Con su cadencia, ritmo y pasión llevó al cenit las noches de cabaret; licuó las hormonas de los machos de arrabal y sus espectáculos fueron prohibidos por concupiscentes.

 10 enero, 2015
Imagen sin titulo - GN
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Mito hecho hembra. Ave de tempestades. Sacerdotisa de la lujuria que al tam-tam de los tambores agitó sus caderas, cimbró su cintura y bamboleó sus pechos en una danza primigenia, salvaje y fogosa, surgida de las entrañas de un volcán hawaiano.

¡Nada que ver el waka-waka de Shakira! ; menos el twerking de Miley Cyrus; tampoco las piruetas de Lady Gaga; ni el trasero de Jennifer López. Ninguna de ellas se acerca ni un meñique a los infernales bailes de Yolanda Ivonne Móntez Farrington.

Es casi seguro que el lector abrió los ojos como azafates, frunció el entrecejo y se preguntó: ¿Quién diablos será esa Yolan… no sé cuánto? Eso solo lo puede decir un baby boomer o un niño milenarista, pero hombres y mujeres de la generación silenciosa –nacidos entre 1926 y 1945– saben que se trata de la vedette por antonomasia, el ombligo del mundo: la Tongolele.

Si bien era corta de tamaño, en todo lo demás fue excesiva, hasta en su nombre de pila que al final terminó reducido a cuatro volátiles sílabas, hechas de innombrables sustancias divinas.

Las hubo más bellas, como María Felix; más jacarandosas, como Celia Cruz; pero su cuerpo serpentino y su brutal ritmo cautivó como ninguna hasta a los más encumbrados espíritus, entre ellos literatos del fuste de Max Aub, Efraín Huerta y Octavio Paz.

En un artículo publicado en el periódico El Nacional , de México, el 21 de marzo de 1948, Aub describió así a la bailarina: “Tiene clase y baila un baile tan antiguo como el hombre: el que remeda la rotación de la tierra, el baile de la semilla, el baile del vientre, el baile de la gravitación interna”.

A sus 83 años recién cumplidos el pasado 3 de enero, la Tongolele evoca con melancolía el día que rompió, a punta de caderazos, las pistas de los más reputados salones de la ciudad de México.

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Si Galileo dijo a hurtadillas de los inquisidores, “Eppur si muove”, aludiendo a que la Tierra giraba en torno al sol, la frase le calza a la maravilla a la Tongolele, que todavía hace unos años arrastraba admiradores en el musical Perfume de Gardenia .

Con ocasión de sus ocho décadas y 65 años de carrera artística, el gobierno mexicano le ofreció un homenaje – en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris– que arrancó las lágrimas de la vedette , al contemplar una seguidilla de bailes de cuando llevaba la música pegada a la piel.

“Cuando empezaba no tenía idea de que mis bailes eran sensuales, estaba muy niña, pero en México estos bailes eran de coquetería y recuerdo muy bien que para la Iglesia yo era vista como un demonio, incluso pagaron aviones para que tiraran publicidad prohibiendo que me fueran a ver”, apuntó Tongolele.

Aunque el tiempo marcó de pliegues su rostro, este todavía recuerda el aire exótico de mejores días y, sobre su cabellera de azabache, luce enhiesto la marca de la casa: el mechón blanco.

La mujer pantera

Plumas y lentejuelas. Luces tenues. Trajes breves que exhibían carnes impúdicas al son de cadencias pecadoras. Noches de cabaret.

Nacida para bailar. La niña encontró un arcón viejo con una colección de discos de música tahitiana; a escondidas, cuando la abuela rumiaba la siesta, escuchaba aquellos ritmos tribales y aprendió a danzar, como Salomé.

Apenas despuntaba a la adolescencia –a los 13 años– cuando hizo una prueba en un salón de Tijuana, en Baja California. A los quince arrasaba en los escenarios, con sus sinuosos movimientos de pantera en celo.

Como Yolanda Móntez no iba a ganar ni para la tanga, por eso cambió de nombre a otro más acorde con sus bamboleos. Aunque bien pudo ser Xochiquetzal, la flor de la rica pluma, la diosa de la sexualidad femenina, del placer y de las prostitutas, prefirió ser Tongolele. Así surgió una vedette de exótica belleza, que cambió el rumbo de la vida nocturna mexicana.

Eran los tiempos del Presidente Miguel Alemán –de 1946 a 1952–, donde floreció el “México de noche” y se mezclaron en un aquelarre maligno el capital extranjero, la industrialización y la corrupción pública con los salones de baile, los clubes, los hoteles de paso y miríadas de cabareteras que ofrecían sus cuerpos al ritmo del mambo, el danzón y el bolero.

Kalantán, Naná, Su Mu Key y Brenda Conde sentaron cátedra con sus bailes acrobáticos y sensuales; sus cuerpos esculpidos en el yunque de la lujuria, sus orgásmicos espasmos y los lúbricos movimientos pélvicos llevaban al paroxismo a los espectadores que bufaban de deseo.

A todas ellas Tongolele las pasó por el aro, y con solo mostrar su ombligo logró que la Liga de la Decencia –integrada por las más respetables damas de la sociedad– la acusara de turra y lasciva.

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“No revelaba nada, yo estaba tapada, yo no bailaba desnuda. Lo único que descubrí era el ombligo. Estaba tapado lo más importante”, explicó aún confusa la bailarina en una entrevista a la agencia Associated Press.

Pese a los celos y envidias infernales, aquella belleza iluminada por unos ojos de fiera –a veces azules, en otras violeta y casi siempre verdes– y una figura de montes, barrancos y espesuras le permitió firmar contratos en los principales teatros mexicanos.

En la calle, desde el barrendero hasta el “gentleman”, se preguntaban: “¿Ya viste a Tongolele?, tiene una gracia artística asombrosa”. Yolanda era la sensación entre los 4 mil cabarets que saturaban la oferta nocturna en la ciudad de los palacios.

“Nunca pensé, yo quiero ser famosa. Yo nada más quería bailar”, dijo la artista. “Ni me daba cuenta que ya de pronto era estrella del show , ni sabía que yo tenía éxito, nada más estaba feliz bailando”.

Como una gitana, el éxito la llevó a Chile, Argentina, Cuba y hasta Finlandia, pero fijó su residencia en México donde filmó decenas de películas para el “Cine de Oro Mexicano”, con los más renombrados artistas del momento. Incluso grabó La muerte viviente , con Boris Karloff; ella era Kalhea, una atractiva y misteriosa sirvienta del amo del terror.

Satanela

Tal vez los libidinosos piensen que Tongolele nació entre gasas vaporosas, con vestiditos de cola larga, guarnecida de plumas y que las bacantes fueron sus nanas; pura imaginación de onanistas.

Yolita, con la confianza que nos une, tampoco vino al mundo entre relámpagos o estertores terráqueos. Como cualquier hija de mortal su madre Edna Pearl Farrington –de sangre inglesa y francesa– la parió en Spokane, Washington, al amanecer del 3 de enero de 1932.

Su padre, Elmer Syen Móntez, era hijo de un español y una sueca. La abuela materna, Molly, tenía ancestros tahitianos. Ya puede suponer el lector la “melánge” que haría bullir ese cuerpecito, desde que dio sus primeros pataleos.

Hasta el divorcio de sus padres llevó una vida de inocencia; la madre arreó los bártulos y se llevó a la cría a vivir a California, en la isla Alameda, donde ingresó al colegio. Así lo reveló Móntez en No han matado a Tongolele , la biografía escrita por Arturo García Hernández.

A los nueve años su cuerpo mostraba los signos que escandalizarían al mundo: caderas cósmicas, piernas infinitas, muslos aguerridos, ojos profundos, labios inflamados y una cabellera negra, negra, tan negra como el deseo que inspiraba.

La sierra de la envidia y el puñal del resentimiento ajeno la obligaron a vivir aislada, encerrada en su casa –como una crisálida– a punto de abrir sus alas. Iba al cine a ver a Josephine Baker, la primera estrella negra, la Diosa de Bronce, que maravilló a los franceses con sus frenéticas danzas en los años 20.

“Aprendí así, sin enseñanza, de una manera instintiva. Pienso que soy como los gitanos que bailan desde chiquitos y fijándose en los demás van aprendiendo”.

Apenas emplumada se lanzó al vuelo. A los 15 años probó en una agencia de artistas y de inmediato la contrataron. Pidió permiso a la madre, imploró al celoso padrastro, rogó a la vetusta abuela y decidió que la rumba, el mambo y cuanto ritmo tropical existiera, anidaría en su cuerpo como en un santuario.

La sierra de la envidia y el puñal del resentimiento ajeno la obligaron a vivir aislada, encerrada en su casa.

De San Francisco pasó a México y en 1947 debutó en El Tívoli con su nombre de guerra, Tongolele. Para evadir a las autoridades falsificó su partida de nacimiento y alegó tener 21 años.

Ese mismo año firmó su primer contrato cinematográfico y en la mayoría de sus 31 películas se interpretó a sí misma.

En un teatro cubano conoció a Joaquín González, el mago del tambor; hicieron mancuerna, se casaron y este la acompañó hasta su muerte en 1996. Ella adoptó a Miguel Ángel, un hijo de Joaquín; además, concibió a los gemelos Rubén y Ricardo.

A la semana de haber dado a luz volvió a bailar y tres meses después actuó en la catedral mundial de los cabarets: El Tropicana, de La Habana. “La policía cubana me prohibió que anduviera por la calle o fuera a las tiendas, porque la gente que iba detrás de mí formaba un lío”.

El tiempo, que todo lo coloca en su lugar, no se ensañó con Tongolele. A sus 83 años todavía da guerra y mucha. Vive en su augusta casa en la Colonia Condesa, en México, en una residencia churrigaresca.

Lo mismo tiene sus propias pinturas, que fotos con los más encopetados personajes, igual tambores africanos, lámparas y mullidos sillones; pero ella sigue siendo quien es: uñas pintadas con fuego, blusas ajustadas, cinturones al talle, labios carnosos todavía, ojos y cejas faraónicas…sin duda se deja querer.

La diosa del baile contempla el crepúsculo de sus días; quienes la admiraron en la plenitud de su estrella, jamás la olvidarán.

Morbo, epidemia, vicio, frenesí, de Yolanda Móntez Farrington se dirá –con el correr de los siglos– que érase una mujer pegada a un nombre: ¡La Tongolele!

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