Áncora

‘Nomadland’: por fin, Hollywood premia lo verdaderamente excelso

Una película que nos mueve a revisar todo cuanto en nuestra existencia consideramos incuestionable, granítico, inconmovible. Nos propone otras opciones de vida y valores éticos que haríamos bien en considerar

No sé si el mundo tiene plena conciencia de la importancia histórica de esta película, laureada en los rubros de mejor film, mejor directora, mejor actriz y mejor productora del año. Es infinitamente más que un diestro ejercicio fílmico. Sí, Frances McDormand crea un personaje lleno de mal digerido dolor, pero también de autocontrol, valentía, convicción y autenticidad. Sí, la dirección de Chloé Zhao es elegante, discreta y casi self erasing. Sí, la película es sensacional en todos sus parámetros técnicos y en su simple, directa manera de contar una historia. Sí, los valores asociados a la producción evidencian profunda reflexión, lenta maduración de ideas, el trabajo sinérgico de varias sensibilidades e intelectos actuando de consuno. Todo eso está bien, sí.

Pero el film va más lejos. Con él los Estados Unidos y Hollywood (conocido por su concepción del cine como industria y no como arte) llegan a un punto de ruptura. Por una vez renuncian al glamor, a los monstruitos digitalizados, a los melodramas insulínicos, a los chicos guapos y las chicas fetichizadas por una sociedad víctima de ese temible déspota y verdugo que llamamos deseo. Con esta austera, sobria, pero potentísima película, los Estados Unidos le dice una vez más “¡No!” a Trump, a la enciclopedia de antivalores que representaba: prepotencia, arrogancia, ostentación de la opulencia, vulgaridad, frivolidad, y desprecio por la alteridad. Le dice “¡No!” a cien años de películas cuya mayor atracción eran las palomitas de maíz y la gaseosa, producciones homogeneizadas, uniformes, indistintas, atrozmente monótonas y pobres en su factura estética, ensambladas en línea según un criterio masificador y fordista del trabajo.

Hollywood toma el riesgo, y ejecuta a la perfección su triple salto mortal sin red de protección. Por una vez brota de esta fábrica de folletines y héroes de tira cómica una obra maestra en el sentido cabal de la palabra. Una película honesta sobre la especificidad del alma humana, la soledad, el amor, el grotesco aquelarre de la sociedad de consumo, el daño que esta le ha hecho al mundo, la integridad que requiere sostener una decisión vital, el valor de la libertad, la muerte, la vida bien vivida, la coherencia entre pensamiento y acción, eso que llamamos “sociedad”: dulce albergue y cámara de torturas a la vez.

“Nomadland” significa “Tierra de nómadas”. Y en efecto, el tema de la película es el nomadismo. Una opción de vida que muchos seres otrora sedentarios han comenzado a probar y a cultivar con gozo. La protagonista se llama Fern: la palabra significa “helecho”, y tiene un valor simbólico: se trata de un ser desenraizado, un ser que renuncia a sus raíces, una mujer que no quiere sedentarizarse para no echar raíces en ningún lugar. Raíces volanderas, aéreas, liberadas del asfixiante abrazo de la tierra. La onomástica de los personajes está llena de guiños simbólicos a una u otra cosa: es lo propio de los grandes escritores.

¿Por qué no quiere esta mujer–helecho echar raíces? Por muchas razones. La principal quizás sea que de hacerlo terminaría inexorablemente por unir su vida a un nuevo hombre, mientras que ella, que acaba de perder a su marido, quiere seguir amándolo en la soledad. Es una muy válida razón, a fe mía. El anillo matrimonial en su dedo es un objeto preciadísimo. Y es así como decide vivir en su carro-vagón. Tiene en él todo cuanto es necesario para la vida. Lo superfluo, lo prescindible, lo inútil es arrojado a la basura. Enorme asepsia del vivir. Limpieza del alma. La negación más categórica que podamos imaginar del espíritu de acumulación. Una vida depurada, purgada de lo innecesario, materialmente minimalista, con mucho de claustro monacal, ascetismo, renuncia a todo aquello que robe espacio y no sea fundamental para la aventura de la vida. Los Estados Unidos revisando, cuestionando, desvalorizando, descubriendo la futilidad de su voracidad consumista. Jamás creí vivir para ver tal cosa. Tal vez la pandemia los ha llevado a concebir la vida de manera diferente, y a reestructurar su orden de prioridades.

Los exteriores de la película transcurren en el desierto: desde tiempos bíblicos, el paisaje de las grandes revelaciones, de las epifanías, de las teofanías. Esa infinita vacuidad de la tierra yerma, donde la mirada encuentra siempre despejada de obstáculos la línea del horizonte. Sin montañas ni valles que limiten la capacidad de visión. Una visión que debe ser panorámica: no hay otra forma de comprender la vida. Quienes no vean más allá de sus narices, se verán confinados a mini-vidas, mini-conciencias, mini-libertades, mini-decisiones.

Fern no es una mujer bella. ¿O lo es? Sucede que conforme avanza la película nos vamos enamorando de su belleza moral, y entonces comenzamos a verla más hermosa que cualquiera de las beldades de almanaque que Hollywood manufactura sin cesar. No hay maquillaje, ni botox, ni silicona: su rostro está burilado por el trabajo, el pensamiento y el dolor. Esos surcos en las comisuras de sus labios proclaman cuánto ha sufrido y reído en su vida. Sería un sacrilegio borrárselos. Fueron esculpidos con la gubia y el cincel brutal del dolor: dicen: “he vivido”, son un testimonio, y ofrecen una belleza trascendental.

Tan desglamorizada es la imagen que la película nos propone de Fern, que la vemos orinar y defecar en dos escenas conmovedoras por su naturalidad. No soporta dormir en las amplias camas que sus parientes le ofrecen en casas enraizadas en la tierra. Se despierta a media noche, sofocada por la angustia, y en medio del frío invernal corre a refugiarse en su vagón, cuya cama es como una extensión de su cuerpo. Trabaja por temporadas, en descomunales almacenes de productos y firmas diversas: se niega a caer en el cepo de la “alienación obrera” (Marx). Tan pronto ha reunido algún dinero, vuelve a su vida trashumante, con mucho de gitana y de ave migratoria. Su existencia solo puede ser tránsito, devenir, movimiento: es heracliteana de los pies a la cabeza: Parménides no habría tenido la menor resonancia en su ser. Los almacenes en que trabaja generan vértigo, son monstruosidades engendradas por la sociedad de consumo. Me recuerdan los oficinescos planos panorámicos de Jacques Tati en Playtime (1967), o la última secuencia de Traffic (1971): un desolador parqueo repleto de carros, virgen de toda huella humana. Imposible también no evocar las vastísimas salas llenas de escritorios que Anthony Perkins recorre zigzagueando, en El Proceso, de Orson Welles, y la fría, deshumanizada vacuidad de Xanadú, en la película Citizen Kane, del mismo director.

Costa Rica tiene una población trashumante, migratoria. Los nicaragüenses que viajan a Guanacaste para la zafra de naranjas, luego se desplazan a la zona de Cañas para la zafra de la caña, pasan después al Valle Central para la zafra del café, y terminan el año en Limón, para la zafra del banano. Costa Rica no ha reparado en este fenómeno: tiene inmensas implicaciones sociales, y nos propone un modelo de vida del tenemos mucho que aprender.

Cuando le preguntan a Fern si es “homeless” (sin hogar”) responde, con absoluta exactitud: “sin casa sí, pero no sin hogar”. Así queda definida una nueva concepción del hogar. El hogar es el sacro espacio que habitamos, sea sedentario o errante. La película nos fuerza a una ardua reflexión en torno a las fementidas “ventajas” del sedentarismo, y con ello nos devuelve a los primeros asentamientos sedentarios de la historia: las comunidades agrícolas de Mesopotamia, hace 6000 años. ¿Era el sedentarismo en efecto una condición de posibilidad para el nacimiento de la civilización? Es un aserto del que comenzamos a dudar.

En Estados Unidos hay muchas comunidades nómadas. Familias enteras que viven en sus camper vans, en sus carabanas motorizadas. Las he visitado, y he pasado días entre ellos. Son seres especiales, de una espiritualidad sobrecogedora, ajenos por completo a esos sentimientos inherentemente urbanos que son la iracundia, la ansiedad, la angustia, la prepotencia. Su serenidad se me entraba en el alma con lento ritmo de pleamar.

Siguiendo la tradición del neorralismo italiano y de la nouvelle vague francesa, la directora convoca a simples civiles, a personas que jamás se habían parado frente a una cámara a guisa de actores, y el resultado es espectacular, refrescante, y de una verdad dramática que hiende el corazón.

Fern descubre la solidaridad, pero también la “solitariedad” (Camus). No la arredra la soledad. Rehúye el tumulto de las grandes urbes, busca la armonía con la naturaleza. Hay algo profundamente místico en su personalidad. Tiene la libertad para bañarse desnuda en un estanque a la vera del camino. El mundo cambia sin cesar ante sus ojos. Cada paisaje es una experiencia inédita. Todo es fresco, recién descubierto: es dueña del mundo. Parafraseando a Ibsen en Un enemigo del pueblo, es la mujer más poderosa del mundo… porque está sola. Nomadland va a desatar insospechados y masivos fenómenos en la sociedad estadounidense. Y tal vez también en la nuestra. Es el tipo de película que puede cambiar una vida.