8 agosto, 2010

Esteban Chavarría regularmente habla de su “accidente”. Un eufemismo que se refiere al momento que marcó su vida, dejando en ella un imborrable antes y después.

Pero lo que le sucedió a Esteban el 8 de setiembre del 2009, y de lo cual dieron cuenta los noticiarios y periódicos del país, no tiene nada de accidental. Lo cierto es que los cinco hombres que lo abordaron cuando llegaba a su casa en San Francisco de Dos Ríos, con la intención de robarle el carro, dispararon hacia él con plena voluntad.

Era un martes común y corriente para este atleta, quien había ido al gimnasio y luego a jugar futbol cinco con su equipo, como lo hacía cada semana. Repartió a todos sus compañeros en sus respectivas casas y a eso de las 10 p. m. se dirigió a su hogar. Un vehículo lleno de hombres lo pasó, pero Esteban no sospechó nada sino hasta que los vio parqueados en la calle sin salida donde se encontraba su casa.

Los cinco hombres se bajaron del carro y empezó una lluvia de balas. Esteban intentó retroceder, pero uno de los asaltantes ya estaba junto a la puerta del carro. Y jaló el gatillo.

“Inmediatamente, dejé de sentir las piernas. En ese momento, ya había puesto la marcha en reversa y el pie lo tenía en el acelerador, entonces el carro empezó a irse para atrás. Al no poder frenar, lo que hice fue doblar la manivela y pegar contra un poste”, recuerda el joven de 21 años.

El ardor que de repente sintió en el costado izquierdo, entre su pecho y su axila, era una bala que perforaba sus pulmones y cuya onda expansiva atrofiaba su vértebra T7.

En cuestión de un instante, su vida pendía de un hilo y, camino al hospital, durante algunos segundos, estuvo más del otro lado que de este.

“La situación llegó a ser muy, muy, muy crítica. Yo creo que me morí. Hubo un momento en que sentí una paz y ya no me dolía nada. Pero, de un pronto a otro, volví en sí y me dolía absolutamente todo. A mi papá le dijeron que estaban tratando de resucitarme”.

Cuando Esteban despertó al día siguiente en el hospital Calderón Guardia, su familia no tenía la fuerza para darle el pronóstico. Fue su mejor amigo, Édgar Méndez, mejor conocido como Chichi, quien tomó valor y le dio la noticia: tenía una lesión en la médula espinal y los doctores no creían que volvería a caminar.

Durante los primeros días, a Esteban no lo podían tocar ni alzar, tan intenso era el dolor que el contacto físico le generaba.

“Tenía el cuerpo muy resentido por las heridas de los tubos que le metieron en el pecho para drenarle la sangre de los pulmones”, recuerda Méndez.

El futbolista no podía mover su cuerpo del pecho para abajo. Era una realidad difícil de enfrentar para cualquiera, y más para una persona con aspiraciones de convertirse en deportista profesional.

“Yo le decía a mi papá: ‘Pa, yo me quiero morir. Máteme. ¿Para qué voy a vivir yo así?’. Él se ponía a llorar y casi me mata, ¡pero del colerón! Me decía: ‘Usted tiene que luchar, usted tiene que salir adelante’”.

A pesar de la tentación, Esteban no se permitió desmoronarse y, un mes después del incidente, cuando le extrajeron la bala de la espalda y le hicieron la primera resonancia magnética, los médicos se percataron de que la lesión en su médula era incompleta, es decir, que no estaba del todo partida.

Si a esas alturas ya estaba determinado a volver a caminar, la noticia solo lo inyectó de más esperanza y positivismo, de la dosis justa que necesitaba para iniciar la travesía hacia su movilidad, sin importar lo que dijeran los demás.

Lento pero seguro

Hace varios meses, Esteban asiste a terapia física cinco días por semana y, además, tres veces por semana durante al menos dos horas, va al mismo gimnasio adonde entrenaba antes del asalto y al que atribuye el haberle salvado la vida en el momento del balazo.

“Prácticamente todos los doctores me dijeron que si no hubiera sido por el cuerpo y la masa muscular que tenía, me hubiera muerto”, insiste.

El regreso al deporte ha sido un proceso extremadamente doloroso y agotador, pero su entrenador personal, Cristian Granados, asegura que el cambio físico ha sido radical.

“Ha aumentado increíblemente la masa muscular en el pecho, los brazos y la espalda”, relata Granados, recordando al Esteban que hace cinco meses no podía mantener el equilibrio en una banca sin ayuda, y ahora hace numerosas repeticiones de pesas sobre la misma.

Andar con Esteban en el gimnasio es como caminar al lado de Miss Universo: todos lo conocen, todos lo saludan y, a juzgar por las caras, todos lo quieren.

Y es que conocerlo y tenerle lástima sería imposible, porque este joven, con “espíritu de guerrero” –en palabras de su mejor amigo– inspira muchas cosas: admiración, asombro, esperanza, respeto... Pero lástima, jamás.

Esteban asegura que la combinación entre el ejercicio, la terapia física y los tratamientos con células madre que inició en abril, son los responsables de la gran mejoría que ha tenido ya que, hoy por hoy, es capaz de sentir hasta la cintura e incluso hacer abdominales.

El joven continuará su terapia con células madre este mes en Panamá, ya que el Instituto de Medicina Celular se trasladó al país vecino debido a la incertidumbre regulatoria que enfrenta en Costa Rica luego de que el Ministerio de Salud prohibió el uso de procedimientos que considera “terapias en fase experimental”.

Esteban insiste en que dar sus primeros pasos sin ayuda de las barras será solo cuestión de tiempo. De poco tiempo. Y, para el asombro de quienes unos meses atrás querían enseñarle el arte de la aceptación, la idea de caminar ya no parece una quimera.

La decisión de continuar

A diario, el muchacho se levanta con una sola meta en mente: volver a caminar. Sueña con el día en que vuelva a correr con una bola de futbol a sus pies. Y hace mucho tiempo dejó de preocuparse por el hombre que lo dejó en esta condición (quien, por cierto, murió en un aparente ajuste de cuentas, el 15 de junio pasado) o por lo que sucedió esa noche.

“Yo reaccioné como reaccioné, y así estoy vivo. Si me hubiera bajado del carro tal vez me matan, tal vez me secuestran. Uno nunca sabe lo que puede pasar”, reflexiona.

El deporte aún es una fuente de pasión y una prioridad en la vida de Esteban, quien sigue trabajando como administrador de una empresa de bolsas plásticas propiedad de su papá. Pero su vida nunca será igual.

“Lo sucedido cambió mi vida. Todo. Mi manera de ver las cosas, mi manera de pensar, mi fe en Dios. Después del accidente, tuve que aferrarme a Dios porque si usted no tiene fe, no tiene nada. Y si usted cree que no lo va a lograr, no lo va a lograr”.

Hace pocos días, Esteban se tatuó la palabra “fate” en su mano izquierda, lo cual significa destino, en inglés. Dice estar determinado a realizar el camino que a él le toca.

Es posible que todos tengamos un destino que cumplir. Pero si algo ha sido capaz de demostrar Esteban es que nadie debería ser víctima de su destino, sino amo de él.