Por: Danny Brenes 7 junio, 2015

Cambio de canales como cambiar hojas en el calendario. Mi vida es una gran parrilla televisiva, plagada de clásicos y cancelaciones, de programación dorada y mediocre, de finales y estrenos, de nuevas temporadas. No me entiendo –no soy– sin la televisión, compañera infalible, a veces maestra y otras tracionera caja tonta. Como la vida misma, así la tele: buena y mala y viceversa; omnipresente. Recordar es hacer zapping en la memoria.

Un televisor RCA 630-TS, el primero producido de forma masiva; se vendió entre 1946 y 1947.
Un televisor RCA 630-TS, el primero producido de forma masiva; se vendió entre 1946 y 1947.

Tengo ocho años y estoy acostado en la cama de mis padres, un día entre semana, todavía con el pantalón azul del uniforme escolar. Dejo que las horas se desvanezcan frente a la pantalla, el único televisor a colores que hay en la casa. Faltan varios años para que papá –administrador en una pequeña oficina del sector público– instale cable en casa. Me entretengo con señal criolla vespertina: festín de fábulas animadas y comedias gringas ochenteras. Salto sobre el colchón, bailando con el tema de Tres por tres. Cuando mamá vuelve de la oficina, me regaña por desordenar el edredón.

En la cocina hay otro tele. Pequeño y vetusto: pantalla a blanco y negro que mis padres compraron en San Andrés, 1978, durante su luna de miel. Es una caja blanca, más parecida a un monitor clínico que a un aparato de entretenimiento. Curso sétimo año, estoy a horas de comenzar mis exámenes finales. Mi hermana mayor me obliga a estudiar, pero el pequeño tele me mira, tentador, me guiña un ojo, me tira besos. Mañana es prueba de mate, pero Dragon Ball Z es a las ya. Mientras mi hermana está en su cuarto, me acerco de puntillas y giro la perilla de encendido. El viejo armatoste hace un estruendo apocalíptico que mi hermana escucha. Un bramido: “¿Por qué no estás estudiando, huevón?”. Apago el tele de golpe y me siento frente a los libros. Sálvame, Gokú.

Un par de meses después de recibir mi cédula, consigo mi primer trabajo en un centro de llamadas, tomando apuestas de deportes estadounidenses. Monótono, desgastante. No que importe: al mes, finalmente habemus tele propio. Radiante Samsung, 23 pulgadas, núcleo palpitante de mi habitación. Cada día, cada noche, en cada vistazo a esa caja gris innecesariamente grande, una caricia al ego: esto es mío, esto me lo gané yo, esto soy.

En mi primer apartamento solo hay un sillón, una mesa, un sartén eléctrico y un tele. Pasarán meses antes de que pueda adquirir una cama o una refri. Cada día, después del trabajo, me desplomo frente a la pantalla y descanso de la vida real en la imagen. Paso de cable o antena: Netflix es mi nueva religión. Dejo que la serie de turno me acompañe, incluso cuando no le presto atención; es apenas un siseo de fondo, que me arrulla hasta que caigo dormido.

Creo que uno es lo que guarda de sus recuerdos y en los míos siempre hay televisión. La vez que, en el aula de español, vi un avión incrustarse en una alta torre neoyorquina. La vez que, cinco días después de que mamá muriera, vi con mi papá al Manchester City ser campeón en dos minutos y provocarle a un estadio entero un infarto de alegría mientras nosotros, no seguidores del equipo, celebrábamos el triunfo como propio. La vez que Walter White le dijo a Skylar que todo lo hizo por él.

Así, incontables, todas las veces; incontables, todos los recuerdos. Uno tras otro tras otro, como las imágenes borrosas de los canales cuando hago zapping, acumulando recuerdos como hojas en el calendario, hasta el día –mañana o en 50 años– en que se apague, finalmente, la pantalla.

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