Flora Ovares. 21 septiembre, 2019
El conejo de la quebrada, de Fabián Coto, es de Encino Ediciones y está a la venta en la Librería Internacional. Precio: ¢8.000.
El conejo de la quebrada, de Fabián Coto, es de Encino Ediciones y está a la venta en la Librería Internacional. Precio: ¢8.000.

Tras una aparente simplicidad y con un estilo fluido y sin adornos, El conejo de la quebrada (Encino Editores, 2019), novela de Fabián Coto, es un texto seductor que habla de una búsqueda incesante llevada a cabo en varios planos.

En el primero, se trata la pesquisa de las huellas del padre y de los antepasados, de la pregunta sobre el origen familiar del protagonista. El narrador engarza su historia personal con la de los parientes que vivieron en las montañas de Jirara y emigraron hacia la ciudad. Él ha hecho el camino inverso, de la ciudad al campo, para finalmente retornar a la capital: “Regresé al carro y emprendimos la ruta de mis antepasados: de las montañas de Aguacaliente a Cartago, y luego, a San José” (110).

Esta búsqueda se liga con la aventura del héroe que atraviesa fronteras temporales y espaciales para hallar los elementos comunes y rehacer el periplo familiar. El cruce de Ochomogo, por ejemplo, se concibe como la trasposición entre dos universos distintos, “sobrepasar un límite de mundo” (61). El fin último de la pesquisa es responder a las preguntas básicas de la identidad personal y social: ¿quién soy?, ¿de qué lugar provengo?, ¿cuál es mi familia?

Este héroe, al igual que su padre y sus antepasados, se involucra en la persecución de un conejo escurridizo, actividad que vive como una pulsión fundamental que le permite implicarse “en el continuum” (15). En el libro, la cacería aparece despojada de su aspecto de destrucción e ignorancia, para mantener únicamente el significado que la equipara con la búsqueda espiritual.

La persecución del conejo lo conduce al atisbo del caos, al origen y al misterio de la regeneración perpetua de la vida, que se rehace a partir de la muerte pues debajo de la belleza del paisaje que recorre, acechan la descomposición y la desintegración. Los humanos se asemejan a las larvas, seres cuya condición misma, como la nuestra, habla de la unión indisoluble de vida y muerte. Precisamente, en el bestiario lunar al que pertenece, es este el simbolismo del conejo, relacionado con las aguas fecundantes y regeneradoras y con la renovación perpetua de la vida en todas sus formas. La caza del conejo, entonces, descubre las huellas que acercan al personaje con el misterio de la existencia.

Preguntas y lectura

Todavía hay otro plano, más escondido, que concreta la búsqueda existencial en pos de respuestas. Seguir unas huellas huidizas pero inconfundibles alude al proceso mismo del conocimiento, que consiste precisamente en ordenar esos trazos, darles un sentido y dejarlos hablar: empresa que es básicamente racional pero que también contiene un significado místico, como ha dicho el mismo autor.

Ahora bien, el desciframiento de unas huellas, la exploración y el otorgamiento de sentido a esos signos a partir de nuestra propia existencia, de nuestros conocimientos, lecturas y experiencias previas es lo que constituye el proceso de la lectura. Así que, los trazos que va dejando el conejo y el desciframiento de estos por parte del protagonista aluden a la experiencia de la lectura. No es casual por eso que el libro se cierre con una mención a la actividad literaria y con una alusión al propio texto que leemos.

Es importante señalar que en su búsqueda del conejo de la quebrada, el protagonista siempre sigue la intuición de sus perras, Negra y Chiquita. La acción parece desplazarse hacia los animales, “ángeles sordos” (9), que componen entre ambas “una suerte de contrapunto primordial” (68) y que lo aproximan al arcano: “La cola de Negra traza inconclusos símbolos de infinito. Levanta la cabeza hacia el cenit. Emite su largo aullido de sirena aterciopelada, como si estuviera rompiendo el silencio del Génesis” (108). La fuerza y la vitalidad del mundo animal lo guían hasta el umbral del misterio de la vida y la muerte porque la suya no es una exploración académica, intelectual, sino una amplia aventura espiritual que incluye el deseo y el instinto.

Estos niveles de la búsqueda constituyen una especie de horizonte y en términos generales priorizan el desplazamiento y el movimiento, el tiempo. Simultáneamente, marcan un ámbito conocido y hasta cierto punto controlado por el personaje: el espacio de la montaña, diferente al de la costa o al de la llanura, ese “allá” desconocido, misterioso, sin certezas.

Fabián Coto también es autor de 'El país de las certezas' (EUNED, 2015). Foto: Rebeca Hernández Hasbun.
Fabián Coto también es autor de 'El país de las certezas' (EUNED, 2015). Foto: Rebeca Hernández Hasbun.
Tiempo congelado

Sin embargo, El conejo de la quebrada alude también a la contemplación, a la inmovilidad temporal y al dominio del espacio por la mirada. En varios momentos, el tiempo parece congelarse y la mirada del sujeto se convierte en una especie de centro, donde se contempla y, de alguna manera, se somete el mundo: “Desde allí podría ver el techo de nuestra casa, enquistado en una encrucijada de pliegues y foresta. Más allá se extendía la línea divisoria y esas laderas pobladas por vacas, caminos de lastre y trojas. Había hondonadas y quebradas. Crestas. Lomas. Taludes inestables” (54).

Ante este panorama, el personaje, como Adán, siente el deseo de nombrar cada uno de los detalles que admira. Este hálito genésico se reitera en otro momento, cuando las perras siguen al conejo y el narrador, inmóvil, percibe asombrado la presencia de la naturaleza: “Ya lo dijo Delibes: más o menos así debió sentirse Dios al terminar el mundo” (68).

A veces, estos momentos corresponden a la ascensión y se relacionan con la montaña, espacio cercano al cielo en el que, sin embargo, el protagonista corre el peligro de extraviarse como en un laberinto. Tras haberse perdido en su intento de ascenso más allá del límite representado por el sitio conocido como La Piedra, el personaje sube a la loma que le permite ver los Llanos de Santa Lucía: su mirada abarca todo el paisaje, se mueve desde el puesto donde se encuentra hasta la lejanía y regresa al punto de observación. Un movimiento similar, esta vez más abarcador, tiene lugar cuando conduce a los hijos de su amigo Arturo en un viaje imaginario alrededor del mundo.

La novela de Coto conjuga estos movimientos primordiales: la persecución y el desplazamiento por los senderos de la tierra, la ascensión por el camino lleno de obstáculos y coloca, en el centro de este dibujo, el éxtasis de la contemplación. Tanto el movimiento de ascenso como el precario equilibrio inmóvil logrado en estas experiencias, se representan en la visión del pechoamarillo que cae del guarumo y se posa en el suelo sin daño alguno.

En su magnífico ensayo sobre la figura de Ulises, Jacinto y Pilar Choza recuerdan las palabras con que Alcínoo, rey de los feacios, interroga al héroe: “Dime tu nombre, el que te llamaban allí tu madre y tu padre y los demás, los que viven cerca de ti (…) Dime también tu tierra, tu pueblo y tu ciudad para que te acompañen allí las naves dotadas de inteligencia”.

Al cerrar el libro, los lectores conocemos quiénes son los padres y cuál el pueblo del protagonista pero no sabemos todavía su nombre. Tal vez este se nos revelará después, cuando el personaje innominado logre su identidad de escritor, cuando leamos su nombre impreso en la tapa de un libro que, como el de Fabián Coto, se disfraza de realismo para descubrirnos una vertiente oculta de la realidad y ofrecernos otra mirada sobre la cotidianidad que nos rodea.