Por: Vernor Muñoz (vernormu@gmail.com).   13 enero
Guillermo Fernández ha participado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y otros eventos literarios de renombre. Fotos Melissa Fernández Silva
Guillermo Fernández ha participado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y otros eventos literarios de renombre. Fotos Melissa Fernández Silva

De Guillermo Fernández conocí su ópera prima, La mar entre las islas, que recibió el Premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica en 1982, con tan solo 20 años.

Fue un descubrimiento asombroso, porque en ese libro Guillermo hacía casa aparte de las tendencias panfletarias de la época y, a pesar de las oficialidades que metían sus narices en todo lo que la poesía tocaba, este poemario caminó con voz propia y nos anunció a quien sería uno de los autores más interesantes e intensos de nuestra generación, junto a David Maradiaga, amigo común, quien me lo presentó en aquellos años en los que el Lobo Púrpura levantaba imaginarios alternativos de la posguerra centroamericana.

Desde entonces, Guillermo ha compartido una serie de obras de alta factura en diversos géneros, que fueron reconocidas, por ejemplo, con el Premio de los 59.° Juegos Florales de Guatemala, en 1997, y el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría, el mismo año.

Hojas de ceniza (Arlekín, 2017) se alimenta de la magia vegetal que creó con Danzas (EUNED, 2002), aunque el poemario que reseñamos ciertamente tiene un tono lírico distintivo. No sé si es un solo poema, según se lee en la contraportada, ya que, desde sus primeros versos, el libro abraza el presente y “se despide en cada poema”. Es como la nostalgia, que revisa sus pasiones en signo y contenido, y en este ejercicio se sobreponen luces, derrotas, lágrimas y “el viento se revuelve como una hoja”.

La última novela del autor fue 'Te busco en las tinieblas'. Fotos Melissa Fernández Silva
La última novela del autor fue 'Te busco en las tinieblas'. Fotos Melissa Fernández Silva

De todas maneras, la numeración corrida o la falta de secciones o capítulos en la obra, facilita una cadencia que libera al lector o la lectora de los linderos a los que recurren autores contemporáneos, fieles al condicionamiento intelectivo. Por el contrario, Hojas de ceniza permite recrear la única dinámica que importa: la que nos dé la gana.

Recordé leyendo este libro de Guillermo, algunos de los bellísimos poemas con el que ganó el Premio Joven Creación, pero esta vez la madurez del oficio le permitió tratar la desolación, desde una conciencia lúcida que nunca llega a gritar los versos que horrorizan al vacío.

Hojas de ceniza está hermanada con su novela Te busco en las tinieblas (Uruk, 2015), pero solo en la devastación de la ausencia y del delirio con el que se tejen visiones diversas, una en prosa y la otra en poesía. Creo que este ejercicio, que en otras fronteras practicó Mario Benedetti (recuerdo: Los personajes, por ejemplo), no es intencional en las obras de Guillermo Fernández, pero constituye una novedad en su trabajo literario multifacético y prolífico.

El lenguaje íntimo y dialógico se mantiene casi siempre, porque también hallamos contrapuntos de gran intensidad en los que el poeta se mira a sí mismo, “disuelto en el detritus del bosque”, que no anuncia ninguna muerte, sino que reconquista los pensamientos “a punto de caer en la corriente de un río profundo”.

A pesar de su tono, hay en este poemario una vocación de certidumbre que se cuela en las ranuras de los versos y que nada tiene de derrota, como el agua, como el sol, que se abren camino hasta llegar al tronco seco.

“Nadie puede odiar a la muerte si ya tiene lo más amado”, dice el poeta. Con esta conquista, Hojas de ceniza trastoca los absolutos y propone una razón estética que me recuerda a Rilke y sin embargo se expresa con liviandad telúrica y deja la sensación de escuchar a la misma selva en su parto de musgos.

La sencillez envuelve el mayor de los dramas que enfrentamos: la muerte. Ella transa con los primeros nombres que entendimos, cuando éramos niños, y nadie osaba pronunciarlos. A pesar de todo, en este libro las sombras renombran los objetos que las crean y por eso son efímeras.

El poeta recupera estas texturas, pero lejos de infantilizar el drama, le sigue el hilo hasta definirlo con las palabras primordiales de nuestra perdición y con la bruma del tiempo, también, que redondea la intención del verso y pone en perspectiva lo que hallamos y lo que perdimos.