Por: Víctor Fernández G. 23 mayo, 2015

Son las 11 p. m. y en menos de ocho horas estaré atascado en el tráfico mañanero que se atraganta en el puente del Virilla. Lo prudente, lo sensato, sería apagar luces e irme a dormir... pero, bueno, me doy la licencia de ver solo un capítulo más. El último.

Esta negociación mental usualmente se reviste de autoengaño, pues suele suceder que aquel último capítulo viene, irremediablemente, perseguido de otro último capítulo. Y lo tengo claro en aquellos escasos segundos de pausa previos a que el autoplay de Netflix me precipite a ver un nuevo episodio, sin que yo termine de tomar la decisión. Ni modo, yo no quería, pero el sistema me obligó.

Esta compulsión por ver una misma serie televisiva por horas, sin levantarme, se me ha vuelto algo “normal” en el último año, en gran parte por “culpa” de Netflix. Y sé por ese gesto de deliciosa culpa que usted también ha caído en la misma modalidad de consumo.

El 2010 se hace lejano, demasiado anticuado, muy vieja escuela. ¿Cómo es posible que apenas un lustro atrás aceptáramos que las series de televisión debían consumirse una vez a la semana, siempre a la misma hora y en el mismo canal? Qué cansado...

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Antes, para ponernos al día con alguna serie, debíamos esperar a que el canal programara una maratón. Ahora, la maratón la empezamos en el momento que nos place, sin pedirle permiso a nadie. Con una conexión a Internet decente, alguien que esté de vacaciones bien puede empezar en este momento a ver las cinco temporadas de The Walking Dead de un tirón, ininterrumpidas, y no darse por satisfecho hasta, ya hecho un despojo humano, sentirse como todo un zombie.

Recientemente terminé de ver la temporada debut de Daredevil , primera de varias series producidas a medias entre Netflix y Marvel, a partir de los personajes de los cómics del segundo. La llevé con calma, así que me tomó poco menos de dos semanas el pasar por los 13 episodios, aunque en varias ocasiones montando “minimaratones” de tres o cuatro capítulos. Y así, a mi propio ritmo, le saqué mejor el jugo.

Precisamente, un enorme punto a favor de este consumo “en una sentada” es que muchas productoras han roto con el tradicional formato de 22 o 24 episodios por año. Las series dramáticas que redefinieron las reglas en años recientes –hablamos de Game of Thrones, Breaking Bad, Mad Men, House of Cards, True Detective y The Walking Dead – no pasan de 13 o 14 emisiones al año. Incluso hay casos como el del soberbio drama policial Luther , de la BBC, con temporadas de no más de seis capítulos. Casi como una miniserie.

Las reglas del consumo televisivo se reescriben, y eso es bueno, sano; poniendo al televidente por primera vez en ventaja en un proceso en el que antes no tenía voto. La recién anunciada cancelación del CSI original –10 años atrás la serie más vista de la televisión estadounidense– es una señal de los tiempos. De los buenos nuevos tiempos.