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Evocar a Sartre en un día de invierno

París, años 70 Memoria de un viaje hacia el encuentro de una leyendade la filosofía del siglo XX

Un día sin previsión en el calendario, como quien agarra la oportunidad por los cabellos, pude conocer a Jean-Paul Sartre. Fue un encuentro lejano y comparable a la media correspondencia de aquel personaje de Nikos Kazantzakis que le escribía a la odiosa Reina Victoria' sin respuesta.

Cierta mañana de los años 70, hojeando el diario Le Monde , leí por casualidad que Sartre iba a participar en un encuentro sobre el Brasil usurpado por los militares. El mitin, como decían, tendría lugar en la Mutualité, barrio Saint-Victor, edificio esquinero levantado en 1930 y bien amado para congregarse por los partidos franceses de izquierda.

No pude refrenar la tentación de ir y así le propuse a Mylena que hiciéramos el viaje. Tampoco tuve que esforzarme por convencerla. Eran los años de estudio en Maguncia, junto a Meno, a 600 km de París, con nieve y niebla.

Al día siguiente, el Käfer sin medidor de gasolina y bien abollado se echó a la calle a medirse contra la tormenta, el buen juicio y el riesgo de congelación, para encontrar al gran provocador.

Como Voltaire, pero sin tanto gusto por la ironía, Jean-Paul Sartre atizó el espíritu crítico de varias generaciones de intelectuales no solo en la Francia de posguerra, marcada por el debate sobre la colaboración y por las desdichas de la guerra colonial en Argelia, sino en muchas partes, incluida la lejana Costa Rica.

Aquel 1968... Narrador, dramaturgo, filósofo, teórico político, talentoso en el ejercicio de la puesta en escena y en la relación con los medios, polemista sin piedad, Sartre retaba la imaginación de cualquier inconformista.

Aquella fue la única oportunidad en mi vida de conocerlo, aunque fuese de lejos. Ya una vez había oído contar a Lilia Ramos que los había visto, a él y a Simone de Beauvoir, envolverse en una nube de tabaco en el Café de Flore, mientras debatían con pasión.

Cierto día, un cable noticioso impreso en La Nación decía que Sartre estaba invitado en México, me parece que a un encuentro sobre la masacre de Tlatelolco, y se me ocurrió sugerirle al señor Emile Moirin, representante cultural de Francia, que lo invitase a Costa Rica.

Monsieur Moirin contestó, con una sonrisilla de viejo resistente que le ganó al destino en el frente oriental junto al Ejército Rojo, que Sartre no era muy amigo de De Gaulle, y que (por eso, creo yo) le iba a enviar una carta. Quince días después, Sartre agradeció por escrito la invitación y se disculpó. Tampoco fue a México.

Jean-Paul Sartre es el único escritor, aparte de Umberto Eco, que he deseado conocer en persona, aunque fuese desde la multitud. Rechacé la posibilidad de visitar a Martin Heidegger en la Selva Negra pues nunca me inspiró simpatía por su compromiso con el nazismo; aún así, no pude evitar el reto de traducir su única entrevista televisada, que le hizo un admirador suyo, profesor mío en Mainz; pero este es tema de otra historia.

Yo hacía estudios de doctorado en la Universidad Johannes Gutenberg en los años en los que terminaba la efervescencia estudiantil iniciada por los parisienses en 1968 a la sombra de la guerra de Viet Nam. Años después solo quedaban en Francia los signos retóricos de la protesta y, en México, los estudiantes asesinados a traición en la plaza de las Tres Culturas, tal y como rindió testimonio admirable la escritora italiana Oriana Fallaci, también víctima.

En Alemania, los estudiantes, que forzaron cambios académicos, solo llenaban el campus con sus cabellos largos, ropajes pintorescos y bustos sin sostén. Algo positivo de aquellos años fue el cambio en las prácticas y las concepciones de la sexualidad y en la autopercepción de las mujeres, que alcanzó un punto de maduración sin marcha atrás.

Mi tesis de doctorado trataba sobre la corporalidad orgánica en Edmund Husserl. Al cuerpo vivido llegué gracias al influjo sartreano. A él le debo los duros años al amparo de una filosofía rica en posibilidades discursivas y heurísticas.

Pasión y exuberancia. En el primero de los libros autobiográficos –cuyas páginas informan casi a diario sobre su trayectoria, la de Sartre y la de sus contemporáneos–, dice Simone de Beauvoir que, un día, durante los años estudiantiles, el filósofo Merleau-Ponty le reveló a Sartre la fuerza del método fenomeno-lógico.

Este método regresivo, que busca la esencia del objeto investigado, halló un ejemplo imprevisto en La náusea , novela publicada a los 30 años, con la cual Sartre irrumpió en el mundo literario francés.

El casi depresivo sentido de la existencia cristaliza en la descripción de las raíces de un castaño. No por casualidad, el primer título de la novela fue Melancolía , inspirado en un grabado de Durero. Después de La náusea , seguirían más de tres décadas de producción insaciable en el teatro, la novela y la filosofía.

El peso del método fenomenológico no parece decaer a lo largo de esta obra de ejercicio conceptual cada vez menos literario y más complejo, casi destinado a desembocar en la imposible Crítica de la razón dialéctica , libro infinito, incomprensible para el no iniciado, escrito en un solo impulso de 700 densas páginas casi sin puntos y aparte y sin interés en los subtítulos, donde cristaliza su debate con el marxismo, sin borrar del todo lo dicho en el El ser y la nada.

Cuando iba camino a la Mutualité, enfebrecido por la promesa de asistir a un discurso de Sartre, recordaba mis años de estudios recientes en la UCR, mi tesis de licenciatura sobre lo que llamé la antropología sartreana, tesis presuntuo-sa y sin gracia –puedo decirlo ahora– que mi maestro Constantino Láscaris tuvo la generosidad de apoyar hasta que salió impresa.

Desde mis primeras lecturas, Sartre me desajustó el edificio de estereotipos y creencias que daba tranquilidad a mis congéneres y me sustentaba de ilusiones. Su crítica fue también un compromiso por no dejarse imponer compromisos, como el de rechazar el Premio Nobel de Literatura, actitud solo comparable con la del negociador vietnamita que no aceptó el de la Paz para no compartirlo con Henry Kissinger, tal vez por haber manipulado este las negociaciones en beneficio propio, como se lo acusa desde entonces.

La radicalidad de Sartre fascina y asusta y deja marcas. Su fuerza intelectual, su talento en el discurso de las ideas, su pasión, la exuberancia textual de sus reflexiones como en El idiota de la familia , sobre Flaubert, o en Jean Genet, comediante y mártir , su desprendimiento ascético frente a los bienes, son un modelo de intelectual difícil de imitar.

Brilla además su talento en las letras: su prosa nítida, precisa, elegante, acertada en las metáforas, sobre todo en las obras literarias, es un hoy un archivo de lo mejor de las letras francesas.

Dios y el diablo. El viaje acabó sin contratiempos, a pesar de la nieve, el tránsito parisiense y la ansiedad por llegar. La Mutualité nos premió con un buen asiento, donde nos plantamos a escuchar y a aplaudir. El inmenso salón fue llenándose hasta el techo para alojar a la juventud crítica, a veces arrogante, dispuesta a escuchar, gritar, aplaudir, enfurecerse, soñar.

Me sorprendió el nerviosismo de Sartre: cuerpo vivido, pensante en cada poro, a punto de desvanecerse por el esfuerzo perpetuo, encendía un Gitane sin filtro, lo apagaba casi de inmediato, volvía a encender otro, se limpiaba la cara con la mano, se restregaba los brazos, no podía estarse quieto un solo instante, como si la voluntad pugnase por salírsele del cuerpo a puntapiés.

En un momento, Sartre se quitó la chaqueta, no sin disculparse con el señor que estaba al lado, y picoteó otro cigarrillo de tabaco negro en el paquete. Cuando le correspondió su turno, se levantó y dijo el texto que tenía a mano.

No estoy seguro de que Sartre leyera; creo que lo reinventaba. Tenía voz fea, de viejuca sin gracia en una comedia de equivocaciones. Cuando acabó de hablar se sentó, estuvo unos instantes más en la mesa y luego se levantó y se fue con su abrigo de cuello afelpado.

Después del mitin, abandonamos la Mutualité y dejamos el bullicio de la ciudad, tan orgullosa de sí como lo aconseja su historia. No sabía que el dulce encanto de la tormenta durante el regreso a la ribera del Meno iba a convertir el viaje a medianoche en algo insensato, pero ¿qué no puede la irresponsabilidad?

Volver al trabajo, embebido en no sé cuántas de las 40.000 páginas de Edmund Husserl, no fue el efecto más estimulante de aquel viaje impetuoso y bello. Tenía por delante teorizar sobre la corporalidad a los ojos del fenomenólogo, aunque mejor lo había hecho observando el cuerpo vivido del filósofo de la libertad.

A mi gusto, su gran libro es El diablo y el buen Dios . Con razón: Sartre, el de la pasión inútil, el del infierno en los demás, se movió siempre entre dios y el diablo, inventándolos cada vez y rechazándolos con ganas.

El autor es filósofo y escritor, y miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.