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Red social tiene 150 millones de usuarios en el mundo

Instagram provoca envidia

Actualizado el 28 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

Fotos propician la idealización de la vida, lo cual causa celos a otros

Expertos en psicología estudian el fenómeno ‘temor a perderse las cosas’

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Instagram provoca envidia

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Erin Wurzel, de 26 años, pensaba que tenía muchas cosas que agradecer: está comprometida con un tipo excelente, trabaja en su primera novela y toma clases de francés con la intención de mudarse a París algún día.

Entonces, revisó sus avisos de Instagram: una amiga había publicado su mesa para cenar en París, con todo y velas, servilletas enrolladas en anillos, una botella abierta de champán, un enorme centro de mesa con flores de otoño y una iluminada Torre Eiffel, enmarcada en una ventana de batiente.

“Dejé escapar un ‘¡Ay Dios mío!’, como un niño que quiere algo que no puede tener”, dice Wurzel, una analista de programas de Filadelfia, y agrega: “Estás revisando tus avisos y una foto te pega, como la de París. Simplemente es tan perfecta que solo piensas: ‘Quiero eso, quiero esa vida’”.

A eso se llama envidia Instagram y a Wurzel le pegó duro.

En estos días, a muchos profesionales no les es raro revisar sus noticias de Instagram y sentirse sofocados por lo fabulosas que son: un amigo remando en el oleaje de Positano bajo un ardiente ocaso italiano; otra que saca fotos a un sudoroso Thom Yorke desde la tercera fila durante un concierto de Atoms for Peace; aún otro que bebe champaña en clase de negocios de un vuelo de Lufthansa de camino a Fráncfort, Alemania, mientras que un cuarto se amontona con amigos frente a un omakase, en Masa.

Los miembros de la generación de Facebook no son ajenos a la impresión de sentirse un poco excluidos cuando sus amigos publican fotos de esa presentación de libro a la que no los invitaron, o del último viaje de alguien a las blancas arenas de Tulum, México. No obstante, incluso para los que están familiarizados con el concepto de envidia en las redes sociales, Instagram, el máximo logro del voyerismo cibernético, representa una nueva forma de tortura.

Fotos de envidia. En Instagram no hay nada del desorden familiar de Facebook o Twitter, donde el torrente de fotos del tipo “me gustaría que estuvieras aquí, pero en realidad no” se pierde en una confusión de felicitaciones de cumpleaños para la tía Candace, frases cortas sobre la comida en los aviones e hipervínculos que llevan al más reciente titular de Onion .

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Instagram, en cambio, tiene que ver con voyerismo no adulterado. Es un sitio para fotos con la capacidad incorporada, a través de los filtros de estilo retro, de idealizar cada momento, fomentando que los usuarios creen páginas de revistas artísticas con sus vidas.

Mayoli Weidelich, una bloguero de 24 años que radica en Toronto, dice que junto con una amiga una vez dedicó 10 minutos a editar una foto de una copa de margarita sobre un plato de tacos en un restaurante mexicano. La intención no era presumir, afirma Weidelich; simplemente estaban siguiendo una regla tácita adoptada por los usuarios de Instagram para no poblar el portal con imágenes mediocres sin editar.

“Mis noticias de Facebook están llenas principalmente de quejas dogmáticas y de híper vínculos a artículos, y nada de eso me da celos”, indica Weidelich y agrega: “Mis noticias de Instagram, en cambio, consisten de una foto increíble tras otra”.

La envidia, por supuesto, no opera en un vacío social, necesita de un objeto de deseo, y todo mundo, al parecer, tiene ese amigo en Instagram: el que posee la ropa perfecta, el cabello perfecto y la vida aparentemente perfecta, lo que parece aún más perfecto cuando se presenta en los ricos tonos cerceta y vívidos ámbares de los filtros de Instagram.

Para Sara Benincasa, comediante y escritora de 33 años de Los Angeles, esa amiga es Heather Fink, cuyo trabajo como cineasta y técnica en sonido la lleva a locaciones exóticas que obedientemente registra en Instagram.

“Aparece en Cannes, en Nuevo México. Está en Abu Dabi sacando una toma. Va a ir a Holanda. Recién vuelve de la boda de Jared Harris en un yate, en Miami. Parada ahí viendo todo, vestida con pantalones de correr manchados, pienso: 'Realmente tengo que mejorar mi vida’”, explica Benincasa.

Instagram, que tan solo este año creció de 80 a 150 millones de usuarios en todo el mundo, se convirtió en un fenómeno social debido, en parte, a que permitió que la gente transformara fotos rápidas en imágenes dignas de revistas y las compartiera fácilmente con amigos.

Gracias a sus filtros, muchos de los cuales embeben las fotos de cierto tipo de nostalgia digital, imitando el aspecto de los lentes viejos y de los rollos de película; todo mundo se ve un poco más joven, un poco más bonito.

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El impulso de manejo del escenario se aprecia particularmente fuerte entre los padres jóvenes, quienes parecen conjurar el espíritu del fotógrafo Norman Rockwell cada vez que desenfundan sus iPhone para sacar una foto a sus adorables y sonrientes niños.

Jessica Faryar, un ama de casa de 32 años de Seattle, recuerda haber visto una de estas fotos de una familia que encargaba “hojas de otro estado solo para que los niños pudieran saltar sobre ellas”, dice Faryar, quien sigue a aproximadamente 100 personas, principalmente amigos y bloggers de su agrado. “Mientras tanto, nosotros nos estamos ahogando en hojas, y mi hijo solo habla de lo sucia que se ve la vereda”, afirma.

Bajo estudio. La envidia Instagram está empezando a captar la atención de algunas personas estudiosas, como Andrew Przybylski, psicólogo e investigador de la Universidad de Oxford, quienes han llegado a intentar cuantificar el temor a perderse las cosas (FOMO, por sus siglas en inglés) y que están descubriendo que Instagram es el principal culpable entre las redes sociales.

Esto difícilmente es noticia para Anne Sage, bloguera y escritora independiente de 31 años, oriunda de Los Ángeles, quien sigue a 1.009 personas en Instagram y que, por tanto, tiene 1.009 oportunidades para sentir que se está perdiendo de una fiesta cualquier fin de semana.

“Es increíblemente dañino enterarse, vía redes sociales, de que tus amigos y colegas se están reuniendo para algo de lo que te han excluido y, por supuesto, estos eventos siempre inundan tus noticias simultáneamente, con todo mundo compartiendo fotos y hashtags a la vez, así que es como echar sal en la herida”, dice Sage.

A menos que 150 millones de usuarios decidan abstenerse de Instagram, la envidia podría resultar una epidemia sin cura.

Al menos pudiera haber un consuelo. Muchos ya están aprendiendo a controlarse, adoptando su propia forma de etiqueta de Instagram.

Heather Fink, de 32 años, dice estar muy consciente de la gente molesta en Instagram, por lo que se cuida de no ser una de ellas.

“Hay muchísimos jactanciosos cuyas publicaciones tienen una vibra de 'Hey, no estás invitado a mi increíble vida’”, afirma.

Fink intenta restar importancia a sus publicaciones de lugares exóticos con humor original, como publicando fotos de un hombre paseando cerdos en el Festival Internacional Cinematográficos de Cannes, en lugar de simplemente otra toma de una estrella de cine.

La intención, dice Fink, no es inspirar envidia, sino simplemente inspirar. “Si supiera que alguna de mis publicaciones hace sentir mal a alguien, le recordaría que el mundo también es suyo y le aconsejaría disfrutarlo”, dice.

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