Por: Danny Brenes 13 febrero, 2016
Zapping: Los otros países nuestros
Zapping: Los otros países nuestros

Lo que más disfruto de mi trabajo es lo que menos ocurre: montarnos en un carro desde temprano y transitar alguna de las venas grises que se extienden fuera de San José, como lianas que conectan con un mundo muy distinto, el mundo que casi nunca vemos: el mundo fuera de este valle que concentra población, riqueza y burocracia, como un corazón que a medio latir mantiene vivo al país.

Salgo poco de San José, aunque mucho quisiera hacerlo con frecuencia. Envidio a quienes pueden –cuando quieren– darse la libertad de montarse a un carro o a un bus el sábado y viajar a las costas, a las montañas. A eso que vemos desde el centro hacia afuera: esa plusvalía de la multiplicidad.

Costa Rica, lo sabemos, goza –y a veces sufre– de una generosa diversidad. Naturaleza, paisaje, gente. ¿Cuántos países del mundo podrían ser recorridos de frontera a frontera, de océano a océano, en un mismo día? ¿Cuántos países permiten pasar del calor de la playa al frío montañoso en una misma tarde? Tan poquitos somos, tan grandes y plurales, tan dispares. El país, más allá de lo evidente, es un hervidero de comunidades, de culturas. Un país que es muchos.

El enfoque vallecentrista. Los citadinos y la prensa incurrimos comúnmente en el error de delimitar
nuestra visión en el centro del país, invisibilizando todas las demás Costa Ricas.

A veces olvidamos eso. Es un mal común, que aflige a medios y personas por igual. Nos aflige, sobre todo, a las personas que hacemos esos medios: constantemente nos olvidamos de que, fuera de este valle corazón maltrecho, hay otros países que son este mismo, que también son Costa Rica.

Es como si Josué y yo no viviéramos dentro de las mismas fronteras. A Josué lo conocí el sábado anterior, en su casa, en Puriscal. Josué se gana la vida montando toros. Lo entrevisté para un trabajo que estoy preparando para la Revista Dominical pero, como me pasa cuando hablo con una persona que me cautiva, pronto olvidé que estaba ahí, en el corredor de su casa, porque me pagan un salario por hacerlo.

Josué tiene una relación muy particular con los toros y, sobre todo, con la monta. Una que sería difícil de entender para alguien que no haya crecido en su contexto, tan distinto al mío, tan distinto al de tanta gente aquí en el valle.

Hablamos sobre Zapote, porque asumí que era el mayor escenario para un montador. Me dijo que no, que prefiere los pueblos, las provincias costeras, esas fiestas a donde no llega la televisión pero sí la gente, en masa fervorosa, a llenar las gradas de los redondeles. Porque ahí todo es más propio, más auténtico, no delimitado por una visión que viene de otra parte: del centro.

Allí donde las cámaras no llegan, también es Costa Rica. Allí donde no informamos, también es Costa Rica. Esos lugares que seguimos viendo como “afuera” también son parte de nuestro país. Este mismo texto está escrito desde una perspectiva vallecentrista.

Nos hace falta pensar un poco menos en Costa Rica como Valle Central y anexos. Nos hace falta pensar más en las muchas Costas Ricas contenidas en un solo país, uno que se extiende mucho más allá de lo que se atisba desde Sabana, Llorente, San Pedro o La Uruca, desde Zapote o Cuesta de Moras.

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