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El reloj que no tenía prisa
Rodrigo Soto, Costa Rica
Todo el mundo sabe que los relojes sigen caminado cuando nosotros salimos. Si la casa queda sola, los relojes caminan. Y también lo hacen de noche, cuando los demás dormimos. Pareciera que alguien los espera en otra parte, porque nunca se detienen y siempre van con prisa.
Yo creía que todos los relojes eran así, hasta que conocí a un reloj algo diferente.
La primera mañana, cuando desperté, mi reloj marcaba casi la misma hora en que me había acostado. Lo miré con atención, para ver si estaba detenido, pero el segundero, claramente, avanzaba.
Buenos días me terminó de despertar él. ¿Qué tal amaneciste hoy?
Bien le respondí yo, todavía bostezando pero ¿qué hora es?
No lo sé me dijo. Pero puedo decirte que anoche te dormiste a las nueve y seis minutos.
Sus agujas se había detenido a las nueve y quince.
No tenía tiempo para explicaciones. Me levanté a toda prisa y fui hasta la cocina. El reloj daba las siete en punto. Regresé al cuarto y desde la puerta anuncié, casi con un reclamo:
Ya son las siete.
¿Las siete? me dijo él. ¡Qué tarde!
Adelanté las agujas hasta la hora correcta, y después desperté a mis hermanos.
Ese día regresé a casa al final de la tarde. Cuando entré al cuarto, el reloj estaba detenido; apenas me vio se puso en movimiento, marcaba las ocho y veintitrés.
Hola me dijo, de los más campante. ¿Cómo te fue?
Me dio rabia y en lugar de responder, le pregunté:
¿No sabes qué hora es?
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Adiviná... ¿Qué es lo que se dice una vez en un minuto, dos en un momento y nunca en un segundo? Aquí está la respuesta >
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