Vendió aspiradoras, tocó la batería, escribió y tomó fotos en un periódico, pero el cine lo enriqueció y se gastó el dinero en juergas infinitas en un arco de 50 años de carrera fílmica sin igual.

 26 julio, 2014
Imagen sin titulo - GN
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La serpiente de las tablas lo mordió muy joven y solo la muerte lo curó. Hasta la última gota apuró el elíxir de la actuación. Enfermo del páncreas por su devoción a la botella, escamoteó la muerte durante 40 años, hasta que la guadaña de la calaca segó la espiga de su vida.

Durante 81 años fue un hombre poco común; vivió una existencia plena de altibajos, ostentó la marca de más nominaciones al Óscar –ocho– sin ganar ni pava. Tuvo muchos éxitos, pero uno lo marcó para siempre: Lawrence de Arabia .

Esa película de 1962 sobre un oficial británico que cooperó con los árabes en sus luchas anticolonialistas, durante la Primera Guerra Mundial, proyectó al estrellato a Peter Seamus Lorcan O’Toole, una celebridad teatral que solo había sido un segundón del celuloide.

Dicharachero y cantante improvisado alegraba el set con su algarabía irlandesa, aunque sus biógrafos aseguran que su sangre era una mezcla escocesa e –¡madre de Dios!– inglesa. Algunos citan que nació en Connemara, Irlanda, y otros en Leeds, al norte de Inglaterra.

Esos son bizantinismos que valen un rábano ante medio siglo de carrera, primero en el teatro de Shakespeare, después en la televisión y finalmente en el cine.

Sin las ínfulas de los actorcillos de medio pelo, Peter confesó que buscó una beca en la Escuela de Artes Dramáticas de Londres, “no por una pasión desmedida” sino “por la muchas y hermosas mujeres”.

Como su primera presentación fue un sonado fracaso se montó una borrachera galáctica, la emprendió a trompicones contra los parroquianos y terminó en la cárcel, de donde salió tras pagar –a duras penas– la multa de rigor.

Desde joven arrastró una desmedida afición a la bebida, que le ocasionó muchos problemas profesionales y personales. Parecía empeñado en maltratar su espigada anatomía y a causa del whisky –a los 44 años–le extirparon medio estómago y el intestino; además, su pobre páncreas quedó como un gancho y el resto de sus días vivió aferrado a la insulina.

Es probable que esa vida le permitiera encarnar figuras oscuras y atormentadas; se lució como rey, emperador, maestro y arcángel. Fue Enrique II, junto a Richard Burton, en Becket ; el taciturno Tiberius, en Calígula ; el tímido profesor Arthur enamorado de una corista en Adiós Mr. Chips y una criatura celestial en La Biblia .

Pero la inmortalidad le llegó en el papel del oficial británico Thomas Edward Lawrence; a los 30 años lo contrató David Lean porque Marlon Brandon y Albert Finney rechazaron actuar en Lawrence de Arabia . El mismo Omar Sharif, coestrella de O’Toole dijo de la cinta: “Era muy cara, sin mujeres, sin nadie que se desnudara, sin acción real y con un montón de árabes vagando por el desierto durante cuatro horas”.

Al principio no le gustaban el calor ni el ambiente, pero terminó convertido en un auténtico beduino y aunque era 22 centímetros más alto que el personaje real, los árabes del reparto lloraban al verlo convencidos de que Peter era el verdadero Lawrence, resucitado de entre las dunas.

Desde ese día nunca más pudo sacudirse la arena de sus babuchas; ataviado con un thawb sobresalía su magnética mirada, que alumbró para siempre la inmensidad del desierto y la pantalla.

El hombre de la mancha

Desde los 17 años Peter O’Toole paseó su humanidad por las tablas, donde recaló tras abandonar el colegio a los 14 años y buscar vida como periodista y fotógrafo en The Yorkshire Evening Post . Así lo pergeñó el actor en uno de los tres volúmenes de su autobiografía.

Cuando lo nominaron por sexta vez al Óscar, con Profesión: el especialista , y que por supuesto perdió, dijo a la prensa: “Si no me hubiera convertido en actor, probablemente sería un criminal. Una vez tomé la decisión de actuar, sabía que tenía que hacerlo mejor que cualquier otro ser humano vivo. De otra manera nunca hubiera estado dispuesto a salir de la cama”.

O’Toole estudió en la Real Academia de Arte Dramático de Londres; durante cinco años fue solo un aficionado pero le llegó la “alternativa” a los 25 años al debutar con la celebérrima compañía Old Vic, de Bristol, en la pieza Mirando hacia atrás con ira , en el papel de Jimmy Porter.

Con los años llegó a ser director adjunto de la vetusta sala, fundada en 1818 por un trío de amantes del drama, empeñados en la apostólica idea de alejar a los borrachos del licor, ofreciéndoles un elixir más nutritivo para el espíritu: una buena obra teatral.

Por esos venerables escenarios desfilaron egregios principiantes de la talla de Lawrence Olivier o Ralph Richardson, ilustres acólitos de Melpómene y Talía. También compartió pupitre con Albert Finney, Alan Bates y Richard Harris.

Del teatro pasó a la televisión y de ahí al cine; a los 27 obtuvo un rol menor en Kidnapped . Seguirían otras: El día que robaron el Banco de Inglaterra y Salvajes inocentes , hasta que le sonó la flauta con Lawrence de Arabia.

Pronto demostró tener una versatilidad inusual para adentrarse en lo recovecos psicológicos de sus personajes; poseía un registro emocional idóneo para la comedia y el drama, y lo mismo se transformaba en un rufián que en un encopetado gentleman .

Alto, de plante viril, un rostro expresivo, rubio y con unos ojos azules capaces de opacar a los de Paul Newman, los directores le confiaron encarnar seres atormentados por sus demonios internos. Así, fue Lord Jim o Ricardo II en El león en invierno y Miguel de Cervantes en El hombre de la mancha , junto a Sophia Loren como una Dulcinea de ensueño.

Retirado del cine a los 80 años el berrinche le duró poco y regresó para interpretar a Cornelius Gallus en el filme Katherine de Alexandria , ambientado en los días de Constantino El Grande, y que se estrenará este año.

El actor Peter O’Toole tuvo muchos éxitos en la industria cinematográfica, pero uno que lo marcó para siempre fue la película Lawrence de Arabia. | ARCHIVO
El actor Peter O’Toole tuvo muchos éxitos en la industria cinematográfica, pero uno que lo marcó para siempre fue la película Lawrence de Arabia. | ARCHIVO

Se fue en silencio el 14 de diciembre del 2013; las profundas huellas que dejó en el desierto, no las podrá borrar ni el simún.

¿Qué tal, Pussycat?

Eligió vivir de manera intensa y sobrevivió. Otros viven con menos rebato y mueren de un soponcio. Peter O’Toole fue un impenitente que mantuvo hasta el último instante su apariencia y candor, pese a una existencia de excesos. “Si no puedes hacer algo con voluntad y alegría, entonces no lo hagas”, dijo en una ocasión.

Por sus venas fluía sangre escocesa por parte de su madre, la enfermera Constance Jane Ferguson; y también irlandesa por el lado de su padre Patrick Joseph O’Toole.

Cuando Peter tenía un año de edad la familia inició un tour por varias ciudades del norte de Inglaterra, ya que Patrick era un corredor de apuestas además de orfebre y jugador de fútbol. Tal vez por eso Connemara, en Irlanda, y Leeds, en Inglaterra, lucen sendos certificados natales para reclamar el ombligo del actor, nacido el 2 de agosto de 1932 en uno de esos dos lugares.

Debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial Peter fue internado en un colegio religioso por casi ocho años y, en su biografía, recordó los duros tratos recibidos por las maestras, que lo golpeaban y le propinaban reglazos para corregirle la “zurdera”.

En uno de sus trabajos juveniles como señalero en la Armada Real, que consistía en cuidar los equipos y antenas radiofónicas, un oficial le preguntó por su verdadera vocación y Peter contestó que le gustaría ser poeta o actor.

Filmó tanto cintas memorables como auténticos bodrios; como era un manirroto “no podía esperar eternamente el papel justo, ya que debo pagar el alquiler”, argumentó en una entrevista.

El momento de gloria derivado del éxito de Lawrence de Arabia duró apenas una década y cada nueva película fue solo otro fracaso. También se derrumbó su matrimonio con la actriz Sián Phillips; fallecieron sus padres y “hasta el perro murió”, recordó con dolor.

Intentó consolarse con la bebida pero una inflamación del páncreas casi lo mata; los médicos le advirtieron: “una gota más y te mueres”. A los 43 años dejó el trago pero no sus adorados cigarrillos sin filtro Gauloises, que fumaba con su refinada boquilla de ébano.

Con Sián tuvo a Kate y Patricia; en una autobiografía Phillips acusó a O’Toole de crueldad mental, de golpearla y por eso lo abandonó por un amante más joven, aunque por sus creencias religiosas el actor nunca se divorció.

Sostuvo un romance otoñal con la modelo Karen Brown Sommerville, del cual nació Lorcan; la relación derivó en un conflicto por la custodia del niño y un juez resolvió que el pequeño pasaría las vacaciones con la madre y el año escolar con Peter.

Esta nueva etapa paterna lo transformó de un empachoso en un anciano dulce, que aprendió a jugar cricket para entrenar a los amiguitos de Lorcan y ajustó sus horarios de filmación para estar en las noches con su hijo.

El American Film Institute catalogó a Lawrence de Arabia como la mejor película épica en toda la historia, en parte por la calidad de la producción. | ARCHIVO
El American Film Institute catalogó a Lawrence de Arabia como la mejor película épica en toda la historia, en parte por la calidad de la producción. | ARCHIVO

En el set de Phantoms conoció a Rose McGowan, una particular modelo y actriz independiente, con la cual mantuvo una relación casi paternal –ella tenía 25 años y él 66–. Solían hablar, leer y tomar el té.

Misterioso, de sonrisa fácil, mal amansado y a veces patoso; la revista Empire lo eligió como uno de los hombres más atractivos del cine.

Agobiado por los años el barco pirata atracó, satisfecho de haber encontrado gente amable para compartir los éxitos y los fracasos, sobre todo estos porque: ¡Siempre fue la dama de honor, nunca la novia!

El pilar de la sabiduría

El American Film Institute catalogó a Lawrence de Arabia como la mejor película épica en toda la historia del cine, por la calidad de la producción y porque, a pesar de los limitados recursos técnicos, captó la vida y peripecias del oficial británico T.E. Lawrence, quien lideró las revueltas árabes contra el dominio colonial europeo en Medio Oriente, en plena Primera Guerra Mundial.

Hoy en día supondría un disparate filmar algo parecido, no solo por el ejército de extras necesarios; los centenares de dromedarios; la construcción de los escenarios; la recreación de los combates y porque sería imposible reunir otra vez a los personajes principales: Peter O’Toole y el desierto.

La cinta conllevó un trabajo descomunal al estilo de las grandes producciones de los años 60; reunió a una pléyade de estrellas –Omar Sharif , Alec Guinnes, Anthony Quinn y Jack Hawkins–, y logró siete de diez premios Óscar, sin apelar a efectos especiales, escenas eróticas, diálogos procaces o violencia gratuita. ¡Cine puro!