Áncora

A 100 años del atentado con bomba contra la Virgen de Guadalupe

La estremecedora historia de un atentado contra el más poderoso ícono religioso de Latinoamérica… que no hizo sino reforzar la fe del pueblo en él.

“Dé usted garantías al preso que acaban de detener. Yo mando por él”. Tan peculiares y contundentes palabras, emitidas por el Presidente de México Gral. Álvaro Obregón S., desataron de inmediato todo tipo de conjeturas, dado no solo el hecho de quien las había pronunciado, sino también la tensa coyuntura en que ello había acontecido.

La tajante orden del mandatario había sido remitida por teléfono a las autoridades que custodiaban a un individuo capturado por una muchedumbre que quería lincharlo, ya que se le identificó como la persona que había colocado un aparato explosivo que acababa de estallar ante el altar de la Virgen de Guadalupe.

Así, al cumplirse un centenario del más conocido ataque que se ha perpetrado contra dicha imagen sacra, se exponen los detalles, personajes e incidencias que se concatenaron en ese sórdido evento.

Prolegómenos

Tal y como lo narra la tradición mariana, un indígena chichimeca llamado Cuauhtlatoatzin (él que habla como águila) y, tras su bautizo católico, como Juan Diego, presenció a la Virgen María en varias ocasiones (9 a 12 de diciembre de 1531) en el mexicano cerro Tepeyac (punta de la montaña).

En dichos eventos, la Virgen le indicó a Juan D. la construcción de una iglesia en ese sitio, lo cual no fue aceptado por Mons. Juan de Zumárraga (primer Obispo de México), quien pidió pruebas de verosimilitud. Fue entonces cuando Juan D., por indicación de la Madre de Cristo, recogió varias rosas en Tepeyac y las envolvió con su ayate de vestir, dirigiéndose luego ante Zumárraga.

Para cuando ambos se encontraron, Juan D. esparció las rosas, momento en que la imagen de la Virgen, en su advocación de Guadalupe, quedó impregnada en la tela de dicha tilma (Nebel, Richard, Santa María Tonantzin, Virgen de Guadalupe, 1995). Este hecho fue el punto de partida de dicha devoción en suelo mexicano, pues la ermita en su honor empezó a ser erigida en Tepeyac.

La primera fuente histórica escrita sobre estos sucesos data de 1556 bajo el nombre de Nican mopohua (aquí se narra), mientras que la primera iglesia formal donde se resguardó el ayate se erigió entre 1695 y 1709, confiriéndosele el rango de Basílica en 1904 por parte del Papa Pío X. Asimismo, la Virgen de Guadalupe (cuya fiesta se celebra cada 12 de diciembre) fue declarada como patrona de la Ciudad de México (1737), del Virreinato de la Nueva España (1754) y de América Latina (1910), siendo en 1895 cuando el Papa León XIII autorizó su coronación pontificia.

La perpetración

Tras el inicio de la Revolución Mexicana (noviembre, 1910), acontecieron en dicho país múltiples episodios bélicos, hasta que, con la vigencia de la Constitución Política de 1917 (febrero), se buscó apaciguar la tensa situación del país.

Así, tras varios años de presidencia, el Gral. Venustiano Carranza G. fue defenestrado y ejecutado (mayo, 1920) por una rebelión dirigida por los generales Álvaro Obregón S., Plutarco E. Calles L., Pablo González G. y Adolfo de la Huerta M., quienes colocaron a este último como nuevo mandatario interino, siendo luego sucedido por Obregón desde diciembre de ese año.

Al respecto, el gobierno de dicho gobernante se caracterizó por una gran cantidad de obras públicas en educación, infraestructura, leyes y cultura. Empero, no toleró disidencia o crítica alguna, enfilando múltiples represiones contra adversarios políticos, así como draconianos combates contra la estructura dirigencial y la feligresía de la religión católica. Rechazo este último que manifestaba de modo recurrente en sus discursos públicos y actividades privadas.

Fue entonces a las 10 y 30 am del 14 de noviembre de 1921, cuando en la Basílica de la Virgen de Guadalupe y de entre varios individuos vestidos como obreros, salió uno de ellos con un ramo de rosas y lo depositó frente a la tilma ahí venerada (Alvear, Carlos, Historia de México, 1964). Luego de lo cual salió a prisa y se produjo una fortísima explosión, destruyendo el interior de la iglesia.

Tras el estupor inicial, varias personas reconocieron al atacante, quien fue detenido por la policía, pero la muchedumbre enardecida empezó a exigir su muerte. Este fue el momento en que el alcalde municipal de la zona fue contactado por el Presidente Obregón y se produjo la orden ya descrita de proteger al sospechoso, quien fue subido a un camión de la Secretaría de Guerra y retirado de ahí.

No obstante, a pesar de la destrucción de los ventanales, ornamentos y altares, tanto la imagen de la Virgen de Guadalupe, como el cristal y el marco que la protegían resultaron ilesos. Aspecto que se potenció con el hallazgo de un macizo crucifijo de bronce que sí se dobló por el impacto y que estaba ubicado en las cercanías de la tilma.

Impunidad y traslado

Con posterioridad, una comisión eclesiástica descubrió que el atentado se realizó con un cartucho de dinamita y que los obreros eran en realidad soldados disfrazados, recabando asimismo varios testimonios sobre la autoría del detenido por ello. Sin embargo, el Gobierno de Obregón impidió todo juzgamiento de dicho sujeto, cuya identidad si se pudo conocer: Juan M. Esponda, quien laboraba en la secretaría particular de la Presidencia mexicana (Meyer, Jean, La Cristiada, 2012).

Poco después se reconstruyó la sede religiosa, en la que se continuó resguardando el ayate de la Virgen de Guadalupe hasta 1976, cuando se inauguró una nueva basílica al costado sur de la primera, la cual quedó como sitio histórico.

Así, uno de los principales artífices de dicha estructura fue el afamado arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez, quien fuese también el diseñador de la actual Casa Presidencial de Costa Rica en el distrito de Zapote.