Desollar prisioneros, reducir cabezas y azuzar perros hambrientos contra embarazadas fueron algunas de las rutinas de una de las protagonistas más perversas del genocidio nazi contra los judíos en la II Guerra Mundial

 11 abril, 2015
Página Negra Ilse Koch: La loba de Buchenwald
Página Negra Ilse Koch: La loba de Buchenwald

La perversidad es el primer impulso humano. Es un viento que silba en las profundidades del alma y roe el corazón, como una larva hambrienta.

Hermosa y siniestra. Pelirroja de ojos verdes. Caprichosa y cruel. Al evocar su nombre el pensamiento se estremece.

El campo de concentración nazi de Buchenwald fue su infierno particular; ahí despellejó a cientos de prisioneros para sus artesanías: billeteras, forros de libros, guantes, lámparas, álbumes fotográficos, bufandas y muebles.

También disecó y redujo cabezas humanas; golpeó a los presos con un látigo lleno de navajillas y azuzó a sus perros para que corretearan a mujeres embarazadas.

Nadie podría argüir que Ilse Koch fue el producto de algún trauma infantil derivado de la sociedad fascista en que vivió según las variopintas explicaciones que esgrimen los psicólogos para justificar lo imposible.

Al contrario, Koch vivió una niñez tranquila en Dresden, Sajonia, donde nació el 22 de setiembre de 1906. Su padre fue un labriego alemán que llegó a ser jefe de una fábrica.

Los sabuesos que rastrearon su existencia consideran que fue una chiquilla apacible, bien portada y bastante popular entre los compañeros, pues tenía una figura de buen ver y provenía de una familia con el perfil ario.

Con apenas 15 años mandó a la porra los cuadernos; buscó empleo en una fábrica y cuando se aburrió encontró trabajo en una librería, donde trabó contacto con varios de los altos mandos del naciente Partido Nacionalsocialista (NAZI).

Ilse tenía los principios de una rata de albañal y pronto sostuvo aventuras sexuales con los dirigentes nazis; a punta de libido alcanzó el puesto de secretaria en esa agrupación.

El 1°. de junio de 1945, una delegación de derechos humanos británica observa los cadáveres apilados en el crematorio del campo Buchenwald. | LATINSTOCK/CORBIS
El 1°. de junio de 1945, una delegación de derechos humanos británica observa los cadáveres apilados en el crematorio del campo Buchenwald. | LATINSTOCK/CORBIS

Un integrante de esa pandilla, Heinrich Himmler, hizo de celestino y la empalmó con el auxiliar bancario Karl Koch. La pareja se casó en 1936, a la medianoche y en medio de un rosedal.

De aquel oscuro puesto administrativo Koch ascendió al de ayudante de Himmler; cuando este alcanzó la jefatura de la Schutzstaffell (SS) y la Gestapo, premió a su compinche con el rango de coronel en el campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de la capital germana.

En un santiamén pasó de ser una campesina a convertirse en la respetable mujer de un alto mando nazi; poco le importó la fama de cruel de Koch, quien se divertía machacando a garrotazos la virilidad de sus prisioneros.

El militar dirigió el campo con la proverbial eficiencia alemana y al cabo de tres años lo asignaron a Buchenwald, uno de los más grandes de la vasta red de instalaciones destinadas al asesinato masivo de judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados, comunistas y opositores al régimen de Adolfo Hitler.

Por aquellos aciagos días de 1939 la guerra relámpago nazi estaba en su apogeo y Buchenwald apenas daba abasto para recibir, procesar y desechar enemigos.

El campo estaba dividido en tres áreas: la grande, para presos con largas condenas; la pequeña para quienes estaban en cuarentena y la de tiendas de campaña, donde vivían hacinados los prisioneros polacos, expatriados tras la invasión alemana a esa nación.

Las barracas eran una filial del averno; ahí los médicos y científicos nazis realizaban esterilizaciones sin anestesia, experimentaban nuevas drogas, inoculaban virus mortales y, para matar el rato, colgaban de la piel a los prisioneros para ver cuánto tiempo soportaban sin desgarrarse.

Fue en esta universidad de la tortura donde Ilse adquirió fama y ganó los apodos que grabarían su nombre en el libro de la infamia: “La bruja de Buchenwald” o “La perra de Buchenwald”. El lector sabrá escoger su preferido.

Casa de sombras

El exceso de trabajo alejó al marido del hogar e Ilse comenzó a comportarse de manera peculiar; al principio exigió que los prisioneros la llamaran con títulos nobiliarios.

Estaba obsesionada con su piel y deseaba conservarla tersa, limpia, sin arrugas ni manchas, para detener el envejecimiento que ya se notaba en su rostro, porque el tiempo no respeta la belleza.

Página Negra Ilse Koch: La loba de Buchenwald
Página Negra Ilse Koch: La loba de Buchenwald

La conducta de Koch alcanzó ribetes patológicos al punto que todas las noches bañaba su augusto cuerpo con vino de Madeira. Algo similar hizo, en el siglo XVI, la condesa Erzebet Barthory, que solía sumergirse en una tina rebosante de sangre de jóvenes vírgenes.

Pero más que la estética corporal lo que alimentaba las pasiones de Ilse era el dolor ajeno; todos los días pasaba revista a los famélicos prisioneros, los azotaba con un látigo y su aspecto desgraciado dilataba sus pupilas y le aceleraba el pulso.

Solía esperar los desembarques de carne humana a la entrada del campo de concentración; sobre una tarima exhibía sus pechos desnudos, los acariciaba y les lanzaba improperios.

Si alguno osaba mirarla, ordenaba apalearlo hasta la muerte. En una ocasión ella misma ejecutó a punta de pistola a 24 prisioneros. Combinó la tortura con sus orgías lésbicas y la promiscuidad. Los sobrevivientes de Buchenwald relataron que tuvo hasta 12 amantes a la vez y practicaba fetichismos sexuales con ellos.

Sin piedad

La crueldad es un vicio, que la educación nos quita. Ilse Koch leyó completo el manual del Marqués de Sade y lo aplicó con la devoción de un converso.

Bajo su bota controló a 22 mujeres de la SS y a más de 500 prisioneras de confianza, dispuestas a seguir sus más escalofriantes pasiones: coleccionar tatuajes y fabricar objetos con despojos humanos.

Las alemanas confeccionaban bufandas para sus esposos e hijos en el frente de batalla; a Ilse se le ocurrió hacer lo mismo, pero con pieles, en especial tatuadas.

Los prisioneros eran alineados desnudos y ellas los revisaba con la ansiedad de un avaro. El doctor Erich Wagner, Jefe de Patología, se encargaba de cortar la imagen y enviarle a Ilse el trozo de pellejo.

El jardinero de la familia Koch, Kurt Glass, declaró ante el tribunal de juicio de Dachau en 1947: “Tenía en mente fabricar una pequeña lámpara de piel humana, y un día en el ‘Appellplatz’ se nos ordenó a todos desnudarnos hasta la cintura. Los que tenían tatuajes interesantes fueron llevados ante ella, para escoger los que le gustaban. También utilizaron pulgares momificados como interruptores”.

Aún faltaba otro paso hacia el abismo del horror.

Ilse se inspiró en la costumbre de algunas tribus amazónicas de cortar la cabeza de sus enemigos, y reducirla al tamaño de un puño para ahuyentar y atemorizar a los vivos.

De nuevo el Dr. Wagner intercedió sus buenos oficios y probó varios procedimientos químicos, con tal de satisfacer el nuevo capricho de su jefa: decorar la casa familiar con esas miniaturas.

El asunto de las manualidades y las cabezas fue bastante controvertido, aún durante los juicios contra la nazi. Si bien hay filmaciones y fotos de tales objetos, el informe forense elaborado por las autoridades militares solo incluyó tres pedazos de uno de los tatuajes y se carece de evidencia científica en torno a las morbosas lámparas.

Ilse se inspiró en la costumbre de tribus amazónicas de cortar la cabeza de sus enemigos y reducirla al tamaño de un puño

La desocupación de Buchenwald la grabó el director Billy Wilder y produjo un documental que mostró la mesa de disecciones, las cabezas disecadas y una presunta pantalla que se convirtió en el símbolo del horror nazi.

En el National Museum of Health and Medicine, de Washington, se exhiben cinco piezas tatuadas, tres de ellas son de piel humana y una está sujeta a prueba. Otra más, custodiada en el Archivo Nacional, por el patrón de corte y los agujeros equidistantes en sus bordes, podría calzar como un cobertor.

Las atrocidades cometidas por el matrimonio Koch erizaron los pelos de la misma jerarquía nazi, que en 1943 abrió un proceso contra ellos y debieron rendir cuentas ante un tribunal de la SS dirigido por el Dr. Konrad Morgen, acusados de crueldad y deshonor.

La Gestapo detuvo a Karl por falsificación, malversación de fondos, mala administración e insubordinación. El fiscal Morgen demostró que este ordenó el asesinato de Walter Krämer y su asistente médico, para impedir que divulgaran que padecía sífilis.

El 5 de abril de 1945, una semana antes de que las tropas aliadas liberaran Buchenwald, un pelotón de fusilamiento cosió a tiros al criminal.

Ilse huyó al sector alemán controlado por los occidentales, donde vivió dos años al amparo de las fuerzas de ocupación. Sobrevivió a salto de mata, convencida de que nadie la descubriría porque nunca ocupó cargos de relevancia. En 1947 fue capturada y encarcelada.

Una multitud rodeó el tribunal y por los pelos escapó de que la lincharan. Fue condenada a cadena perpetua y trabajos forzados, pero el general norteamericano Lucius D. Clay alegó “falta de pruebas en el juicio” y la liberó.

De nada valieron ante el oficial los testimonios de las víctimas ni un supuesto diario personal de Ilse, forrado en piel judía.

Ante el desconcierto mundial Ilse fue detenida y enviada a la cárcel bávara de Aichach; en 1967 redactó una carta a su hijo Artwin donde le expresó que jamás se arrepintió de sus crímenes y tampoco sintió remordimientos: “No hay otra salida para mí, la muerte es la única liberación”.

El 1 de setiembre de ese año Ilse Koch anudó dos sábanas, las colgó del techo y se ahorcó para huir de sus crímenes; pero los malvados nunca encuentran descanso, porque la eternidad es triste y la vida breve.