4 septiembre, 2011
Hortensia Pérezcuida una casa frente a Playa Real. Aquí, con la única foto que conserva de Juan Rueda.

Hortensia Pérez quedó viuda a la temprana edad de 31 años. Su amado Juan se le fue el 12 de junio de 1992, víctima de un infarto fulminante mientras subía la cuesta del cementerio, en Buenos Aires de Liberia. Murió pese a que andaba con un corazón recién estrenado.

Un año antes, Juan había sido noticia y apareció en la única foto que hoy conserva ella como recuerdo: la imagen de La Nación lo presenta al lado del hoy difunto Longino Soto, el cirujano que lideró al equipo que le trasplantó a Juan Rueda Espinoza el corazón de un joven quinceañero.

Todo pasó muy rápido: la enfermedad, la operación y la muerte, recuerda.

“Vivíamos en una finca en esta misma zona. Él salía siempre p’al monte a buscar y a cazar venados, pero se cansaba demasiado. Se empeoró cuando se fue p’el Cóndor”, relata.

El Cóndor era una finca. Tenía piscina y Juan se encargaba de limpiarla. “Llegaba muy cansado, con dolor de pecho. Dice la mama que él padecía de esto desde los ocho años”.

Un día de tantos, Juan cayó. En el hospital de Liberia, le operaron una válvula del corazón, pero la cirugía no fue suficiente y después lo internaron en el hospital México.

Hortensia conoció a Juan en Liberia, de donde él era oriundo. Quince días después de conocerse, ya vivían juntos y, a las pocas semanas, Hortensia quedó embarazada de Marjorie, la mayor de los siete hijos que tuvieron.

“Era muy buena gente. Cuando lo conocí, me llevó por el lado de Heredia. ¡Rodamos por tantos lugares hasta que vinimos a dar aquí!”, dice. ‘Aquí’ es Playa Real, un pedacito de paraíso entre Flamingo y Matapalo, bordeado de playas con farallones impresionantes en la lejanía.

Con Juan compartió trabajo, siete hijos, y los ahogos que lo llevaron al quirófano. “Yo tenía guardada una foto del donador. Era un muchacho de Guanacaste. Chocó contra un tráiler que le despedazó la cabeza”, recuerda.

“El día en que le dieron la salida del México, trajimos a Juan en caravana. Toda la gente salía a la calle para saludarlo. Estaba feliz”, describe Hortensia.

Pero lo que tenía que pasar, pasó. Ya él se lo había dicho alguna vez: “De algo me tengo que morir”. Resulta que este liberiano empezó a hacer desarreglos tras la exitosa cirugía. Tan bien se sentía, que comenzó a mejenguear hasta que, en uno de tantos juegos, volvió a caer. Una ambulancia lo trasladó a San José y pasó 22 días hospitalizado.

Cuando terminó el internamiento, volvió a casa lleno de indicaciones para que se cuidara. “Él pidió la salida para ver a la familia. Fue su último día, y lo pasó con nosotros. Estuvo amorosisímo con los hijos, visitó a la mamá y hasta tomó sopa.

“A la mañana siguiente (12 de junio de 1992), yo tenía una cita de control en el México y salí temprano a coger el bus. Serían las 4:30 a. m. Yo le decía que se quedara en la casa, pero él era bien porfiado. ‘No, no, yo te voy a dejar’, me insistió, pero yo lo sentía cansado. Se montó en la bici y yo en la barra (de la bicicleta). Llegamos al cementerio y nos bajamos porque había una trepada. Cuando dimos la vuelta por donde los bomberos, nos volvimos a subir a la bici pero él cayó. Lo único que acaté fue correr a una casa y grité: ‘¡Que Juan se me muere, es Juan el del trasplante!’, pero ya no había nada que hacer”.

Desde entonces, dice, ya no es la misma. No le quedó más camino que seguir sola, criando a siete hijos pequeños a punta de vender cajetas, atol y escobas.

Aún hoy, asegura, no se repone. Los últimos 18 años, ha trabajado como cuidadora de una casa en Playa Real, donde la visitan varios de sus hijos y algunos de los ocho nietos que no conoció el marido. Ellos tratan de no dejarla sola; dicen que por el dolor de la ciática, pero Hortensia sabe que el dolor que más la afecta es la larga ausencia de su Juan.