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La hipertensión tiene una cara más juvenil

Actualizado el 17 de mayo de 2014 a las 12:00 am

Era común que apareciera luego de los 65 años, pero ahora la sufre casi el 50% de los ticos entre 40 y 65 años, y el 16% de quienes tienen menos de 40 años

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Cada vez con más frecuencia, hombres y mujeres entre los 20 y 40 años son diagnosticados con presión alta o hipertensión.

Los médicos le llaman a este padecimiento el “asesino silencioso” por sus efectos casi desapercibidos en sus inicios, pero terriblemente devastadores en la salud de las personas.

Datos de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) revelan que el 16% de las personas recibe esta noticia entre los 20 y los 40 años, algo que hace dos décadas se veía en menos del 5% de la población nacional.

Si durante dos semanas se toma la presión y la encuentra por encima de 140/90 usted tendrá hipertensión, una condición que si no se cuida y controla, desencadenará en enfermedades mayores que podrían llevarle a la muerte.

¿Qué le sucede? A no ser que usted tenga una enfermedad de tipo genético, a esta condición sanguínea le tomó mucho tiempo llegar adonde está, los años de malos hábitos hicieron su trabajo.

Roy Wong es el epidemiólogo de la CCSS a cargo del último estudios sobre hipertensión en el país. El especialista advirtió que estos problemas pueden traer males mayores en personas cada vez más jóvenes.

“Si ahora estamos viendo hipertensión a los 30, diabetes a los 25 e infartos a los 48 o 55 años, dentro de 15 años veremos diabéticos a los 20, hipertensión a los 25 e infartos a los 40”, pronosticó.

Cecilia Monge, especialista en medicina interna y salud pública, afirmó que ya ha visto infartos en menores de 40 años.

Para que esto suceda, dice, es porque los malos hábitos comenzaron desde que eran más adolescentes, o antes.

“Desde el momento del diagnóstico, ya hay daño, hay cosas que no pueden volverse atrás. La idea es controlarla para que el daño sea menor y no haya mayores consecuencias”, dijo Monge.

El daño que sufren las arterias tiene varias causas: el sedentarismo, el consumo excesivo de grasas, sal, frituras y carbohidratos, la poca ingesta de frutas, el mal dormir o el fumado...

Ya sea por separado o combinadas, –o alguna combinación de varios de estos factores– estuvieron acumulando acumulando por años presión en las arterias, lo que dificulta el paso de la sangre por ellas.

Cuando una arteria es normal, tiene flexibilidad que le permite a la sangre fluir sin contratiempos. Conforme una persona acumula años de malos hábitos, en las arterias se forman placas que se adhieren a las paredes internas. Estas placas están compuestas de colesterol, grasa, calcio y una sustancia llamada fibrina.

Estas placas vuelven a la arteria más rígida y menos flexible, lo que dificulta el paso de la sangre hacia el resto del cuerpo.

Cambio de vida. Desde el momento del diagnóstico de hipertensión, se requiere control con medicamentos que deben tomarse al pie de la letra, alimentos en los que la sal debe restringirse al máximo, actividad física, poca grasa, y muchas frutas y verduras.

Para Wong, si esta enfermedad no se controla, puede llevar a otros padecimientos mucho peores que incluso podrían matar a la persona.

El corazón es de los órganos que más sufre con una hipertensión fuera de control.

La obstrucción de las paredes de las arterias hace que sea más difícil para la sangre llegar al corazón y que este pueda bombearla. Las paredes de este órgano se engrosan para transportar mejor la sangre, pero esto también disminuye el espacio del órgano.

El cerebro también se daña gravemente si la presión arterial no tiene un control adecuado. Las arterias y vasos capilares en esta zona son más delgados y pueden presentar mayores problemas, como un accidente cerebrovascular o derrame cerebral.

Los derrames cerebrales son de dos tipos: el derrame isquémico, que se da cuando a una zona del cerebro no le llega la suficiente sangre y oxígeno.

Una arteria o vena del cerebro se “bloquea” e impide el flujo de sangre a una parte del cerebro. Tras unos minutos, las células empiezan a morir por falta de oxígeno y nutrientes.

También está el derrame hemorrágico, que sucede cuando un vaso sanguíneo del cerebro se rompe y sangra.

Al producirse sangrado dentro del cerebro, las células no reciben oxígeno ni nutrientes.

El pulmón también sufre con una presión arterial elevada. Los alveolos (vasos capilares más pequeños) irrigan sustancias constantemente y con mayor presión, y esto dificulta la respiración.

Complicaciones. Cuanto mayor es la persona, más debe ser el control. Por si sola la edad ya es un factor de riesgo, pero la aparición a una edad cada vez menor hace que conforme avance la edad el asunto se complique.

Esto se debe a que la persona ya tendrá más años de vivir con problemas de presión arterial, y son mayores las posibles enfermedades que le acompañan.

Así, mientras el 41,8% de quienes tienen entre 41 y 64 años son hipertensos y el 68,5% de los mayores de 65 años presenta esta condición, muchos de ellos tienen otras patologías que afectan más su salud, como obesidad, diabetes o colesterol alto.

El 45,9% de las personas con obesidad son hipertensas, así como el 21,6% de los diabéticos, y el 42,8% de quienes sufren problemas de colesterol o triglicéridos.

Esta enfermedad le sale bien cara a la Seguridad Social. El tratamiento para 940.573 personas en la CCSS significa ¢47.308 millones al año.

En otras palabras, tratar a los enfermos con presión alta representa el 3,47% del presupuesto total de la Caja.

Cada paciente recibe, en promedio, ¢94.174 anuales en fármacos, consultas médicas y, en los peores casos, hospitalización o incapacidades de personas a las que la enfermedad se le complica.

Por ello, los especialistas recomiendan ni siquiera llegar a esta enfermedad y prevenirla.

“No necesitamos ir a un gimnasio o comprar comida cara. Con caminar o trotar alrededor de la casa, eliminar el salero de la mesa y buscar comidas menos condimentadas y con dejar el fumar ya tenemos mucho camino avanzado”, recomendó Wong.

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Irene Rodríguez S.

irodriguez@nacion.com

Periodista

Periodista en la sección Aldea Global. Máster en Salud Pública con Énfasis en Gerencia de la Salud en la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre salud, periodismo médico y educación. Ganó el Premio Nacional de Periodismo Científico del Conicit.

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