Rafael Ángel Méndez Alfaro. 23 septiembre, 2018
Comidas exóticas a finales del siglo XIX. Imagen: Dominick Proestakis.
Comidas exóticas a finales del siglo XIX. Imagen: Dominick Proestakis.

Un sostenido aumento de las exportaciones, una notable expansión demográfica y fuertes medidas centralizadoras impulsadas por el Estado trajeron consigo importantes logros en términos de desarrollo material, hacia finales del siglo XIX. Avances como la instalación de un telégrafo, la introducción del alumbrado eléctrico en San José, la construcción de tanques de agua e instalación de una cañería de hierro en esta ciudad, así como la mejoría en la red vial y portuaria del país fueron evidencia de la renovación urbana.

De forma paralela, creció el interés en los sectores poderosos de reproducir patrones de consumo europeos aquí en Costa Rica. ¿Cómo se nota? En la introducción de una importante oferta de productos importados, anunciados en la prensa escrita y expuestos en los anaqueles de los comercios diseminados a lo largo y ancho de las polvorientas calles capitalinas. Con esto, surgió una significativa oferta gastronómica en la ciudad, a todas luces una novedad en aquel entonces.

Hotelería y cocina

En establecimientos dedicados al hospedaje, como el Hotel La Iberia, distinguido por tener entre sus clientes al señor Beckford Mackey, cónsul de los Estados Unidos, no desaprovechaba los avisos para promocionar el bacalao a la vizcaína, dentro del menú en los almuerzos de los días jueves y domingos (El Heraldo, 03/12/1890).

Anita Pares de Rodo, su dueña y administradora, recalcaba el sabor español de sus platillos, así como la preparación de comidas extraordinarias y banquetes de lujo. Otros negocios, como el Hotel de Benedictis, promovía la venta de sopa de tortuga, a partir de las 3:00 p. m., para el deleite de su clientela (Diario de Costa Rica, 30/07/1885).

El Hotel Europa, ubicado en el corazón de San José, presumía de un doble comedor, con mobiliario escogido en Viena y una cocina montada “al estilo francés, e italiano principalmente” (La República, 07/12/1892).

No menos ostentosos eran los anuncios del Hotel Valencia, que alardeaba de “modicidad de precios en todo, comidas bien condimentadas y esmerado trato” (Diario del Comercio, 12/08/1892). ¿Qué incluía el selecto menú? Arroz con pollo a la valenciana, arroz con patas de chancho en cazuela cocida al horno, bacalao a la vizcaína, mondongo a la andaluza con bacalao y alioli con bacalao.

Restaurant París
Anuncio del Restaurant de París aparecido en la página 3 del Diario del Comercio (05-08-1892). Cortesía de Rafael Méndez Alfaro.
Anuncio del Restaurant de París aparecido en la página 3 del Diario del Comercio (05-08-1892). Cortesía de Rafael Méndez Alfaro.

El Restaurant París le apostó a la presencia en los periódico y sus dueños, Jiménez & Mangel, se autoproclamaban el lugar como el mejor de su clase en Centroamérica. En el Diario del Comercio publicaron un anuncio con este escrito: “Todas las noches se sirven los manjares más bien condimentados en ese precioso centro de la creme josefina. Comidas y cenas a la carta” (03-08-1892).

En otro momento, el establecimiento apelaba al selecto paladar de sus potenciales comensales: “Para dejar agradecida a su buena clientela, con gustos extraordinarios, ha hecho venir desde Limón, ostiones y pescado, que se servirán tanto al almuerzo como a la comida y las cenas. También hará lo posible para conseguir para esos días langostas frescas” (El Heraldo de Costa Rica, 01/01/1893). Gusto y clase se combinaban en una oferta gastronómica cada vez más variada.

Para las noches de representaciones teatrales capitalinas de 1892, el Restaurant París brindaba, al pagar dos pesos por cubierto: cuatro platos, café y media botella de vino Burdeos. Podían atender a 90 personas en una noche.

Según se detallaba en esa publicación en agosto, la oferta gastronómica comprendía ensalada de pepinos, riñones de ternero a la Maitre d`Hotel, cervelle au beurre noir, huevos en salsa blanca y otras excentricidades. No cabe duda de que estas propuestas pretendían atraer a la población adinerada, que crecía gracias a la diversificación de ciertas actividades productivas en el país.

Publicidad en el El Heraldo del 19 de junio de 1891. Cortesía de Rafael Méndez Alfaro.
Publicidad en el El Heraldo del 19 de junio de 1891. Cortesía de Rafael Méndez Alfaro.
Cafeterías y más

El llamado Café Restaurante Costa Rica tenía horario diurno y nocturno y se promocionaba como un sitio con bajas tarifas y con comida de primer orden; el pescado y langosta proveniente del puerto de Limón eran puntos altos en su propuesta.

En este momento, los productos del mar, procedentes del Mar Caribe, eran una novedad atractiva para los habitantes del centro del país.

Por su parte, la Pastelería Francesa anunciaba la existencia de su cacao de Menier e indicaba que, durante las noches, había chocolate preparado, emparedados, surtido de vinos, licores y tosteles (El Heraldo, 18-04-1891). Asimismo, aceptaba queques de diverso estilo, tamaño y sabor por encargo, cuyos precios oscilaban entre los 2 y los 30 reales.

Otros negocios, que se mueven dentro de este rico universo, se logran identificar frecuentemente en las páginas de los diarios en esta década. Por ejemplo, José Matías Salazar, con un menú más pintoresco, daba fe de la calidad de sus famosos beefteaks, frijoles, tortas varias, chuletas, huevos, pezuñas, chorizos, tamales, mondongo y pozol (El Diarito, 01-03-1894).

La “comida exótica” logra abrirse un espacio en los gustos de aquel fin de siglo gracias a hoteles decorados con rico menaje europeo, promotores de confort y estilo, restaurantes dispuestos a satisfacer los gustos más exigentes y negocios abocados a combinar la venta de comidas locales con platillos poco comunes en la dieta josefina.

*El autor es el coordinador del programa de Estudios Generales de la UNED y profesor asociado de la Escuela de Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica.