de nuevo a mí.