Por: Víctor Fernández G. 8 julio

Janet quería a Cliff, pero Cliff quería más a su música. Linda y Steve se querían pero no tanto como para comprometerse emocionalmente. Debbie quería alguien que la quisiera.

Cada cierto tiempo vuelvo a encontrarme con Janet, Cliff, Linda, Steve y Debbie. Me pregunto qué fue de ellos, si serán felices, si aún escuchan a Soundgarden, Alice in Chains y Pearl Jam. Imagino que sí. Espero que sí.

El complejo de apartamentos en el que ellos convivían es el esqueleto de Singles , filme estrenado 25 años atrás y que pasó a la historia como el primer documento en capturar con acierto el frenesí musical, juvenil y creativo que explotó en Seattle a inicios de los 90.

La película se estrenó en los cines costarricenses bajo el poco prometedor título de Vida de solteros y pasó sin pena ni gloria por nuestra cartelera. Yo, que ya estaba bien consumido en la música grunge , tenía al filme en mi radar y lo alquilé en VHS a unos vecinos, quienes luego de cerrar su videoclub siguieron ofreciendo películas en su casa (piratería al cuadrado).

Los personajes de la trama me llevaban al menos 10 años: yo era un adolescente colegial y ellos ya eran jóvenes adultos. Aún así, la química fue instantánea y aquel fin de semana no me importó pagar multa con tal de dejarme la película más días de lo acordado. En cuestión de 72 horas, vi Singles al menos en cinco ocasiones (¿recuerdan los rebobinadores de casetes de VHS? Toda una maravilla tecnológica.).

Cameron Crowe, el director, es un retratista de emociones. Sus mejores películas aún estaban por llegar – Jerry Maguire , Almost Famous y la incomprendida Elizabethtown – pero fue en Singles donde plasmó lo que vivía una generación que recién se despegaba de la protección paterna. El corazón roto y desconfiado de Linda; la inmadurez de Cliff; el fracaso laboral de Steve; la falta de autoestima de Janet, y la obsesiva búsqueda de cariño de Debbie fueron plasmados con naturalidad, humor y afecto por el cineasta, sobre un soundtrack perfecto, en el que Paul Westerberg abre su corazón disléxico; Eddie Vedder grita que el amor es hermano de la confianza; y el espíritu de Andrew Wood, indestructible, se transfigura.

Singles me abrió muchas ventanas. Me apoyé en mi propio grupo de amigos, todos con rollos igual o más complicados que los de los jóvenes de Seattle, y juntos nos empujamos para subir la cuesta que teníamos por delante, mientras en nuestros walkmans hacían lo propio Smashing Pumpkins, Nine Inch Nails, Soul Asylum, Caifanes, Faith No More y Stone Temple Pilots.

Todos arrastramos una lista de pendientes, de cosas por hacer solo porque sí. En la mía, en el apartado de “deseables”, está el sentarme algún día en las gradas que conducen al edificio de apartamentos ubicado en la esquina noroeste de la intersección de la calle E Thomas y la avenida 19, en Seattle. Ahí, ojalá café en mano, pensaré en Janet, Cliff, Linda, Steve y Debbie. Tengo mucho que agradecerles.