Áncora

Los Evangelios: ¿novelas modernas?

Los evangelios son novelas que utilizan todos los recursos narrativos del género para atrapar y mantener cautivos a los lectores. Es uno de los factores que más ha contribuido a su universalidad.

La “nivola” de Miguel de Unamuno San Manuel Bueno, mártir, termina con esta reflexión: “La novela es la más íntima historia, la más verdadera, por lo que no me explico que haya quien se indigne de que se llame novela al Evangelio, lo que es elevarlo, en realidad, sobre un cronicón cualquiera”. El inmenso pensador vasco formula de esta manera un sentir que me ha habitado desde que por vez primera leí estos cuatro magníficos textos. No solo son los evangelios novelas, sino que lo son en el sentido más moderno del término. Me refiero con ello a que no son novelas a lo Balzac, Dickens, Flaubert o Pérez Galdós. Son novelas que proponen una concepción del género que nace don Dostoievski y marcará a casi todos los grandes autores del siglo XX.

La novela moderna se caracteriza por su porosidad, por su elasticidad formal. Es una especie de bazar o de cuerno de la abundancia. Ella es el continente, el contenido será casi cualquier cosa que el autor quiera verter en él. Encontramos poemas, prosa poética, monólogos interiores, ensayos, fábulas, parábolas, editoriales, apotegmas, pequeñas obras teatrales, microficciones... es el reino de la diversidad: unitas multiplex: unidad dentro de la multiplicidad. Cuando leí la novela de nuestra querida Myriam Bustos Traspié entre dos estrellas (2009) me quedé perplejo al encontrar inserto, en la carne misma de la narración, un ensayo no se podría más ensayístico sobre los paradigmas cambiantes de la modernidad. No tardé en reponerme del shock, y luego me dije: “¿Por qué no? Todo lo que dice este ensayo resulta pertinente para la narración que propone la novela”. Luego recordé que Myriam tenía un descomunal predecesor en quien apoyarse: ni más ni menos que Fiodor Dostoievski. El capítulo de “El Gran Inquisidor” de su última novela, Los Hermanos Karamazov, es un ensayo filosófico-teológico en toda regla. Lo es a un punto tal, que bien podría publicarse como una separata, como texto autónomo, y preservaría todo su interés e integridad.

Mijail Bajtín, amparado como siempre a su axial noción del carnaval (que francamente, comienza ya a cansarme, no por él, sino por sus adalides académicos), sugiere que la novela es un género heteroglósico (un texto en el que coexisten armónicamente varias hablas y modalidades discursivas), no puede uno sino evocar de inmediato Los Hermanos Karamazov. Pero más, muchísimo más heteroglósicos son los evangelios. Tiene razón sobradísima don Miguel de Unamuno. Y a su reflexión añadiré la de Machado: “Suele mentirse mucho, por falta de imaginación”. ¿Que en los evangelios hay quizás un coeficiente de fabulación, de hipérbole épica, de fantasía? ¡No haría sino ennoblecerlos aún más, a mi modo de ver las cosas!

Los evangelios son, en esencia, biografías. Cuatro biografías del mismo hombre (o del mismo hombre-Dios, si así lo prefieren ver). Para ser más exactos, son novelas biográficas (¡que no son lo mismo que las execrables “biografías noveladas”!) Jesucristo se acoge, en todo punto, a la estructura ancestral del mito heroico: nacimiento humilde de estirpe de reyes, infancia y juventud nimbadas de misterio, peregrinaje en el desierto, pruebas iniciáticas, ritos de pasaje, tentaciones y peligros vencidos, cumplimiento de la misión, calvario, apoteosis del dolor, y luego apoteosis de la gloria, con un final en Mi bemol mayor y una ascensión a los cielos que pide a gritos los grandes números corales de Händel a guisa de música de fondo. La novela es una extensa modulación del modo menor al modo mayor, del sordo y amenazador redoble de timbales a las luminosas fanfarrias de los metales. Los héroes clásicos -Odiseo, Jasón, Hércules, Edipo, Moisés, Fausto, Edmond Dantès, Jean Valjean, El Principito, y los personajes de los cuentos de hadas Pinocho, El Patito Feo, La Sirenita, El Soldadito de Plomo- están construidos, unos más, unos menos, siguiendo la estructura del mito heroico. Muchos de ellos no son otra cosa que imagos christi.

Seamos más precisos: el Evangelio no es una novela cualquiera. Es, muy específicamente, lo que los alemanes llaman un Bildungsroman, esto es, una novela de crecimiento, de iniciación, en la que asistimos a las sucesivas fases de la evolución moral de un personaje, hasta la adquisición de la sabiduría suprema. ¿Ejemplos? El Lazarillo de Tormes, el Wilhelm Meister de Goethe, La Educación Sentimental de Flaubert, David Copperfield de Dickens, y El Principito de Saint-Exupéry. Jesucristo debe atravesar varias pruebas iniciáticas y madurar como hombre y como predicador y profeta antes de emprender la inimaginable misión de redimir al mundo de sus pecados, revelarse a sí mismo como el hijo de Dios, y hacernos el don de la vida eterna (pongo entre paréntesis, para efectos de este comentario, todo el contenido salvífico, soteriológico, doctrinal y teológico de los evangelios).

Las cuatro novelas biográficas incluyen microficciones brotadas de ese estupendo storyteller que era Jesucristo. Pareciesen improvisadas in situ, como lo hacía Hans Christian Andersen, tal es su frescura y la espontaneidad de su tono. Son las parábolas, alegorías de inmensa belleza literaria, cuajadas de simbolismo y emparentadas con la forma conocida como apólogo (una breve narración de la que se desprende una enseñanza moral). Pueden ser vistas también como fábulas, como intermezzos narrativos, y ser compiladas a la manera en que lo sería una colección de cuentos. Pero los evangelios nos proponen incontables ejemplos de microformas aún más concisas: los proverbios, apotegmas, sentencias, aforismos, epigramas y hasta las greguerías de Ramón Gómez de la Serna se ven ya prefiguradas en ellos. Los evangelios son narraciones matrices, están preñados de toda suerte de géneros y formas.

En artículo reciente mencioné cuánta poesía palpita en las Bienaventuranzas: ¡son la más bella y pura poesía jamás escrita! Lo son a un punto tal que incluso utilizan el típicamente poético recurso de la anáfora (comenzar cada verso con la misma palabra o grupo de vocablos, en este caso el inefable “Bienaventurados”). La anáfora está presente en los versos de todo gran poeta: Quevedo, Villon, Baudelaire, Verlaine, Darío, Machado, Juan Ramón Jiménez… Su efecto es hipnótico, sedativo, mesmerizante, mágico y encantatorio. Tiene por propósito inducir al oyente o al lector en un estado alterado de la conciencia. Lo encontramos en las letanías religiosas y los mantras de casi cualquier religión del mundo. En mi personal sentir, toda plegaria es poema, pero no todo poema es plegaria. Sé que don Miguel de Unamuno hubiera estado de acuerdo conmigo (me lo ha dicho en sueños). Otro elemento poético es la Quinah: recurso típico de la lírica hebrea, en el que un verso largo alterna con uno corto: es un dispositivo retórico del que se apropiarían muchos poetas: Víctor Hugo, Baudelaire y Mallarmé, entre otros.

La heteroglosia bajtiniana está presente por doquier: no se expresa igual el Jesucristo profético y oracular que Poncio Pilato, un alto funcionario del Imperio Romano; ni se expresa igual el gadareno poseso por los demonios que los apóstoles, ágrafos y analfabetos, la gente más simple del mundo: pescadores, pastores y agricultores. No se expresa igual el ladrón insolente que el ladrón suplicante, en el momento culminante de la novela. Y ya lo creo que, además de todo esto, encontramos en los evangelios suspense, grandes crescendos dramáticos, efectos cuasi operáticos, con impresionantes escenografías que aguardaban la mano de Gustave Doré, entre cientos de artistas, para llegar hasta nosotros en todo su poder evocatorio. A decir verdad, los evangelios son novelas que durante casi dos mil años pidieron a gritos el advenimiento del cine: son intensamente visuales, y se anclan en nuestra memoria merced a la magnificencia trágica o gloriosa de sus imágenes. Muy pocos cineastas han sabido honrarlos: William Wyler, Franco Zefirelli y Pier Paolo Passolini, cuya Pasión según San Mateo (con música de Bach) se cuenta entre las mejores películas de la historia del sétimo arte.

Como en toda novela, hay héroes y villanos, pero estos últimos no son representados de manera infantilmente maniquea: el texto nos invita a verlos con misericordia, con clemencia: no cualquiera tenía la capacidad mental necesaria para comprender lo que la visita del hijo de Dios significaba. Era inevitable que lo negaran, lo traicionaran, lo escarnecieran y le infligieran la peor de las muertes: muerte de cruz. Nietzsche dijo alguna vez: “Yo nací póstumo”. Con mucha mayor razón, cabe decir lo mismo de Jesucristo: sus coetáneos no podían aquilatar el peso de sus palabras. Vivió y murió para la posteridad, y eso lo emparenta a muchos artistas egregios, que su siglo no supo apreciar. Lanzaron su jabalina con todas las fuerzas de sus brazos, pero no pudieron ver dónde la lanza tocó tierra.

En el Evangelio se conjugan para mí dos valores: el decir bello, y el decir verdadero. Son la homeostasis, el punto de equilibrio perfecto entre la belleza y la verdad. Son bellos por cuanto verdaderos, y verdaderos por cuanto bellos. Como la urna griega a la que cantara Keats, el tiempo no hará otra cosa que tornarlos más hermosos y más perentorios para todo aquel que sienta sed de belleza y de verdad. Son el agua más pura, más diáfana, más refrescante que jamás han probado mis labios.