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Histórico refugio de colonizadores en zona sur está a punto de desaparecer

Actualizado el 16 de agosto de 2017 a las 05:01 pm

Su fin era albergar a quienes cruzaban el cerro de la Muerte a principios del siglo XX

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El refugio llamado Ojo de Agua fue construido entre 1910 y 1912. (William Monge para LN)

Para que los colonizadores que se dirigían hacia la zona sur del país pudieran tener una posada temporal mientras enfrentaban el inhóspito cerro de la Muerte, el expresidente de Costa Rica, Ricardo Jiménez, mandó a construir tres refugios entre 1910 y 1912.

De esos tres, que se denominaban División, La Muerte y Ojo de Agua, solo el último se mantiene en pie, pero parece tener sus días contados.

La estructura de adobe y bahareque fue declarada patrimonio histórico arquitectónico desde 1974. Sin embargo, debido al vandalismo, el paso del tiempo y la falta de mantenimiento, hoy luce en ruinas.

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William Monge, director del Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura y Juventud, visitó la edificación hace algunas semanas y corroboró su mal estado.

"Nosotros no tenemos presupuesto para restaurar este lugar, pero le ofrecemos a las municipalidades de Pérez Zeledón, la zona de Los Santos y Paraíso (de Cartago) nuestra asesoría, para que no se pierda este símbolo de lucha pionera por conquistar el sur del país", aseguró Monge.

Las municipalidades de Dota y de Paraíso ya hicieron gestiones ante el ministerio para emprender una labor conjunta de rescate de este inmueble, ubicado cerca del Parque Nacional Los Quetzales, en el cerro de la Muerte.

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Lleno de historias

"Ese refugio tiene una historia especial con mi familia, ya que mi abuelo, Herminio Chacón, arreaba chanchos desde Buenos Aires a la meseta central, y este sitio era vital para su descanso", relató Leonardo Chacón, alcalde de Dota.

La casona consta de dos salones, uno grande y otro pequeño, cocina y corredor y un excusado de "hueco". Hasta los caballos o bueyes de las carretas se albergaban en la estructura, pues de lo contrario corrían el riesgo de morir de frío.

Según cuentan quienes conocen la historia del refugio, los pioneros del sur tenían un pacto no escrito, pero inviolable. Cada vez que alguien usaba la casa, al salir dejaba picada una esquiva de leña, para el que el próximo visitante tuviera cómo calentarse y cocinar.

En aquel entonces no existía la carretera Interamericana Sur, que comenzó a construirse en la década de 1940.

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