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Conjunto de edificios sirvió 55 años en la lucha contra la tuberculosis

Solo los recuerdos salvan al Sanatorio Durán del abandono

Actualizado el 28 de julio de 2013 a las 12:00 am

Exempleados de hospital ubicado en Cartago reviven sus anécdotas

Declaratoria del inmueble como patrimonio está en proceso

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Solo los recuerdos salvan al Sanatorio Durán del abandono

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Cada vez que la enfermera Flora Cervantes iba a retirar medicamentos a la farmacia, Edwin Castro, que también era enfermero, aprovechaba para acercarse y “meterle conversona” a aquella tímida muchacha que le gustaba.

Ella aceptaba complacida los piropos del caballero, pero ambos debían ser muy cuidadosos, pues todos sus movimientos eran celosamente vigilados por una monja.

Luz Marina Montenegro, quien realizaba tareas varias, alcahueteaba el romance y se encargaba de llevar y traer los papelitos que intercambiaban los enamorados.

Del antiguo Sanatorio Carlos Durán Cartín quedan muchas memorias, pero no tantas esperanzas.

Enclavado en las montañas de Potrero Cerrado de Cartago, el edificio que albergó un hospital para enfermos de tuberculosis recibe a miles de visitantes ávidos de historias de fantasmas y espantos.

Pero para don Edwin, doña Flora y doña Luz Marina, la apariencia tenebrosa de este inmueble se desdibuja entre miles de recuerdos del que fue su lugar de trabajo y su segundo hogar durante años.

“Yo tenía 14 años cuando empecé a trabajar aquí. Era un lugar precioso, aseado, ordenado y a los pacientes se les daba una excelente atención.

”Es muy triste ver el estado actual y que no haya nadie que meta mano para rescatarlo”, afirmó Luz Marina Montenegro, quien planteó una solicitud ante el Ministerio de Cultura para que el inmueble sea declarado patrimonio.

La declaratoria ya cuenta con el visto bueno de la Comisión Nacional de Patrimonio Histórico-Arquitectónico, que debe elevar la recomendación a Cultura.

Sanatorio Durán no puede ser declarado patrimonio (René Valenzuela, Olman Hernández)

Hospital modelo. El sanatorio es un complejo arquitectónico que integra varios edificios. El primero de ellos fue construido entre 1916 y 1918 y, posteriormente, se levantaron otros en diferentes épocas. En ese lugar, funcionó entre 1918 y 1973 el primer hospital para el tratamiento de la tuberculosis no solo de Costa Rica sino de Centroamérica.

Este centro médico cumplió con los más altos estándares de calidad para la época, según un artículo de la investigadora Carmela Velázquez, de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica.

Flora Cervantes era una niña de 12 años cuando llegó al Sanatorio a asistir a su hermana en labores de enfermería. En los cuartos del pabellón de mujeres, los pisos eran tan relucientes que se podía ver el rostro en ellos.

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“Recuerdo a una paciente llamada Anita, que me pedía que le lavara la ropa y se le cobraba una peseta por pieza. A veces me sentaba a jugar naipes con ella para entretenerla y me llamaba ‘mamá’. Ellos lo veían a uno como si fuera de la casa”, recordó Cervantes, quien hoy tiene 71 años.

Ella muchas veces tuvo que enfrentar escenas dramáticas.

“Los pacientes sufrían unas hemorragias tremendas y nosotras agarrábamos limones y se los exprimíamos en la boca para frenar sangrado mientras el médico nos daba instrucciones”, recuerda.

Los pabellones, los pasillos, la capilla, la cocina, la pulpería, la lavandería, la sala de operaciones, el laboratorio, la despensa... cada espacio del derruido edificio atesora un cúmulo de recuerdos para quienes trabajaron ahí.

Autosuficiente. El Sanatorio Durán también es aplaudido en numerosas investigaciones por su exitoso modelo de desarrollo.

“Aquí no faltaba nada, había de todo. Teníamos una huerta sembrada con frutas y verduras, había gallinas, cerdos, vacas y ahí en la despensa nosotros mismos hacíamos los productos lácteos como mantequilla, queso, natilla... todo con técnicas artesanales”, rememoró doña Olga María Montenegro, hermana de Luz Marina.

La mano de hierro de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, que administraron el Sanatorio desde 1935, quedó grabada en la mente de Edwin Castro.

“Las monjas eran muy estrictas, lo controlaban todo y hacían guardias constantemente. Pero las parejas siempre se cuerdeaban, aunque fuera a escondidas”, recordó con una sonrisa.

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