Álvaro Rojas Salazar. 25 mayo
En la edición de Centroamérica Cuenta realizada en Costa Rica, Jon Lee Anderson participó en conversatorios y dio un taller. Aquí en el parque España. Fotografía: Alonso Tenorio.
En la edición de Centroamérica Cuenta realizada en Costa Rica, Jon Lee Anderson participó en conversatorios y dio un taller. Aquí en el parque España. Fotografía: Alonso Tenorio.

Me esperaba en una sala del piso número 15 de un hotel de San José. Alto, elegante, cercano, revisó su memoria, cargada de imágenes y de vivencias, para conversar sobre sus libros, sobre la guerra, su familia, sobre literatura, mientras su mirada buscaba algo a través de los ventanales, allá por las montañas del sur de la ciudad.

–¿Qué influencia tuvo la vida nómada que llevó su familia durante su infancia y juventud en su decisión de hacerse periodista?

–Fue fundamental. Yo crecí en nueve países hasta los 18. Conocí los Estados Unidos hasta los 11 años. Me siento un expatriado eterno. No tengo un pueblo natal, viví más en Taiwan que en mi país hasta los 30 años. Mis padres eran atípicos. Mi papá era diplomático, además de ser una especie de aventurero; él estuvo en la Segunda Guerra, antes se escapó del colegio y anduvo como viajero por el Pacífico sur. Mi madre era escritora de libros para niños; ella nos inculcó el amor por los libros, lo cual caló mucho en mí. Mi padre nos enseñó que el mundo era nuestro, no en el sentido imperial: nos enseñó que podíamos vivir en cualquier parte. La mía es una familia multicolor; somos cinco hermanos, algunos adoptados; yo tengo una hermana costarricense que mis padres adoptaron en El Salvador. Eso es extraño ahora, pero ellos tomaban esas decisiones por razones éticas, emotivas. Mis padres eran unos idealistas. Yo nací en California; de ahí fuimos a Corea, de Corea a Colombia, eran los años sesenta, cuando todo debía enfrentarse. Nunca tuvimos problema con nuestra forma de vivir, hasta que llegamos a los Estados Unidos, ahí se dio mi despertar político.

–¿Cuáles novelas de guerra lo marcaron de joven?

–La que me impresionó de manera casi devastadora fue Johnny Got His Gun, una novela corta de mediados del siglo XX que se cuenta desde la mente de un chico que ha perdido sus ojos, sus brazos, sus miembros; solo es un cerebro y está en el hospital; es una fuerte condena a la guerra. La leí tal vez a los 12 años, con el trasfondo de Vietnam. Me afectó mucho pero no me hizo pacifista; por el contrario, yo tenía interés en la guerra. El primer libro sobre la guerra que vi fue uno de fotos sobre Picasso que tenía mi madre; en una de esas fotos estaba él viendo los muertos de la Guerra Civil Española; el dolor expresado en su rostro me afectó muchísimo. Yo tendría unos cuatro años. Vivíamos en Colombia y muchos de mis recuerdos de esa época son violentos. Yo iba a ese libro una y otra vez; mi madre me tenía que explicar qué cosa era la guerra, por qué la gente se mataba. Yo cargo el dolor de la guerra, y eso empezó con los muertos reflejados en el rostro de Picasso.

–¿Qué piensa de la guerra como fuente para la literatura?

–Es un cajón de tesoros sin fin porque ahí se juega todo: la vida, la sociedad, la civilización. La guerra es el escenario eterno en el que el ser humano tira todo y va por todas, es el lugar donde se vuelve salvaje; es muy emocionante.

“Ahora, existe literatura de guerra que me gusta y otra que no. Por ejemplo, no aguanto esa tendencia de la literatura norteamericana, que también se ve en el cine, en la que se traduce la guerra en relatos autorreferenciales donde los muertos solo sirven para la superación personal del autor o del personaje que vuelve a su nación buscando consuelo por haber sido un verdugo y que le reclama a esa sociedad por no comprenderlo”.

Se debe encontrar el final del hilo y agarrarlo; nunca se descifra del todo el caos, pero siempre hay algo que puede ayudar a darle sentido; uno busca a alguien, un individuo, una situación que te permite acercarte y a partir de ahí contar la historia.

–¿Qué importancia tuvo la obra del periodista polaco Ryszard Kapuscinski para su propio trabajo?

–Lo descubrí cuando tenía 30 años. Leí su libro La guerra del fútbol, sobre el conflicto entre Honduras y El Salvador en 1969. Me encantó su prosa, su inmersión en escena y la óptica de él que resonaba con lo mío, por ser alguien del primer mundo que vivía en la periferia y que la comprendía, alguien sin esa distancia americana o inglesa, tal vez por venir de Polonia, tal vez por haber vivido esa década en África. Sus libros coincidían con la forma en la que yo trataba de ver y comprender el mundo, entender que estaba poblado por otros. Antes de él, mi referente más cercano era Graham Greene, que no era un hombre de guerra, pero que también vivió en los márgenes del mundo en un sistema colonial que se desvanecía. También fueron muy importantes para mí Naipaul, Orwell, Conrad, pero Kapuscinski me ayudó a pensar el poder, la injusticia, la tiranía. Siempre lo tuve en una gaveta especial. Las críticas sobre si lo que escribía era ficción o no, si era un soplón o no, si era megalómano o no, forman parte de otro asunto. Sus libros tienen un valor literario propio.

–En medio del caos que es una guerra, ¿dónde debe poner la mirada el cronista?

–Se debe encontrar el final del hilo y agarrarlo; nunca se descifra del todo el caos, pero siempre hay algo que puede ayudar a darle sentido; uno busca a alguien, un individuo, una situación que te permite acercarte y a partir de ahí contar la historia.

–De la guerra de Irak, de la que surge su libro La caída de Bagdad, ¿qué momento le impresionó más?

–Ya había caído la ciudad y en una avenida llena de ministerios una turba saqueaba los edificios; se llevaban sillas, escritorios. Mientras caminaba por esa avenida, de pronto vi una tanqueta estadounidense y a su lado un muchacho, un soldado, que estaba protegiendo el Ministerio del Petróleo. Era el único edificio que protegían. Para mí eso fue una estampa de toda la guerra.

Ahora, tenemos a Donald Trump que es un tipo antidemocrático, lo sabemos todos, y, en cuanto a América Latina, sus políticas de desdén y vilipendio hacia los latinoamericanos en los Estados Unidos han aumentado el sectarismo, el racismo y la xenofobia.

–¿Cuál fue el mayor reto que enfrentó al escribir la biografía del Che Guevara?

–Convencer a la viuda del Che para que confiara en mí y me diera acceso a sus diarios inéditos. Eso fue fundamental para mi comprensión de él. Tuve paciencia; iba todos los días a su casa, estudié los libros y esos diarios del Che en su escritorio. Poco a poco, me gané la confianza de la gente. Para ellos era difícil de pronto abrirle las puertas a un yankee. Tuve que pasar muchas pruebas para convencerlos de que yo soy quien soy, que soy sincero y que no escondía nada.

–¿Qué tal va la biografía sobre Fidel Castro?

–Va lento. Voy a tomar un sabático para darle el último tirón. De aquí a un año espero tener un borrador. De una forma u otra, he estado estudiando a Fidel Castro toda mi vida.

–¿Qué piensa de la situación actual de América Latina?

–Se ha vuelto difícil, amenazadora. A pesar de los problemas que ya tenía, inseguridad, narcotráfico, alta tasa de homicidios, desigualdad social, pobreza, migraciones, existía alternancia democrática. Ahora, tenemos a Donald Trump que es un tipo antidemocrático, lo sabemos todos, y, en cuanto a América Latina, sus políticas de desdén y vilipendio hacia los latinoamericanos en los Estados Unidos han aumentado el sectarismo, el racismo y la xenofobia.

"La diplomacia se ha visto muy deteriorada, ha dejado casi atomizado el Departamento de Estado; su política de amenazas es preocupante, los descuidos en ese campo pueden desembocar en una guerra.

“En América Latina faltan líderes que velen por los intereses de sus pueblos. Yo no soy comunista y soy norteamericano, pero si no se consigue una espina dorsal, América Latina puede convertirse en Tenesí”.