Por: Fernando Chaves Espinach 30 julio
Zapping: crecer con ‘Degrassi’
Zapping: crecer con ‘Degrassi’

Como todo lo bueno, me lo topé por accidente.. dos veces. La primera, tenía 11 o 12 años y lo necesitaba sin saber por qué. La segunda, tengo 26 y ya no lo necesito, pero recordar lo que me dio entonces me llevó de vuelta a aquellos momentos de acné e inseguridad cuando me urgía abrir puertas y ventanas.

La primera vez que vi Degrassi , fue en MTV Latinoamérica; era la segunda gran encarnación del programa, un universo de ficción creado desde los años 80 en Canadá y que hoy, cinco generaciones, 20 temporadas y 256 personajes después, es una institución de la tele para adolescentes; de hecho, la hizo antes de que existiera.

En su última encarnación, Degrassi halló su hogar en Netflix, donde quizá alcance una audiencia más diversa que la que tuvo antes (nunca fue tremendamente popular, pero sí ha atraído a millones de televidentes en Canadá, Estados Unidos y donde se ha emitido). Lo último que pretendía una mañana de pereza era ponerme a ver Degrassi , pero de repente me había tropezado con ella y, antes de darme cuenta, ya había consumido toda la última temporada.

Fue raro. Fue incómodo. Tardé en reconocerme como el televidente que, tantos años antes, se había enfrentado a una serie para gente como yo (la de aquel entonces): o sea, un niño confundido a las puertas de ser otra cosa, quién sabe qué. En aquel entonces, fue una revelación. Uno no elige su entorno ni sus amigos: se adapta a ellos. Pero con Degrassi , una serie pensada justamente para eso, tenía frente a mí una paleta con más colores de los que creía posibles en la Costa Rica Y2K.

Lo básico: Degrassi fue pionera en incluir personajes no blancos como protagonistas de series en Norteamérica. Se adelantó a la revolución de los derechos LGBTI. Trató la sexualidad femenina (¡y adolescente!) con franqueza y sin moralismo.

Tenía entonces, y debe tener ahora, un airecillo a prohibido, aunque no haya serie más amable y transparente en su generosidad con los personajes. Los presenta y defiende sus vidas: la de la chica musulmana que no quiere ser discriminada, la de quien descubre que no se identifica como hombre ni como mujer, la de quien pierde movilidad en sus miembros pero quiere divertirse como todos los demás.

Lo complejo: antes y ahora, el panorama que pinta es brutal. Sabe que su misión es abrir ventanitas para respirar, breves momentos televisivos para que en alguna parte, algún adolescente sienta que sí, que sí hay alguien ahí afuera. Cuando lo vi por primera vez, al buscar “Degrassi” en Yahoo! (¢200 la hora en el café Internet), terminé en un foro de la comunidad (exitieron). Conversé con otros como yo. Les conté todo. A veces le escribo a algunos.

Al ver el nuevo Degrassi , noté que ninguno dejaba de ver su celular, que el ritmo era demasiado acelerado para mí y la música, horrenda, omnipresente. Es otra generación. Yo soy otro. El Degrassi de entonces me enseñó lecciones que hasta hoy, viendo el del presente, entendí de dónde provenían. Muchas dudas siguen abiertas como heridas; al ver a los nuevos protagonistas, pensé en los de hace una década, en cómo algunos aprendieron a sobreponerse al bullying , a sus parejas abusivas, a su natural desconcierto. Otros no. De todos modos, hay cosas que uno debe aprender por cuenta propia.

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