Alfredo González.   25 marzo
Uno de los primeros ensayos de Daniel Gallegos con el equipo de la primera versión de 'En el séptimo círculo'. Foto: Archivo de la Compañía Nacional de Teatro.

No podemos hablar del teatro costarricense sin mencionarlo: Daniel Gallegos Troyo es un referente fundamental. Maestro y creador infatigable e inquieto, su nombre escribe también parte vital de la historia del quehacer cultural costarricense en otros campos, como la docencia y la narrativa.

Antes de conocerlo, solía pensar en él como “lo más cercano a un lord” que teníamos en Tiquicia. Su porte y comportamiento ante cámaras, audiencia o cualquier otro tipo de interlocutor era siempre distinguido y cordial. Estas virtudes, unidas a la inmensa sabiduría y el desbordante conocimiento que destellaba, hacían de él un personaje notablemente valioso y admirado.

Tuve la dicha de conocerlo en medio de un episodio de desdicha y quien nos unió, de manera post-mortem, fue ni más ni menos que Yolanda Oreamuno.

Coincidimos en una tertulia a propósito de la célebre escritora, apreciada por ambos. Al mencionar a otras personalidades de la cultura costarricense, alguien puso el nombre de Chavela Vargas –una segunda madre para mí– en medio de una pira de insultos. Los comentarios de muchos de los presentes atizaron el fuego de la ira y yo, como “buen hijo”, procedí a declarar mis amores hacia la mentada señora y anunciar mi despedida por motivos obvios, porque no se debe estar donde se critica a quienes se ama. Daniel me detuvo en la puerta y mediante una cálida y sentida disculpa demostró que no me equivocaba al juzgarlo como caballero.

“El pasado es un extraño país; y de ese extraño país la imagen de Yolanda nos ha hecho encontrarnos”, reza su dedicatoria a mi ejemplar de su aclamada primera novela.

El tiempo, la autora y otros nombres, como Eunice Odio, Virginia Grütter o Ana Poltronieri, nos fueron acercando, permitiéndome conocer la persona detrás del genio, con tanta o más luz que el creador de la magia escénica y escrita.

Daniel se formó con los mejores maestros; en el Actor’s Studio de Nueva York entró se acercó a directores como Lee Strasberg y Elia Kazan, así como actores de la talla de Paul Newman y Jane Fonda.

En Europa entró en contacto con la Royal Shakespeare Company y la British Drama League, y conoció a importantes maestros del teatro.

Retrato del dramaturgo y novelista. Foto: Archivo GN.
De regreso en Costa Rica

Sin embargo, decidió regresar a su país, con la convicción de cumplir con la patria, y con ello se convirtió en uno de los principales creadores que han escrito la historia del teatro costarricense, tanto como dramaturgo como director.

Fue miembro fundador del Teatro Arlequín, director del Teatro Universitario (1963-1978) y de la Escuela de Artes Dramáticas de la Universidad de Costa Rica (1969-1976). También era miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.

Hijo predilecto de la cultura nacional, los galardones no faltaron. Un Premio Centroamericano “15 de septiembre”, cinco Aquileo Echeverría y el Magón en 1998, más un torrente de aplausos y felicitaciones del público en cada uno de sus emprendimientos, quizás el mayor reconocimiento para todo artista.

Daniel tuvo una buena vida, de verdad. Siguió su pasión e hizo lo que quería. Como todos, tuvo sus penas; una de ellas, tal vez la más grande, fue la muerte a corta edad de su única hermana, Virginia, en 1942.

Su humanidad, sabiduría y serenidad le propiciaron muchísimos buenos amigos, que hoy con dolor hemos quedado desprotegidos de la bondad de su afecto y expuestos a la ausencia de sus palabras cotidianas.

Daniel tuvo un buen final. Quienes hemos rozado los fríos labios de la muerte sabemos que su llegada suele ser similar a como ha sido nuestra existencia. Su caso no es excepción: se fue apagando levemente, con toda la dignidad y elegancia de la discreción que lo caracterizaba. Como un lord, de nuevo.

La luz de su vida se ha acabado. Como el surgimiento de un nuevo planeta, la explosión de su eternidad y la certeza de su compañía, desde otro plano, alumbran el camino de quienes admiramos –y lloramos– al creador.

Hace unos años, cuando impulsé un merecido homenaje a Daniel, mencioné que esa noche, desde algún lugar o dimensión, amigos suyos que habían partido, como Virginia Grütter, Alberto Cañas o Haydée de Lev, estaban orgullosos de nuestro talentoso genio.

Hoy pienso que en el cielo de los artistas hay gran revuelo y emoción por el recién llegado. Eso es ahora nuestro amigo: un iluminado habitante de la eternidad y un nombre indispensable en el inventario histórico cultural de nuestro país.