David Díaz Arias.   13 julio
Este libro de la EUNED fue editado por el historiador Iván Molina. Cortesía de la EUNED.

Iván Molina Jiménez acaba de editar un texto con la EUNED que incluye tres sorprendentes autobiografías de reconocidos literatos costarricenses contemporáneos: Anacristina Rossi (1952), José Ricardo Chaves (1958) y Uriel Quesada (1962). Crecidos en una Costa Rica que transitaba de una modernidad limitada a una posmodernidad indefinida, estos autores navegaron contra corriente, en muchos sentidos, para conseguir la posibilidad de dedicar su vida a la literatura.

El libro Retornar con la distancia. Identidad, migración y memoria en la literatura costarricense incluye un prólogo y un epílogo producidos por el editor, donde desarrolla rápidamente una tesis que reta la interpretación que se ha hecho sobre la polémica literaria de 1894.

Esa discusión, que enfrentó a Ricardo Fernández Guardia con Carlos Gagini, tuvo por marco el problema de si en Costa Rica se debía producir literatura local, centrada en lo nacional (Gagini), o si ese era un proyecto vano porque la tosquedad (barbarie) del país y sus gentes, los indígenas, no ofrecía ninguna inspiración (civilizatoria) para los literatos (Fernández Guardia). Molina Jiménez propone una relectura de la tesis de Fernández Guardia al enfatizar la riqueza de la experiencia del contacto internacional, de la vida en otras partes, de la migración, para alimentar las posibilidades de producción ficcional del autor.

En mayo, Uriel Quesada recogió su estatuilla como ganador del Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría en la categoría de cuento. Foto: Mayela López.
Patria no ingrata

Lo apuntado por el editor es fundamental para leer las autobiografías de Rossi, Chaves y Quesada, porque los tres experimentaron en sus vidas procesos migratorios que los marcaron en su visión de Costa Rica y en sus narrativas.

Pero el retorno no es ingrato para estos autores; contrario a lo que ocurrió con Chavela Vargas, ninguno de ellos reniega de su identidad nacional ni de sus vínculos con Costa Rica. Retornar, para ellos, es un movimiento regular y natural (para Chaves y Quesada) o definitivo (para Rossi), que ocurre sin graves desgarres o trastornos.

Eso a pesar de que los tres autores tienen identidades sexuales problemáticas para la “normalidad” de su patria. Parte de la riqueza de estas autobiografías radica en la descripción de esos procesos de liberación en la identidad que comenzaron los tres autores en Costa Rica y que luego consolidaron en Europa, México y Estados Unidos.

Los desgarres familiares provocados por ese rompimiento de cadenas son un tema particularmente importante para Rossi, quien muy joven comprendió que su vida no se realizaría de la forma en la que la hizo su madre, porque ella quería ser una mujer diferente a su progenitora. Quesada, por su parte, logró ser sexualmente él y no hay reclamos, ni temores violentos, ni tampoco girones de piel en la narración de Chaves sobre la vivencia de su sexualidad.

En Centroamérica Cuenta y en la Feria Internacional del Libros, Anacristina Rossi presentó su novela Tocar a Diana. Foto: Albert Marín.

Ciertamente, el logro de la realización les ocurrió a los autores a pesar de las murallas institucionales que una y otra vez se les interpusieron en la forja de sus proyectos. Por supuesto, el carácter egoísta y quizá revanchista del mundo literario costarricense se admira bien en estas narraciones, particularmente en la de Quesada: ser un escritor joven exitoso y premiado en una patria pequeña puede resultar tremendamente negativo en la carrera literaria de alguien, en vista de que, en esta Suiza tropical persisten límites no fáciles de divisar para los primerizos.

La Costa Rica que vio crecer a estos literatos se describe levemente en sus relatos y es particularmente atrayente en la forma en que Chaves reconstruye sus experiencias con la teosofía. Sin embargo, el grueso de su experiencia reside en su detalle de la vida que hicieron en otra parte.

Rossi es particularmente detallista en su advertencia sobre los elementos que la marcaron en Europa para bien y para mal. Su comparación del París al que llegó y del que se fue es importante para advertir que no hay paraísos absolutos tampoco fuera del país y que los rencores nacionales o los intentos de violación del cuerpo de las mujeres ocurren de manera global, sin importar si las calles están limpias o sucias, o si son de adoquines o de lastre, o si se encuentran a la vera del río Ámstel o del Virilla.

El camino de vuelta

El principal reclamo de estos exitosos autores no es hacia Costa Rica, sino a la cultura de edición, distribución y lectura en Centroamérica. Los tres coinciden en que la publicación de ficción en la región ocurre a pesar del aldeanismo y de que los libros casi no se mueven entre las fronteras.

También para los tres, el proceso de escritura se volvió más metódico y profundo al forjarse una carrera universitaria vinculada con la investigación. Queda claro, por ejemplo, que Limón blues (2002) o La romana indómita (2016) nunca hubieran sido posibles si Rossi no hubiera aprendido a investigar de la forma en que lo hacen los historiadores y los investigadores sociales.

El libro cierra con cuatro útiles apéndices hechos por Molina donde se presenta la obra literaria y académica de los tres autores, así como los estudios que existen sobre su literatura.

José Ricardo Chaves es autor de novelas como Tránsito de Eunice y Paisaje con tumbas pintadas en rosa. Foto: Melissa Fernández.

Ciertamente, las vidas de Rossi, Chaves y Quesada se entrelazan en los nombres de otros escritores costarricenses que interactúan, discuten, forman círculos de análisis y comparten espacios. También aparecen los mismos viejos literatos-políticos con quienes ellos se enlazaron en términos de cercanía y de ruptura o conflicto.

¿Son parte de una generación? No hay todavía una respuesta segura. Las narrativas siguen abiertas porque la memoria siempre es susceptible de nuevos análisis. Pero los autores cierran la narración de su experiencia cuando el presente tiene la estabilidad que el pasado no tenía.

En perspectiva, los finales de estas tres autobiografías recuerdan los versos de Salomón de la Selva (1893-1959) cuando el poeta, de vuelta de la sangrienta guerra, sentenciaba retornar cansado de victoria y aturdido de paz, pero recordando a los heridos y a los que se quedaron para siempre en el ayer y en la memoria.