Precoz genio literario, ingenioso, cruel, vanidoso, frágil y desgraciado, padeció la orfandad del creador.

 5 julio, 2015

Huérfano espiritual. No era un santo, más bien parecía una tortuga panza arriba. Siempre supo que deseaba ser escritor, rico y famoso.

Conseguido el primer deseo, los otros dos lo consumieron y dilapidó su vida, su genio y su salud en los faustos, la riqueza y los placeres.

Era del tamaño de una escopeta y casi tan ruidoso. Raro, rarísimo, pequeñín, voz chillona y risueño, su vida estuvo llena de añoranzas y extrañas fantasías, que se acabaron cuando topó de golpe con la maldad absoluta.

Nada volvió a ser igual desde el instante en que conoció a Dick Hickock y Perry Smith, un par de gamberros que asesinaron –en Kansas en 1959– a Herbert Clutter, su mujer Nancy y sus hijos menores Kenyon y Nancy, para robarles $50. Los pormenores de ese crimen los relató en su opera prima A sangre fría , que lo enfrentó al lado oscuro del corazón.

Hasta ahí le llegó el baile a Truman Streckfus Persons, resumido en Capote gracias al apellido de su padrastro, un acaudalado cubano que lo adoptó tras casarse con su infeliz madre Lillie Mae –Nina– Faulk.

Detengámonos un momento en ella, para comprender el pozo de soledad de un hombre que se definió a sí mismo en cuatro palabras: homosexual, drogadicto, alcohólico y genial.

De haber sido por su madre habría terminado en un basurero, ya que Nina intentó abortarlo en dos ocasiones y solo la voluntad de su padre, Archulus Persons permitió que naciera el 30 de setiembre de 1924, en Nueva Orleans.

Aquel indeseado pasó la niñez con una tribu de parientes en Monroeville –Alabama– y creció rodeado de primas y tías que poblaron sus sueños de escritor. Sook Faulk, una de aquéllas, es el personaje principal del cuento Recuerdo Navideño .

Ahí, de puerta por medio, conoció a Harper Lee una niña a la que amó, como solo un niño puede amar de verdad. Ella se inspiró en Truman para crear a Dill Harris, figura de su celebérrimo libro Matar a un ruiseñor . Solo la muerte los separó.

De vez en cuando Nina se aparecía y le dejaba unos regalitos, hasta que se lo llevó a Nueva York, para casarse con Joe Capote. La madre intentó corregir la marcada femineidad de su retoño, y lo envió a escuelas militares y a convivir con jóvenes de aires marciales. Valga decir que quien tenía problemas era ella. Alcohólica, depresiva e infeliz se suicidó cuando Truman tenía 30 años.

Antes, una disgresión. Hoy no, pero en aquellos años 20 y 30 del siglo pasado, era una ignominia ser un “capos y” –ramito de flores– como lo apodó el macho de Humphrey Bogart o peor un “sissi”, delicada palabra gringa para describir un marica.

Truman sobrevoló por varios colegios hasta que recaló en el Franklin School y de ahí pasó a The New Yorker . A los 17 años era ayudante del corrector de pruebas, aunque su labor principal fue corregir cartas y recortar tiras cómicas. Antes había sido camarero en Greenwich Village Café.

Aquel jovencito de maneras suaves, buen ver, débil y adorable comenzó a escribir para paliar la soledad de su infancia; a los 21 años la revista Mademoiselle le publicó Miriam y ganó el premio O´Henry.

Como tenía estilo y sabía encontrar las palabras precisas la editorial Random House le encargó una novela y nació Otras voces, otros ámbitos . Truman hurgó en su memoria pantanosa y emergió una obra que fue famosa más por su temática homosexual, que por la delicada exposición de sus vivencias infantiles.

Cumplido su sueño de escritor, comenzó a flagelarse con la fama y la riqueza; organizó memorables fiestas con celebridades y les disparó balas con sal en sus locos traseros.

Plegarias atendidas

Aquel niño desamparado de Nueva Orleans llegó a la cima, amparado en su inteligencia frívola y mordaz; sedujo a los famosos con su lengua sibilina y disfrutaba compartir con las luminarias de Hollywood, desde Greta Garbo hasta Mae West, el sueño de tantos presidiarios.

Para entender a Capote hay que ubicarlo en el contexto donde vivió y murió: la depresión económica de 1929; la Segunda Guerra Mundial; la Guerra Fría; el asesinato del presidente John F. Kennedy; la Guerra de Vietnam y casi al final de su vida el primer viaje en un transbordador espacial.

Conoció a las últimas luminarias del “star system” y vio derrumbarse el establisment americano, seguro por eso cuando Bogart lo conoció le dijo a su mujer, Lauren Bacall: “Al principio produce incredulidad, de tan raro que es, pero luego querría uno tenerlo siempre al lado”.

Muy joven se enamoró del catedrático de literatura Newton Arvin, con quien convivió una larga temporada. Este era un hombre feo, mayor, con lentes y que en un dos por tres cayó presa de los encantos de Capote. Fue una relación tormentosa, conflictiva, intolerable, con un profesor serio y aburrido.

Famoso y rico, su nombre estuvo ligado a cuanto sitio de moda existió en aquellos estables años 50, cuando el “american way of life” marcó la forma de vivir.

Se fue a Europa a respirar nuevos aires y en lugar de buscar la verdad y la belleza, quedó atrapado por la banalidad. Recorrió todos los cafés donde se reunían los escritores más escandalosos. Hizo migas con Jean Cocteau y Colette le regaló una rosa blanca dentro de un cristal, que usó como pisapapeles.

Disfrutó tanto que se olvidó de Arvin en los brazos de su nuevo amor, Jack Dunphy. Juntos recorrieron París, Roma, Saint-Moritz, Capri y retozaron como cachorros de tigre, entre los almohadones de Tánger.

Regresó a Estados Unidos y siguió su fulgurante ascenso literario: escribió reportajes, crónicas de viaje y entrevistas a la “créme de la créme” de la tierra de los sueños imposibles. Redactó dos artículos memorables: Una adorable criatura , un retrato impagable de Marilyn Monroe; y L a casa de té de la luna de agosto , un diálogo inmortal con Marlon Brando.

Solo el teatro le negó el éxito, pero en el cine brilló con sus impresionantes guiones para películas como Estación Termini , de Vittorio de Sica; y La burla del diablo , de John Huston.

Pasados los 50 años el licor, las drogas, una operación de la próstata y un tic en la cara minaron sus fuerzas. Ya no pensaba con tanta claridad y se había vuelto un vejete majadero.

En el relato La Cote Basque narró hechos escandalosos con nombres y apellidos y perdió muchas amistades. Intentó un retrato de la alta y frívola sociedad neoyorquina en Plegarias Atendidas, pero nunca lo acabó y fue editado tras su muerte.

Logró el guion de El gran Gatsby pero no le gustó al productor Alan Schwartz que dijo “es igual que el libro”; el director Jack Clayton opinó que el libreto era “como un gran pez, que es todo cabeza y no tiene cola”.

La Paramount se negó a pagarle los $135 mil pactados y solo le dio $34 mil, el texto final lo firmó Francis Ford Coppola.

Al final de sus días necesitaba mucha atención, amor y reconocimiento; se convirtió en un hombre muy, muy desgraciado.

Truman Capote vio, escuchó y escudriñó el mundo, la vida, y el alma humana. Dios le dio el don de escribir, pero también un látigo y se flageló.