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Indígenas de Talamanca visitaron la capital por primera vez

Niños cabécares descubren un nuevo mundo en San José

Actualizado el 17 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

35 estudiantes de la escuela de la Reserva Biológica Hitoy Cerere

Conocieron lugares como el INBioparque y el Museo de los Niños

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Freiman se levantó pasada la media noche del viernes. Foco en mano, caminó casi una hora por el barro acompañado por su hermano.

No llevaba suéter ni bulto, sólo ¢2.500 en su bolsillo derecho y las tenis deportivas con las que había jugado como defensa el día anterior.

Había llegado el momento esperado: ya no le hablarían más en clase de la ciudad sin saber cómo es.

A las tres de la mañana salía el bus que él y sus compañeros de la escuela de la Reserva Biológica Hitoy Cerere lograron costear mediante rifas y actividades deportivas. Esta escuela está ubicada en las faldas de la Cordillera de Talamanca, a 45 kilómetros de Puerto Limón y es uno de los dos centros de primaria en esa zona, donde un total de 120 alumnos reciben lecciones de cabécar y luchan por conservar sus raíces indígenas y tradiciones entre las materias regulares.

Aventura única. Entre los 35 estudiantes que saldrían por primera vez de paseo a la capital estaba Freiman Díaz, un niño de 13 años que cursa el quinto grado y es hijo de padres agricultores, al igual que sus amigos. El es poco expresivo, de escasísimas palabras, pero la curiosidad y observación van por delante de sus pasos futboleros y su impecable peinado.

“¿Cómo se imaginan San José?”. “Parecido a Limón pero con más gente”, contestan.

El amanecer los sorprendió al llegar a Puerto Limón y la mayoría no había cerrado los ojos. Entre una mezcla de cabécar y español hablan y se distraen con la película que pasaban en el bus. Algunos, como Freiman, contemplan el lastre transformarse en pavimento y el verde de afuera, en grises.

La ciudad se acerca y la congestión vehicular y el estadio de un equipo que muchos apoyan los hace ponerse de pie. Quitar los ojos de la ventana se vuelve todo un reto.

Ante ellos desfilan rótulos de comida rápida, comercios y cableado eléctrico; casi todo es motivo para señalar con el dedo, asombrados.

Tibás queda atrás y antes de las 8 a. m. se detienen en la primera parada: el INBioparque, donde una soleada mañana esperaba a los niños que guardaron para ese día la mejor de sus vestimentas.

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Cualquiera pensaría que para menores que conviven a diario con el riesgo de las serpientes y están rodeados de árboles gigantes, ver animales encerrados no tendría ninguna gracia, pero no fue así.

En el INBioparque, el grupo de niños cabécar pudo conocer un ejemplo de cómo es el bosque seco, y ese hábitat tan distinto al que conocen los mantuvo con la mirada atenta.

Freiman disfrutó al máximo el contacto con los animales, pues no paraba de buscar aves, iguanas, venados, y hasta los cocodrilos que ve con frecuencia en su reserva, le parecían diferentes allí.

Luego de demostrar que sabían más de la naturaleza que los guías, los menores siguieron el trayecto por la urbe. El calor del mediodía y la poca costumbre a un sol penetrante sin hojas que sirvieran de sombra bajaron un poco las energías. Al llegar al Museo de los Niños el paisaje era sorprendente: cientos de edificios apilados y una línea recta de concreto con autos por ambos lados que conducía directamente al Banco Nacional. Freiman y sus compañeros corrieron a la sombra de un árbol mientras esperaban la entrada. En el Museo aprendieron sobre la historia de Costa Rica, el funcionamiento de los bancos, la democracia, los misterios de la Tierra y del Universo.

Las horas transcurrieron con velocidad, tal y como siempre sucede en el ajetreo en la capital.

El paseo terminó a las 4 p. m. y después de su primer día en San José, Freiman confiesa que prefiere vivir en su selva en Hitoy Cerece, que ya hasta extraña .

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