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Hermanas se apoyan en lucha por bajar de peso

Actualizado el 03 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

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Hermanas se apoyan en lucha por bajar de peso
                         Mariné, Aleida y Melissa Gómez se apoyan en su lucha por bajar de peso. Ellas están en control nutricional y psicológico antes de someterse a una cirugía bariátrica. | ALONSO TENORIO
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Mariné, Aleida y Melissa Gómez se apoyan en su lucha por bajar de peso. Ellas están en control nutricional y psicológico antes de someterse a una cirugía bariátrica. | ALONSO TENORIO

Crecieron juntas, en una época donde los niños bien alimentados eran sinónimo de cachetes frondosos y una pancita era todo lo contrario a una señal de alarma.

Hoy, las hermanas Aleida, Mariné y Melissa Gómez, vecinas de San Isidro de Heredia, sufren las consecuencias de eso: las tres tienen obesidad y podrían someterse a una cirugía bariátrica.

“Cuando niñas éramos muy delgaditas, y nos inyectaban vitaminas y hierro para que estuviéramos más nutridas. También nos daban mucha comida”, comentó Mariné.

Aleida concuerda: “Cuando uno es pequeño no piensan en niveles calóricos ni en porciones. Le ponen a uno lo que uno quiere o lo que los papás sienten de hambre, cuando un niño come muy diferente a un adulto”.

Ahora, más de 30 años después, estas hermanas se apoyan para tomar la salud en sus manos. Entre las tres buscan la solución a sus problemas con la ayuda de una buena alimentación y un proceso psicológico que las preparará para su cirugía.

Sin embargo, reconocen que no ha sido fácil.

“Normalmente, usted va y se sirve lo que se le antoja, sin pensar en las porciones, y cuando uno se da cuenta, está comiendo mucho más de lo que necesita”, manifestó Melissa.

“De niño, lo acostumbran a uno a comer de todo y en mucha cantidad, porque uno tiene que ‘limpiar el plato’. Ya de grandes, seguimos con la maña”, sostuvo.

Al respecto, la nutricionista Yorleny Chacón señala que en general la alimentación del costarricense no es adecuada a su nivel de actividad física.

“Nuestros abuelos comían arroz, frijoles, olla de carne, gallo pinto y carnes rojas desde el desayuno; pero la mayor parte de ellos hacía un gran trabajo físico, ya fuera en el campo o haciendo oficios domésticos. Ahora, comemos lo mismo, pero trabajamos sentados frente a una computadora”, dijo.

Relación adictiva. Se necesita comer para sobrevivir y el alimentarse genera placer. Sin embargo, ese placer generado por la alimentación hace que se desarrolle una relación con la comida en la que se ingiere más de la cuenta.

Es allí donde muchas veces se da el sobrepeso, la obesidad o alguna enfermedad crónica.

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Aleida comenta que la sensación de placer al comer aumentó su problema de obesidad.

“Uno se hace adicto a la comida, es como una droga, cuesta dejarla. A mí me pasa que puede ser que yo no tenga hambre y si veo comida, tengo que comérmela, aunque ya esté satisfecha”, manifiesta.

En su caso, la muerte de sus padres también aumentó su ansiedad y la hizo comer más.

“Mis padres murieron de diabetes, uno a los 52 años y otro a los 57. Después de eso comí más”, dijo.

La mala alimentación trajo consecuencias para la salud de estas hermanas.

“Tuve hipertensión durante mi primer embarazo y sigo siendo hipertensa. Sé que tengo que cuidarme”, aseguró Melissa.

Discriminación. Los problemas de salud no son el único obstáculo que enfrentan las personas que tienen unas libras de más. El rechazo social sigue siendo una realidad.

“La gente es muy hiriente. Uno puede estar esperando un taxi con una persona delgada a la par y le preguntan si el taxi es para la persona delgada o para uno, para ver si lo montan”, manifestó Mariné.

“A una tía mía le decían que debía montarse por la puerta de atrás del bus”, relata Melissa.

Aleida también ha sufrido discriminación:

“Yo compré carro para no viajar en bus. Los asientos no están adaptados. Incluso, el saludo que uno recibe a veces del chofer es ‘¡ay, usted pesa como 300 libras!’”

“Si vas a una tienda, aunque sea a comprar algo para alguien más, se vuelven y te dicen ‘aquí no hay ropa para usted, no hay ropa para gordos’”, añadió.

Incluso la imagen al comer es distinta.

“Si usted ve en la calle a un flaquito comiéndose un helado, no piensa nada. En cambio, si ve a un gordito comiendo un helado hasta dicen en voz alta, ‘mirá, con razón está tan gordo, si es que pasa hartando”, comenta Aleida.

Frutos. El proceso comenzó hace poco, pero ya da resultados. Por ejemplo, Aleida –la hermana con mayor sobrepeso– pesaba 186 kilos al comenzar el programa y ya consiguió bajar 10 kilos.

“El proceso de cirugía bariátrica es muy fuerte y uno difícilmente lo logra solo. Uno necesita el apoyo de otra gente porque es muy difícil. En mi caso yo las tengo a ellas.

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”Si alguien quiere animarse a hacer esto, yo les digo que busquen apoyo, porque si no mantienen la alimentación después de la operación, pueden volver atrás”, afirmó Aleida.

Sus hermanas ya comenzaron revisiones en la Clínica de Nutrición de la Universidad Hispanoamericana.

“Es un paso que quiero dar por mi salud”, aseguró Mariné.

Para Melissa, la menor de las tres hermanas, esto es algo que quiere hacer por su salud.

“Mi mamá se murió de diabetes. Fue muy largo, muy angustioso, muy sufrido. Yo tengo hijos y no me quiero morir. Quiero verlos grandes y quiero tener salud para eso”, aseveró.

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Irene Rodríguez S.

irodriguez@nacion.com

Periodista

Periodista en la sección Aldea Global. Máster en Salud Pública con Énfasis en Gerencia de la Salud en la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre salud, periodismo médico y educación. Ganó el Premio Nacional de Periodismo Científico del Conicit.

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