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Caribe: el destino mágico olvidado

Actualizado el 15 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

A la costa Caribe le sobran razones para ser un espacio de recreación y aún así, no suele ser la primera opción de los costarricenses. Visitamos Cahuita, Puerto Viejo y Tortuguero para explorar su potencial.

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El Caribe costarricense ofrece una experiencia auténtica, con un sabor local muy arraigado y condimentado con la afluencia de extranjeros en la zona. Limón, sus playas y sus gentes, en cualquiera de sus poblados, siempre supera la expectativas.

Lamentablemente, el Caribe es uno de los destinos turísticos más ninguneados. El porqué se puede encontrar en distintos lugares: quizá sea por prejuicios, quizá por falta de interés. Pero las razones para visitarlo son indiscutibles, o al menos así lo parecen cuando se está allá, apreciando todo lo que ofrece la zona.

En colaboración con el Instituto Costarricense de Turismo (ICT) y como parte de la campaña Vamos a turistear, presentamos una entrega especial de estos reportajes en Revista Dominical.

El Caribe como experiencia. El Caribe ofrece variedad de actividades. Hay espacio para los aventureros que quieran disfrutar del mar y el bosque, lo hay para quienes solo quieren descansar junto al mar o para los que, con más paciencia, quieren pescar, observar aves de ríos o a las tortugas desovar.

El sitio web de viajes Lonely Planet nombró la costa Caribe de Costa Rica entre los 10 destinos del mundo más atractivos y a mejor precio, destacándola como un lugar donde se puede combinar tours guiados con la exploración a ritmo propio.

Después del viaje, no me extrañó esta descripción. El trayecto realizado cubrió tres localidades y distintas atracciones, y con ello me quedó claro que el Caribe es auténtico, accesible, asombroso y amable, las 4 A que busca cualquier turista que busque una experiencia en todo el sentido de la palabra.

Caribe el destino mágico olvidado

Acostumbrado a los parajes del Pacífico, no podía dejar de asombrarme con el verdor del Caribe, que empezó a notarse apenas llegamos a Guápiles.

El sabor de Cahuita. Nuestra primera parada fue Cahuita. Mientras esperábamos al guía, tuvimos la oportunidad de conocer algunos lugares del centro, entre ellos el parque, que homenajea con esculturas a los pioneros del poblado y algunos restaurantes cercanos.

En el afamado Coco's Bar conocimos a David Richar Palma, quien se encargó de pintar la fachada del establecimiento, así como el techo del mismo, adornándolo con criaturas del bosque y otros motivos psicodélicos.

Richar fue la primera de tantas sonrisas que nos regalaron en el Caribe y, como la mayoría de los locales, expresó un gran cariño por el lugar donde vivía.

En Cahuita partimos en lancha a practicar snorkell con Mairena Tours. Nos guiaron Carlos Mairena y su padre, Manuel. Desde el mar, Cahuita es muy fotogénico; esta belleza se extiende hasta el fondo del océano.

El snorkell , para quienes crecimos viendo reportajes del fondo marítimo en televisión, es una extensión multisensorial de esas imágenes. Desde la primera sumergida es como conectarse a otro mundo. Uno puede perderse horas mientras flota y ve los peces moviéndose lento, únicamente acompañado del sonido de su respiración.

Hay pocas indicaciones que seguir para realizarlo correctamente –entre ellas cuidarse de no dañar ni la flora ni fauna submarinas– pero aún así, tragar agua de mar es algo que sucederá en algún punto; nada trágico. Llama la atención que hasta en el sabor del agua, el Caribe es más dulce.

Después de romper el sueño y sacar la cabeza del agua, viajamos por la costa del Parque Nacional Cahuita hasta Punta Cahuita, donde descendimos para hacer una caminata y observar distintas especies de serpientes y algunas aves,

Noches de Puerto Viejo. Esa misma noche partimos hacia Puerto Viejo, que se encuentra un poco más al sur que Cahuita.

Como es usual en los desembarcaderos, en Puerto Viejo confluyen personas de distintas nacionalidades y culturas, y esas influencias se traducen en una gran oferta culinaria, que da un viaje por el mundo sin tener que caminar más que los 500 metros de calle donde se concentran la mayoría de estos locales, algunos hoteles y chinamos con artesanías.

La mezcla de las tradiciones gastronómicas facilita menús variados y en muchos casos únicos, gracias al uso de ingredientes locales.

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Así, fácilmente se puede probar arroz con camarones en salsa caribeña, pizzas, sopas de mariscos, ensaladas de primera categoría con coco o salvia, casados con frijoles magníficos (arreglados con chile, como corresponde en el Caribe) y carnes sabrosas bien condimentadas.

En nuestro caso, visitamos el restaurante Monli, donde opté por cenar un pollo en salsa de curry (platillo picante originario de la India y popularizado en el mundo por los ingleses) con la tradicional leche de coco caribeña. Al primer bocado, este manjar se convirtió en uno de los puntos altos del viaje. Es de esa comida que causa una sonrisa de satisfacción desde la primera vez.

Era viernes por la noche y la afluencia en las calles evidenciaba que si bien la temporada baja ya había pasado, no eran pocos los que todavía andaban de visita.

En los patios de algunos hoteles había espectáculos de fuego, y algunos bares y hoteles atraían clientes con música en vivo: desde cantantes con su guitarra hasta percusiones africanas.

Tampoco faltaban los lugares que, aprovechando la cercanía del mar, ofrecían ambientes íntimos a la luz de las velas.

Después de la cena partimos a Villas del Caribe, un hotel con buena ubicación respecto a la zona de restaurantes, manteniendo la intimidad y comodidad que se espera del merecido descanso nocturno. Por horario no pudimos disfrutar de todas de las comodidades que ofecía Villas del Caribe, como su restaurante y la piscina, pero el hotel nos ofreció aire acondicionado, Internet en el lobby y televisión por cable, lo suficiente para hacernos sentir cómodos.

La magia de Tortuguero. De Puerto Viejo partimos hacia el norte de la costa, a Tortuguero. Este poblado gira y se mueve como el animal que le da su nombre.

El desove, por supuesto, marca la temporada alta en la costa Caribe. Gracias a ese y otros fenómenos que observamos, queda claro que aquí la naturaleza es sabia.

La forma más sencilla de llegar a Tortuguero y la más atractiva, por los paisajes que la rodean, es por medio de bote por el Río la Suerte, sea en medios de transporte público del MOPT, lanchas privadas o los botes que cada hotel ha dispuestos para recibir a sus huéspedes.

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El Laguna Lodge nos recibió con un coctel frutal de cortesía que hizo bien tras el viaje por el río. Inmediatamente llegamos a nuestras habitaciones, ubicadas junto a unos trillos que nos ofrecían sonidos de naturaleza, además de una cercanía al mar que nos dio el sonido de las olas como arrullo.

Luego comprobamos en el bufé que la gastronomía híbrida es cosa de todo el Caribe. Ese día, probamos varias delicias como puré de camote, crema de ayote y un flan de coco que se coronó como el mejor postre de toda la temporada.

Destino sostenible. Ya mencioné a Gilberth Molina, a quien nos presentaron como Chito. Él fue el encargado de guiarnos y mostrarnos los canales dentro del Parque Nacional Tortuguero. Además de una variedad inimaginable de especies de aves y encuentros cercanos con algunos caimanes, Chito nos enseñó la forma en que ahora hacen las cosas en Tortuguero.

Encuentre más información sobre este y otros destinos en el sitio www.vamosaturistear.com

En 1975, cuando recién se conformó Tortuguero como área protegida, la caza de las especies endémicas seguía siendo común. En temporada de desove, se mataban cuatro tortugas y se repartía la carne entre los vecinos, quienes vivían de la caza y la explotación de madera. Cuarenta años después, Tortuguero apuesta por el turismo sostenible.

“Con el tiempo nos dimos cuenta de que el caimán valía más vivo que despellejado”, nos dice Chito, fiel creyente de que la conservación es el camino que debe seguir su comunidad.

Nos acercamos a una pequeña ave llamada popularmente “gallina de agua”, que en ningún momento se inmutó, aún cuando la lancha la superaba considerablemente en tamaño. Esto, nos explicó el guía, se debe a que algunas especies no se sienten amenazadas por los humanos por haber tenido pocas malas experiencias, lo que facilita el acercamiento.

En la galería forestal, como le llamó Chito, también vimos una gran cantidad de especies de flora que se entrelazaban y generaban formas que estos ojos no había visto antes. Cada árbol tenía sus bejucos, sus epífitas colgándole y sus insectos, cada rincón con su verdor, era un pequeño ecosistema.

Era una verdadera galería lo que teníamos en frente: llena de esperanza, el reflejo de cómo un pueblo puede unirse para conservar y vivir en armonía con las especies que lo rodean.

Sorprende que tanta belleza sea tan accesible.

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La llegada a Tortuguero en bus, por ejemplo, cuesta unos ¢10.000, y en el pueblo, avistamos algunos hosteles donde hospedarse a partir de $20 (poco más de ¢10.000). La mayoría de los tours –de canopy , de lancha en los canales o de avistamiento de ranas o tortugas–, cuestan entre $20 y $45. Y la comida es tan buena como en cualquier otra parte del Caribe.

Cabe mencionar, que la gente de Tortuguero ha tratado de mejorar sus condiciones y de la mano de la Asociación de Desarrollo y su presidenta, Amira Rodríguez –quien es esposa del guía–, se ha creado infraestructura básica para mejorar la calidad de vida de sus habitantes, así como algunas iniciativas para promover el ocio sano en la comunidad, como un gimnasio en donde ensaya la Banda de Conciertos de Tortugero, la cual debutó este mismo año.

Tortuguero tiene, desde su gente, una inclinación por darle una formación integral a sus habitantes y por eso me extraña que no sea un ejemplo más visible.

Chito nos trató maravillosamente. Antes de hacer este viaje al pueblo, en algún punto, nos preguntó que si venimos de la universidad a hacer algún trabajo y le comentamos nuestra procedencia y nuestro objetivo. Nos miró, disimulando el asombro, e inmediatamente soltó una frase que parecía estar esperando pronunciar desde hace tiempo a sus compatriotas:

— Póngale ahí que vengan más a visitar El Caribe. ¿Vio el bote que pasó? Solo el capitán y el guía eran ticos; el resto eran extranjeros.

Aquí lo pusimos, Chito. Y ojalá que leyendo este artículo se anime a visitar mucha gente más.

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Carlos Soto Campos

carlos.soto@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Periodista del suplemento Viva de La Nación. Bachiller en Periodismo en la Universidad Latina y estudiante de la Licenciatura en Comunicación de Masas. Escribe sobre música y temas culturales.

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