Hombre y artista fueron indisolubles; lideró el nuevo cine alemán y retrató con brutalidad la sociedad germana de la posguerra. Conocido por sus despiadados métodos de trabajo y su escandalosa vida personal, legó una memorable obra teatral

 15 noviembre, 2014
Imagen sin titulo - GN
Imagen sin titulo - GN

Toda oscuridad tiene una grieta; así es como penetra la luz. El Balzac del cine alemán, ese genio maldito y terrible siempre quiso hacer películas como las de Hollywood, pero sin hipocresía.

Provocador y autodestructivo, poseía la fuerza de un titán y la energía creativa de un dios. En menos de 15 años de carrera artística completó 40 películas, dos series de televisión, tres cortometrajes, cuatro videos, cuatro programas radiofónicos y actuó en 36 cintas y en 24 obras teatrales.

Fue un torbellino: actor, guionista, director de teatro y cine, camarógrafo, compositor, diseñador, editor, productor. Eso sin contar su desordenada vida privada en la que era heterosexual, bisexual y homosexual, unas veces de una manera y casi siempre de las tres.

Como un viento divino se precipitó a su propio Tártaro. Una de sus últimas amantes, Juliane Lorenz, lo encontró tirado sobre la cama, con un pitillo apretado entre los labios y un hilo de sangre escurriéndose de su nariz.

Entre sus manos hallaron las notas emborronadas de su postrer cinta, Rosa Luxemburgo ; el forense aseguró que murió debido a una combinación letal de narcóticos y alcohol. ¡Patrañas! Rainer W. Fassbinder decidió –¡al fin!– dormir, y para eso era necesario morir.

“Cada cual debe decidir si es mejor llevar una vida breve pero intensa o larga y rutinaria” aseguró Fassbinder. Por eso apuró la existencia hasta las heces y murió a los 37 años, el 10 de junio de 1982.

Rainer denunció el alto precio que pagó la sociedad alemana por elevarse de las cenizas de la II Guerra Mundial, bajo la falsa apariencia de satisfacción y optimismo.

Con su trilogía femenina: El matrimonio de María Braun , Lola y La Ansiedad de Veronika Voss , retrató sin asco el lado oscuro del milagro económico alemán, la soledad del ciudadano y el provincianismo de los primeros años de la República Federal.

Desde que a los 15 años se declaró abiertamente maricón su vida fue un perpetuo escándalo. Cada nada salía en la prensa para criticar con acidez a su país: “Es mejor ser barrendero en México que director de cine en Alemania”.

El cineasta era muy feo, con la cara marcada por el acné, mal vestido y pegado a un sempiterno cigarrillo. Muchos lo consideraban más repelente que atractivo. | ARCHIVO
El cineasta era muy feo, con la cara marcada por el acné, mal vestido y pegado a un sempiterno cigarrillo. Muchos lo consideraban más repelente que atractivo. | ARCHIVO

Hundió su estilete en todos los temas: el terrorismo, la violencia de estado, la intolerancia racial y la política sexual. Sometido a la picota, lo tildaron de antisemita, anticomunista, antifeminista, traidor y misógino.

Niño prodigio del celuloide, los críticos aún le cobran la crudeza de sus obras, negándole el mérito de haber contribuido a los cambios culturales y políticos en su país.

“Será cierto que todas sus películas son malas, pero sin embargo es el mayor cineasta de Alemania. Estuvo allí cuando ellos necesitaban filmes para encontrarse a sí mismos”, sostuvo el cineasta francés Jean Luc Godard.

Como nadie es profeta en su tierra Rainer W. Fassbinder es apenas el nombre de una pequeña plaza, cerca de la estación de trenes de Munich.

Fassbinder legó una obra cinematográfica brutal, descarnada, suicida, transgresora y polémica, tejida con premura por un hombre cínico, egocéntrico, depresivo y a veces solidario; oculto tras unos anteojos contra el sol, un enorme sombrero, chaqueta vieja y camisa a cuadros… más el infaltable cigarrillo en la mano.

El dios de la peste

Para quitarse al mocoso de encima Liselotte le daba a su hijo Rainer unos cuantos marcos, y este mataba el rato metido en el cine; en el fondo de la butaca encontró “la familia que nunca tuve en casa”.

Unas cuantas semanas después de que los ejércitos aliados ocuparon Alemania, en la pequeña ciudad de Bad Wörishofen –en Baviera–, nació el cineasta. La fecha real fue el 31 de mayo de 1945, pero con la complicidad materna Rainer decidió cambiar el año a 1946, ilusionado con la idea de estrenar su película número 30, cuando llegara a esa edad.

La niñez de Fassbinder fue sui géneris; el padre –Hellmuth– era médico pero con ínfulas de poeta. Tenía el consultorio en la calle Sandlingerstrasse, bastión de la prostitución callejera en Munich, adonde acudían en tropel las meretrices para el examen de rigor.

Así se acostumbró a ver a las mujerzuelas, pero esto no lo impresionó tanto como la cantidad de personas sin hogar, que solían dormir en su casa, debido a la destrucción total en que había quedado la ciudad tras el desastre nazi.

Con apenas tres meses los padres dejaron al niño al amparo de unos tíos, pero cuando regresaron Hellmuth abandonó a su mujer y finalmente se divorciaron en 1951.

Liselotte volvió a su oficio de traductora para mantener a la criatura; fueron los inquilinos, los amigos y los vecinos quienes lo criaron pero el chiquillo era incontrolable y pasaba todo el día en la calle.

“Desde niño soy lo que suele llamarse un maníaco-depresivo, con períodos de euforia y depresión que se suceden sin motivo aparente. A veces me sentía feliz y jugaba con los otros niños; bruscamente, perdía las ganas de jugar y me sentaba en un rincón a solas. Los otros no lo comprendían. Creían que estaba loco” escribió Rainer.

"Desde niño soy lo que suele llamarse un maníaco-depresivo, con períodos de euforia y depresión que se suceden sin motivo aparente"

La madre, para paliar la soledad, se hizo de un amante de 17 años y “ese chico trataba de actuar como si fuera mi padre. Me causaba risa”, recordó el artista. Las relaciones con Siggi, querido de Liselotte, fueron de mal en peor, algo parecido le ocurrió con el periodista Wolff Eder, que en 1959 se convirtió en su padrastro.

A los 15 años se fue a Colonia a vivir con el padre; estuvo dos años con él e intentó asistir –sin éxito– a la escuela; mientras, se ganaba algo en pequeños puestos de trabajo y supervisaba los miserables apartamentos que Hellmuth alquilaba a los trabajadores inmigrantes.

Incapaz de adaptarse a la disciplina académica terminó por abandonar los estudios y aplicó en su vida el lema que aprendió de Rudolf Steiner: “A los niños no se les debe forzar a hacer nada, sino que deben decidir siempre por sí mismos lo que crean correcto, dejarles hacer aquello por lo que demuestren interés y no obligarlos a hacer nada que no les interese”.

Por eso vivió y murió a su manera.

Ruleta china

Rainer consideraba el amor una mercancía y a los 17 años se prostituyó, su clientela la integraban los inmigrantes. En un local del vicio nefando conoció a Udo Kier y fueron uno para el otro. Udo vestía de mujer con rellenos en los pechos; Fassbinder hacía lo mismo pero en los calzoncillos.

Combinó el oficio de chapero con otro en el diario local Süddeutsche Zeitung ; a la vez se interesó en el cine y el teatro, llevó clases de arte dramático y conoció a su musa Hanna Schygulla, que según él sería como Marlene Dietrich.

A los 20 años lo rechazaron de la Escuela Superior de Cine y Televisión de Berlín Oeste, pero lo olvidó en brazos del actor griego Christoph Roser quien le patrocinaría dos cortometrajes.

El cineasta era muy feo, con la cara marcada por el acné, mal vestido y pegado a un sempiterno cigarrillo. Irm Hermann, una de sus habituales actrices secundarias, lo consideraba “más repelente que atractivo”.

Ella se enamoró de Rainer pero este la agredía, la sometía a humillaciones y en tres ocasiones estuvo al borde del suicidio; la trataba con sadismo, la explotaba sexualmente y castró su carrera como actriz. A los 25 años se casó con Ingrid Caven y dejó a Irm tirando tablas.

Un año antes había conocido al actor Günter Kaufmann, un negro espectacular, pero casado y con dos hijos. Rainer era celoso, posesivo y dominante, pero Günter nunca le “juró amor eterno como él quería” afirmó Kurt Raab, actor del Action Theater.

La cálida sensualidad, la amabilidad y la belleza de Kauffman trastornó el set del filme Dioses de la Peste ; todos lo deseaban como a un pastelillo hasta que Rainer dijo: “¡Basta de jugar con el cuerpo de Günther!”

Fassbinder lo rodeó de lujos, papeles en 14 películas y en un año destruyó cuatro Lamborghinis y a punto estuvo de arruinarlo.

Durante dos años arreó con el amante y la esposa, si bien sus mujeres: Irm, Ingrid y Juliane, nunca mostraron problemas con sus lances. “La nuestra fue una historia de amor. Rainer era un homosexual que también necesitaba una mujer. Así de simple y de complicado”, comentó Ingrid.

La bulimia sexual de Rainer no conocía límites y a los 26 años se enamoró como un adolescente del bereber El Hedi ben Salem, quien dejó a su esposa y cinco hijos en Argelia para buscar trabajo en Francia.

Rainer era un homosexual que también necesitaba una mujer. Así de simple y de complicado

Ben Salem poseía un porte majestuoso, ojos negros, barba rizada y poblada, además de atento, amable y servicial; pero su afición por el whisky lo convertía en una bestia celosa que más de una vez casi acaba con Rainer.

El último filme de Fassbinder, Querelle , se lo dedicó a Ben Salem, que se ahorcó en 1976 en una cárcel de Nimes, Francia.

Mientras el pobre de Ben Salem padecía el despecho del cineasta, este la pasaba de perlas con Armin Meier, un carnicero de Munich al que conoció en un bar donde laboraba como mesero. El día de su cumpleaños Rainer alquiló la taberna y conquistó a Meier: “Anoche tuvimos nuestra noche de bodas” confesó Fassbinder a su amigo Raab.

Fueron cuatro años tormentosos. Armin se convirtió en su mascota, su lamesuelas, le servía y hasta llegó a imitar sus gestos. La luna de miel se transformó en una relación sadomasoquista atizada por peleas, palizas, promiscuidad, encuentros y despedidas, agravado todo por la adicción de Fassbinder a la cocaína y los somníferos.

Lo que mal empieza mal acaba. Después de un viaje de reconciliación a Nueva York Armin regresó a Munich endiablado con Rainer; vagó por las calles, se hartó de fármacos y finalmente se encerró en un apartamento y engulló cuatro frascos de calmantes. Días más tarde el hedor del cadáver atrajo a la policía.

Fassbinder enloqueció; intentó encontrar en las drogas una fuente de inspiración; aspiraba unos ocho gramos diarios de cocaína y debía tomar pastillas para dormir. La angustia, la desesperación y la depresión lo consumieron.

Si la vida borrascosa que llevó no le hubiera pasado la factura tan joven, tal vez hoy sería uno de los genios más venerados del cine; pero, como se preguntó la actriz Hanna Schygulla: “¿Has muerto tan pronto, porque te has dado tanta prisa? ¿O te has dado tanta prisa, porque mueres tan pronto?”