12 septiembre, 2010

Iniciábamos la década de 1980. En Costa Rica reinaba el optimismo pues la idea de nuestra “vocación pacífica y democrática” ganaba terreno mientras otros países de Centroamérica sufrían guerrilla, contraguerrilla y fuerte injusticia social. Ambiente tan particular sugería formular esta pregunta: ¿qué hizo Costa Rica para diferenciarse tanto del resto de América Central?

Una respuesta puede hallarse en el crepúsculo de la época colonial o en los albores de la independencia. En algún momento de esa etapa histórica, un destacado ciudadano –o un grupo de ellos– debió de haber tomado una senda particular, capaz de conducirnos por una vía más pacífica.

Así nació el más ambicioso proyecto del Centro Costarricense de Producción Cinematográfica (el Centro de Cine): crear un largometraje de ficción que reflejase hechos relevantes de nuestra historia.

Tras semanas de investigación, el proyecto se expandió. Ya no sería sólo un largometraje, sino una trilogía que conjuntamente enfocase el progreso económico y social de Costa Rica en los siglos XIX y XX.

La trilogía se desarrollaría bajo el título de El café y la democracia en nuestra historia.

La primera película se destinaría a la introducción de esos dos ejes principales; la segunda, al desarrollo del beneficiado y del liberalismo, y la tercera, al impulso del cooperativismo y la ampliación del rol del Estado como moderador.

Ilusión y adversidad. Con respecto a la primera película se perfiló un fuerte compromiso adicional pues en 1984 se conmemorarían los 200 años del nacimiento de nuestro primer jefe de Estado, Juan Mora Fernández: razón de más para concentrar nuestros esfuerzos en él.

Pronto comprobamos que, efectivamente, en el siglo XIX, el desarrollo del café y el de la democracia estaban entrelazados, especialmente desde que Juan Mora fue elegido para ocupar el puesto de secretario del Ayuntamiento de San José en 1820.

Resulta que el cultivo del café y de la igualdad echan raíz en las primeras décadas del siglo XIX, y ambos empeños nacen de una realidad muy particular: la urgencia de construir una economía sostenible en una sociedad poco numerosa, aislada y carente de mano de obra barata y explotable.

El café se presentó como un producto ideal para ese propósito, pero quienes impulsaban su expansión, como el cura Félix Velarde, toparon con la inesperada resistencia de los terratenientes. Estos no veían la necesidad de diversificar sus actividades económicas pues ya contaban con el privilegio colonial de sembrar con exclusividad caña de azúcar para el mercado interno.

Esa desidia de los privilegiados y la ausencia de un cultivo comercial exportable se convirtieron en el reto primordial del recién elegido secretario del Ayuntamiento.

Sobre esa premisa social, económica y política elaboramos el guion para la primera película. En eso, con crudeza inesperada, se nos reveló la nueva realidad de nuestro Estado y, por ende, la nueva realidad de la producción cinematográfica estatal.

Recordemos que el Centro de Cine –fundado en 1973– fue una creación tardía del pensamiento socialdemócrata, orientación que promovió al Estado como impulsor y productor fundamental de la economía y la cultura.

Sin embargo, a partir de 1980 –debido al “Consenso de Washington”–, en el Fondo Monetario Internacional, en el Banco Mundial y en diversos gobiernos de Occidente se impuso la idea opuesta: limitar la acción del Estado y recortar los presupuestos públicos; a la vez, estimular la iniciativa privada en todos los campos.

Dificultades. En Costa Rica, esa nueva política se impulsó con los programas de ajuste estructural (PAE), que incidieron en los presupuestos de la educación y de la cultura. El Centro de Cine nunca había gozado de privilegios económicos, pero entonces sufrió amplios recortes presupuestales.

Aquella poda financiera limitó drásticamente la producción de Senda ignorada. De pronto, para filmar nuestro primer largometraje, disponíamos sólo de la cantidad de película virgen con la que normalmente hacíamos un documental de media hora.

Esa nueva restricción significaba lo siguiente: si, durante la filmación de una escena, uno de los actores, el camarógrafo o el responsable del sonido cometían un error, ya solo quedaba película para repetir la escena una sola vez.

En nuestro caso, esa limitación resultaba doblemente crítica porque filmábamos una película histórica: la imprevisible irrupción del ruido de una motosierra, del estruendo de un avión o de una motocicleta durante el rodaje, echaba a perder la escena.

Para el joven camarógrafo Luis F. Bulgarelli, para el sonidista Roberto García y para los actores –en especial para el novel Osvaldo Carranza–, este fue un reto enorme que lograron superar con disciplina y un excelente trabajo en equipo.

Otro gran reto lo afrontó la productora, Ana Isabel Carvajal, pues en 1983 resultaba ya casi imposible encontrar casas de adobe con sus originales techos de teja y que no estuvieran rodeadas de cafetales, herrumbradas latas de cinc o casas modernas.

Tarea pendiente. Así, contra viento y marea, concluimos la filmación, la edición y' llegamos al día del estreno en el Teatro Nacional. La lista de invitados incluía a representantes de la cultura nacional y a profesores universitarios. Entre estos estaba don Rafael Obregón Loría, quizá el más destacado conocedor de la historia de Costa Rica de aquellos tiempos.

Tras la proyección y los aplausos de reconocimiento, me acerqué a don Rafael para saber qué pensaba de la película. “No puedo decir que las cosas hayan sido así”, dijo lacónicamente; y, tras una pausa, agregó: “Pero tampoco puedo decir que no hayan sido así”, y me sonrió.

Fue un juicio salomónico, y es que, en realidad, como historiador, don Rafael no podía decir otra cosa. Al fin y al cabo, Senda ignorada: 1820-1821 no es un libro de historia, sino una película de ficción, una creación artística con una tesis histórica.

Pocos días después de su estreno, la Sala Garbo acogió la cinta durante una semana y, el 5 de septiembre de 1984, se proyectó en el Queen Elizabeth Hall de Londres, en el marco del primer Festival de Cultura Latinoamericana y Caribeña.

Luego correspondió al Centro de Cine llevarla a los colegios, donde los estudiantes pudieron encontrarse con aquel sobresaliente –pero ignorado– personaje de nuestra historia, tal y como lo ilustró Hugo Díaz en una acertada caricatura.

Por cierto, a Hugo Díaz le tocó, en esta película, la más ingrata tarea imaginable: crear un retrato al óleo de Juan Mora Fernández a sabiendas de que el cuadro sería destruido durante la filmación en un violento acto que recrea otro hecho que la historia oficial ha preferido ignorar.

El hecho fue el siguiente. Durante el primer golpe de cuartel de nuestra historia, del 27 de mayo de 1838, los seguidores de Braulio Carrillo se levantan contra el jefe de Estado, Manuel Aguilar, y tomaron, el Congreso, donde, seis años atrás, un pueblo agradecido había colocado el retrato de su primer jefe de Estado.

Por razones que sólo podemos suponer, los golpistas destruyeron ese retrato, al tiempo que Carrillo desterró a Manuel Aguilar y a su vicejefe, Juan Mora.

Vale agregar que la planeada trilogía sobre el café y nuestra democracia nunca logró completarse.

EL AUTOR ES PERIODISTA Y DIRECTOR Y PRODUCTOR DE CINE COSTARRICENSE.