Rafael Ángel Méndez Alfaro. 8 diciembre
Asilo de locos en San José, 1858, así se describe esta imagen incluida en el
Asilo de locos en San José, 1858, así se describe esta imagen incluida en el "Costa Rica en el siglo XIX. Antología de Viajeros, de Ricardo Fernández Guardia. (San José: EDUCA, 1929)".

Tres pilares dieron soporte a la ley fundadora de la institución: la urgencia de un asilo nacional que proporcionara albergue y asistencia a los dementes pobres –llamados así en el siglo XIX–, que solían vagar sin protección alguna y en detrimento de la tranquilidad de los habitantes, la importancia de que la construcción y mantenimiento del asilo no hiciera con recursos del tesoro público ni se tuviese que gravar a la población con nuevos impuestos para su financiamiento y, finalmente, la necesidad de crear loterías para procurar inyectarle capital al proyecto de una forma eficaz y constante.

La Gaceta (29 de abril de 1885) destacaba la regencia del hospicio en la Junta de Caridad de San José, la cual debía crear el reglamento y administrar los sorteos regulares de lo que a partir de ese momento se denominaría Lotería Nacional, así como la forma de invertir los recursos en el edificio que se proyectaba construir. Se fijó que solo los pobres serían admitidos sin cobro alguno, mientras que aquellas familias que tuviesen demostrados recursos estaban obligados a pagar por su estadía en el hospicio.

La lotería

Tan solo cuatro días después de publicado el decreto del Reglamento de la Lotería del Hospicio Nacional de Locos, la Junta de Caridad, encabezada por el doctor Carlos Durán, anunciaba en La Gaceta el primer sorteo ordinario de lotería (16 de mayor de 1885).

Para este caso, el cuadro de ingresos y gastos se publicó en la prensa. En la liquidación destaca la venta del 100% de los billetes emitidos. El 70% tenía como destino pagar los premios a los jugadores de lotería. Los gastos que debió cubrir la Junta con las ganancias obtenidas del primer sorteo incluían la compra de sellos, 5.000 fichas de madera, contratación para la numeración de las fichas, adquisición de libros para llevar la contabilidad, sacos de manta, pago de honorarios del inspector, tesorero y alcalde, así como la cancelación de honorarios por la venta de billetes a los agentes autorizados. Este último rubro representaba, según el informe, 61,08 pesos, es decir, cerca de un 4,5% de total obtenido por dichas ventas. Quedaron en caja 127,17 pesos: un 9,6% del dinero recibido por las ventas totales de billetes de lotería.

A pesar del éxito de la lotería, así como de la regularidad con que los sorteos comenzaron a efectuarse, para 1887, estaba claro que los fondos procedentes de la lotería no alcanzaban para financiar la construcción del inmueble, por lo que resultó indispensable solicitar un préstamo al Banco de la Unión por 60.000 pesos. Con el fin de darle soporte a esta deuda, la Junta se comprometía a pagar, de forma periódica, intereses y amortizaciones al principal, derivado de los ingresos mensuales que deparaban lo sorteos de lotería. Esta estrategia que comprometía los ingresos venideros de la Junta, aseguró el capital necesario para continuar con el desarrollo de las obras.

De hecho, la edificación y equipamiento del Hospicio Nacional de Locos tardó cinco años, período en el cual la fuente primordial de financiamiento fueron los sorteos regulares y extraordinarios de lotería.

La inauguración

En mayo de 1890, la prensa del país anunciaba con entusiasmo la inauguración del edificio en el corazón de la capital. En la crónica local se escribió: “El Hospicio Nacional de Locos no sólo corresponde a los sentimientos filantrópicos de este pueblo ávido siempre de proteger al desvalido, como lo demuestran sus constantes y voluntarias contribuciones a favor de otros establecimientos de beneficencia, sino también y muy particularmente, a una necesidad sobremanera sensible. Antes de ahora no teníamos para los dementes asilo ninguno donde pudieran recibir con eficacia los beneficios de la caridad y de la medicina; y cuando por caso invadían furiosos, era menester encerrarlos en la cárcel como si fueran reos, u obligar a los suyos, tal vez menesterosos, a que cuidasen de ellos. Tampoco había en los hospitales celdas aparentes ni modo de atenderlos con el esmero debido a su desgracia” (La Gaceta, 6 de mayo de 1890).

El desamparo en que se encontraban los enfermos mentales y habitantes de la calle y la incursión de los gobernantes liberales, quienes asumen la dirección de la nación a partir de la década de 1880 –como Bernardo Soto y Próspero Fernández– son claros indicios de una participación precursora del Estado en cuestiones asociadas con la legislación social y el levantamiento de infraestructura de bien social.

Para el periodista que cubrió la inauguración, aquella era una obra meritoria. Detalló: “La ciencia y el arte lo han modelado, y no se echan de menos en él ni las condiciones higiénicas ni aquellas que se relacionan con la belleza y la solidez, la amplitud y la distribución adecuada del objeto. En la América Latina ha venido a ser el tercero entre los de su género, y tal vez el segundo a juicio de personas entendidas en la materia. El hermoso Hospicio tiene ya todo el mobiliario que se necesita; mobiliario excelente traído de Inglaterra con estudiada elección, de modo que corresponda a su fin. También cuenta con dos loqueros ingleses, marido y mujer; personas muy recomendables por la pericia que tienen, como muy avezados en el oficio” (La Gaceta, 6 de mayo de 1890).

El retrato que dibuja la prensa escrita de las condiciones del inmueble inaugurado dista mucho de la lastimera imagen que retrataran los viajeros europeos de paso por Costa Rica en la década de 1850, cuando se referían al ambiente imperante en el pabellón de orates del recién fundado Hospital San Juan de Dios.

Una vez que los actos oficiales de inauguración pasaron, la recepción de pacientes se hizo una realidad. La Prensa Libre anunciaba el alojamiento de 12 pacientes en sus respectivas celdas y la solicitud para tres nuevos ingresos.

En abril de 1897, el Hospicio Nacional de Locos, que en múltiples ocasiones era llamado como Hospicio Nacional de Insanos, sin aparente justificación, cambió de nombre por acuerdo de la Junta de Caridad. Tomando en cuenta la importancia histórica y el aporte que en el pasado costarricense había dado el sacerdote Manuel Antonio Chapuí y Torres, acordó denominar en su honor a la institución de saneamiento mental. A partir de entonces, se llamó Asilo Chapuí.

Con la llegada del fin de siglo, el Asilo Chapuí representó, tanto en el materia de infraestructura como en el ámbito del tratamiento médico de pacientes con enfermedades mentales, un logro de una sociedad y un modelo de Estado que, por primera vez, realizaba esfuerzos por crear las condiciones que permitieran dar cuidados clínicos y protección a un sector social que hasta entonces se encontraba desamparado.

*El autor es coordinador del Programa de Estudios Generales de la UNED y profesor asociado de la Escuela de Estudios Generales de la UCR.