Olga Marta Mesén. 30 mayo
Carátula del programa de mano. Archivo personal de la autora.
Carátula del programa de mano. Archivo personal de la autora.

¡Devolvámos en el tiempo: estamos en agosto de 1969! Los melómanos esperan ansiosos a la Orquesta de Cámara de Strasbourg con un repertorio de lujo, en el Teatro Nacional; en el Museo Nacional, patrocinada por la Dirección General de Artes y Letras del MEP, el pintor y grabador Francisco Amighetti ofrece la ponencia titulada “La Escuela de París”. La Facultad de Bellas Artes de la UCR (hoy facultad de Artes) ha organizado una serie de conferencias sobre poesía norteamericana, en el marco del Ciclo Cultural sobre las Artes en los Estados Unidos, y facilitado su sala para que Antonio Yglesias lleve a escena su obra Las hormigas. Se anuncia Días y territorios, un nuevo libro de poesía de Isaac Felipe Azofeifa, considerado en ese momento “el poeta más importante de su generación y uno de los más valiosos de nuestra literatura”. Finalizaban las funciones de Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores, de García Lorca, dirigida por Lenín Garrido; y, en medio de este banquete para el espíritu, el Teatro Universitario de la UCR, de la mano de Daniel Gallegos Troyo, se aprestaba para llevar a escena una de las obras más importantes de Eugene O’Neill: El Emperador Jones.

Daniel sabía perfectamente a qué se enfrentaba. Había visto la obra, cuatro años antes, en París, presentada por el grupo Norske Teatret D’Oslo, dirigido por Tormod Skagestad. Había quedado alucinando, cegado por esa puesta, que calificó de “sueño teatral”.

El autor

Eugene O’Neill, premio Nobel de Literatura 1936, está catalogado, con sobrada razón, uno de los mejores dramaturgos de los Estados Unidos, y por supuesto del mundo entero. En el parnaso dramatúrgico presidido por Ibsen y Strindberg, el más preclaro de sus epígonos es, sin duda alguna, O’Neill, para quien Strindberg era su maestro y guía. Ya vendrían otros, como Williams, Pinter, Albee…; y el guionista y director cinematográfico Ingmar Bergman. Gallegos Troyo dijo que aspiraba a obtener “la credencial de ser el más humilde de los discípulos del genial maestro [Strindberg]”, cuando escribió Punto de referencia, pieza constitutiva de una trilogía, en parte inédita.

Lenín Garrido y Oscar Castillo en 'El Emperador Jones', 1969. Archivo personal de la autora.
Lenín Garrido y Oscar Castillo en 'El Emperador Jones', 1969. Archivo personal de la autora.

De los títulos de la producción o’neilliana, además de la obra que nos ocupa, citamos, al azar: Largo viaje de un día hacia la noche, considerada por el mismo autor como su mejor trabajo; Deseo bajo los olmos, Extraño interludio, El gran Dios Brown, Anna Christie y A Electra le sienta bien el luto.

La obra

El Emperador Jones fue estrenada en Nueva York, por los Provincetown Players, en 1920; de inmediato alcanzó gran notoriedad tanto en los Estados Unidos como fuera de sus fronteras. Ha sido conceptuada como un “estudio psicológico y poético” y, además, una “obra perfecta” desde el punto de vista técnico.

Brutus Jones, un negro escapado de prisión, recala en un isla del Caribe y somete a la población, que, un día, hastiada de sus desmanes, se revela, dejándolo sin apoyos. Debilitado por el hambre, la sed, la soledad y las alucinaciones, es capturado.

Owen Johnson y Marcelo Olivier, en 'El Emperador Jones', 1969. La Nación, 6 de agosto de 1969, p. 45
Owen Johnson y Marcelo Olivier, en 'El Emperador Jones', 1969. La Nación, 6 de agosto de 1969, p. 45

La obra es en realidad, como bien lo precisó un comentarista: “el monólogo del hombre que debe empezar un doloroso recorrido sobre sí mismo, descubriéndose, palmo a palmo, despojándose de sus sucesivas caretas que le sirvieran para encumbrarse”.

Así habló el director

Daniel Gallegos tuvo la oportunidad de referirse ampliamente al texto: “El Emperador Jones en la década del 20 […] confirma que la visión del autor era realmente extraordinaria, al romper todos los límites del espacio y del tiempo. Una obra como esta […] puede ser puesta en la actualidad haciendo uso de todas las técnicas modernas y estas más bien resaltan su contenido”.

Agregó que por esos años apenas se empezaba a experimentar con las técnicas del expresionismo; pero, ahora que se había disipado el miedo a que las obras fueran “teatrales dentro del teatro”, había pensado en revivir la pieza imprimiéndole el mismo sentido expresionista, “pero dentro de una teatralidad, de modo que perdiera la rigidez”. Eso le permitía “abrir” la puesta y no cerrarla, como pasaba en los años veinte.

El elenco

Le correspondió a Oscar Castillo interpretar al Emperador; una tarea nada fácil, porque, como señaló Daniel, “no se trataba de hacer una serie de clisés, sino más bien de buscar las raíces del personaje dentro del él mismo”. En ese proceso, Castillo fue “dejando su personalidad fuera y fabricando la otra”. Lo acompañaron en escena Ana Martina, Owen y Seemor Johnson, Marcelo Olivier, Clifford Charlton, Lenín Garrido, Ingo Niehaus, Miguel Arce, Natasha Kalinovky, Mario Alfaro Güel y Anabelle Ulloa. La coreografía fue de Mireya Barboza, la escenografía e iluminación de David Vargas. Un equipo técnico apoyó con el trabajo requerido.

Oscar Castillo en 'El Emperador Jones', 1969. La Nación 9 de agosto de 1969, p. 76.
Oscar Castillo en 'El Emperador Jones', 1969. La Nación 9 de agosto de 1969, p. 76.
Opiniones del público calificado

Los profesores universitarios María Rosa Picado de Bonilla e Isaac Felipe Azofeifa se refirieron a la puesta en escena. La primera destacó, entre otras cosas, que Gallegos y un grupo selecto de artistas habían logrado aunar “elementos plásticos y líricos en un espectáculo teatral novedoso y actual que marcará un hito en la historia del teatro en Costa Rica”; mientras que Azofeifa sintetizó su extenso comentario de esta forma: “una gran obra, un riguroso director…un excelente actor. Todo costarricense exigente con el progreso de nuestra cultura debe verla”.

Alberto Cañas Escalante no podía estar ausente con su apreciación de la puesta: un espectáculo “perfectamente exportable”, que podríamos “enseñar en cualquier capital del mundo”. Además, añadió este mensaje clarificador: “Es probable que esta concepción de O’Neill resulte -a los ojos de ciertos individuos y a la luz de ciertas evaluaciones- reprochable: no se ve ya al negro en esta forma, y la obra quedará rechazada desde algunos reductos que se empeñarán en ver en Jones no a un negro, sino al negro. Pero este punto de vista será superficial, porque es evidente que O’Neill no está hablando de Jones como negro, sino de Jones como ser humano; la parábola del hombre reducido a la ferocidad en un ambiente primitivo es vieja y no racial. Por el contrario, hay una interesantísima intuición en el autor, y los exabruptos de poder del protagonista en el comienzo del drama, parecen anticipar la posición espiritual de ciertos líderes negros de hoy …”