Por: Víctor Fernández G. 14 septiembre, 2014
Imagen sin titulo - GN
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Dos veces conversamos Gustavo Adrián y yo. Ambas por teléfono, ambas por motivos de trabajo: él porque como artista tenía que pasar por el mal necesario de atender a la prensa y yo porque era un fan suyo con credencial de periodista.

La primera vez fue en 1999, cuando yo era el mostacilla en la sección de espectáculos de Al Día . No recuerdo por qué mis compañeros le pasaron de largo y fue a mí a quien me correspondió entrevistarlo. Él, algo aburrido al otro lado de la línea, nunca se enteró de que el reportero tico casi se orina de la emoción al final de la corta plática.

En el 2007 volvimos a charlar, previo al que terminaría siendo su último concierto en Costa Rica. En mi profesión una regla dorada y no escrita es que, ante todo, debemos guardar la compostura y no dejarnos ir por las emociones frente al entrevistado. Y mientras Gustavo contestaba mis preguntas yo supe comportarme, contenerme, y por eso no lo interrumpí para decirle que lo admiraba en puta, que su música estuvo ahí cuando más la necesité y que en algún lugar de mi casa guardaba la púa de su guitarra.

Así lo dijo.  “Si bien hay cosas que puedes prever, otras tienen que ver con el cosmos... caen cuando tengan que caer”. Gustavo Cerati, 2007.

Gustavo ignoraba que el periodista tico que, ecuánime, le interrogaba por su disco Aí vamos , se había abierto camino en el molote, a codazos, para verlo casi en la primera fila. Fue en 1996 y Aura Cecilia –mi mamá– había terminado por ceder a mi majadería de hijo, pues me emperré en que, como regalo de cumpleaños, lo que quería eran ¢5.000: justo el precio del boleto para ver a Soda Stereo en el Gimnasio Nacional. Ahí gané la púa.

Aquel fue mi primer concierto internacional y pensé en decírselo a Gustavo, tanto en el 99 como en el 2007, pero me contuve, asumiendo de antemano que evidenciar mi fanatismo me restaría puntos como interlocutor.

Días después de aquella entrevista del 2007 vi a Gustavo por última vez, en el Palacio de los Deportes. El recinto estuvo lejos de llenarse y en mi crónica para Viva tildé de “salados” a los que no llegaron. Y al día de hoy lo sostengo.

Una mañana de estas, mientras llevaba a las niñas al kínder, la locutora de Radio Disney anunció “un clásico de los 80”. “Papi, qué chiva pieza”, me dijo Emma mientras escuchaba Persiana americana por primera vez en sus seis años de vida. Y a mí se me llenaron los ojos de agua... por enésima vez en la semana.