Por: Fernando Chaves Espinach 20 agosto

La mayoría de series en Netflix las veo, como es normal, sentado o acostado, relajado hasta el punto de quedarme dormido si la cosa se prolonga demasiado. Pero no fue así con Please Like Me, cuyas cuatro temporadas he visto de un tirón a lo largo de dos semanas. Please Like Me me da miedo.

Me pongo de pie, camino a la cocina sin ponerle pausa, me escondo bajo la almohada, cierro los ojos cuando se dispara una de esas prolongadas discusiones ultrarreveladoras que salpican esta tragicomedia australiana. Me enerva cuando Josh, el protagonista, se comporta como Josh. Me irrita cuando otro personaje hace exactamente lo que todos sabemos que no debe hacer.

A la mitad de la temporada 2 me percaté de que los tiros pegaban too close to home. Los dardos que se arrojaban entre sí los personajes (muchas veces a sí mismos) eran dirigidos hacia mí, aunque tengamos vidas tan distintas.

Al inicio de Please Like Me, Josh (Josh Thomas, creador, coguionista y protagonista del show) empieza sus veintes con una sacudida: su novia lo deja, él acepta que es gay y su mamá intenta quitarse la vida. Fluye con una naturalidad inusitada, con agilidad y verdad dramática: del humor ridículo y la ironía autoinfligida a una sinceridad oscura que no se siente forzada ni tramposa (a diferencia de, digamos, 13 Reasons Why, Please Like Me trata, con respeto, seriedad y humor, la depresión, la ansiedad, la idea del suicidio).

‘Please Like Me', la tragicomedia australiana es un efervescente retrato de una generación, pero trasciende el mero reflejo con honda sabiduría.
‘Please Like Me', la tragicomedia australiana es un efervescente retrato de una generación, pero trasciende el mero reflejo con honda sabiduría.

Muchas comedias se sirven de sus personajes, en especial los secundarios, como si tomaran lápices de color de una caja solo para pintar el garabato de turno. Please Like Me, por el contrario, fluye con los colores que cada personaje trae a la mesa: todos tenemos una historia que contar, nadie es solo víctima o solo culpable.

Prácticamente todos los personajes tienen "su capítulo" para explayarse sobre sus inseguridades: el papá de Josh, divorciado y unido ahora a una mujer tailandesa más joven; Tom, compañero de apartamento de Josh (cuyas relaciones pasan de una misoginia adolescente a una autoflagelación permanente); Claire, ex de Josh, quien se fuerza a madurar; y uno de los novios de Josh, Arnold, a quien vemos entrar a la adultez tras superar sus propias crisis psiquiátricas, amén de otras inolvidables figuras.

Eso sí, el motor es Josh y la clave del éxito es que no nos agrada de primera entrada. Josh es la persona que nos (me) da miedo ser; por eso, el pavor. ¿Qué pasa si de verdad somos así de cínicos para abordar las relaciones interpersonales? ¿Qué pasa si ocultamos el miedo a conocernos bajo una capa de sarcasmo agresivo? ¿Y si tememos crecer?

La insistencia deshonesta de agrupar a "los millennials" ha ocultado narrativas que exploran personajes de mi generación, que es compleja como cualquier otra. Ciertas comedias tienden a limpiar las asperezas de sus personajes para evitar que el televidente se decepcione de ellos. Esta nos invita a sentirnos cercanos a ellos porque no se perdonan a sí mismos ni entre sí.

Me reconozco en Josh porque está batallando con descubrir cuáles partes de sí le agradan y no quiere desechar las que no: lo protegen. Me da miedo y me escondo. ¿Qué pasa si al final no me gusto y no me caigo bien? Él no es siempre agradable y uno llega a temer por su salud mental. Exhibe un cinismo que sí, puede ser generacional, pero es difícil castigarlo por ello. Usualmente, Josh ha lanzado tiros preventivos.

Please Like Me terminó tras cuatro temporadas (está completa en Netflix). Josh vivió y creció. Seguir su trayectoria nos invita a aceptar el error y el defecto. Dicen que ser genuino libera. Sin embargo, ¿qué pasa si lo que uno es realmente resulta ser algo tóxico? De todos modos, uno siempre pedirá a quienes lo rodean: Please like me. ¡No puedo ser tan malo! Soy como vos.

Nota del editor: Zapping es una columna de opinión de la revista Teleguía, de La Nación, y como tal sus contenidos no representan necesariamente la línea editorial del periódico.