Defendió la supervivencia de los primates en África; luchó contra los cazadores furtivos y con sus colegas científicos, que renegaban de sus métodos de investigación.

 25 marzo
Página Negra: Dian Fossey, la mujer que susurraba a los gorilas
Página Negra: Dian Fossey, la mujer que susurraba a los gorilas

En el país de las mil colinas solo tuvo un amigo: ¡Digit! Alto, fornido, tímido y gentil; una raya plateada bajaba por su espalda. Lo emboscó una pandilla de cazadores furtivos. Lo cosieron a machetazos. Le cercenaron las manos y se las enviaron de recuerdo.

Su furia fue incontenible, odió con las entrañas a los criminales, los rastreo y acosó; destruyó sus trampas y jaulas; los sacó a tiros de su montaña.

Ya no era aquella niña a quien nunca le permitieron cuidar mascotas; ni siquiera un hámster, solo un pescadillo de colores.

Su padrastro, Richard Price, la presionó para que estudiara economía: pero Dian Fossey aborrecía esa profesión aburrida. Por eso aprovechó un trabajo de verano, en un rancho en Montana, para recuperar su amor por la naturaleza y los animales.

A los 18 años, en 1950, cursó veterinaria en la Universidad de California; le gustaba la biología, pero le iba horrible en física y química. La dejó al segundo año y se inscribió en terapia ocupacional, que culminó a los 22 años en el San José State College.

Consiguió trabajo en el Kosair Children’s, en Kentucky, para cuidar niños con discapacidades psíquicas. Pronto hizo migas con los pequeños y se comunicaba con ellos por medio de gestos, sonidos, juegos, arrumacos y sobre todo afecto, mucho afecto.

Página Negra: Dian Fossey, la mujer que susurraba a los gorilas
Página Negra: Dian Fossey, la mujer que susurraba a los gorilas

Ahí conoció a una secretaria, Mary White, que la entotorotó para viajar a África. Dian no tenía un centavo. Decidió ahorrar como un avaro y vivir como una rata, con tal de alcanzar ese sueño. Pidió dinero prestado, leyó todo lo que pudo sobre aquel misterioso continente y en especial sobre unos gigantes peludos.

En Nairobi conoció al antropólogo Louis Leakey; conversaron acerca de su mutuo interés por los primates y cuando regresó a Estados Unidos publicó un libro con fotografías del viaje.

Al cabo de tres años coincidió otra vez con el científico, quien buscaba una persona para investigar a los simios, cuyos genes –hoy se sabe– son similares a los humanos en un 98 por ciento.

Según Leakey las mujeres tenían más capacidad y sensibilidad que los hombres para tratar con los antropoides, entender su hermetismo y ganarse su confianza. Además, Fossey no tenía perro que le ladrara, era aventurera, arriesgada, tímida pero de carácter fuerte.

Aceptó el trabajo y su vida cambió, para convertirse en una conservacionista sin igual y feroz defensora de sus amigos: los gorilas.

Tierra de gigantes

La separación de sus padres, George y Kitty, marcó la infancia de Dian, que vino al mundo en Fairfax –California– el 16 de enero de 1932. George era un dipsómano y anda a a los puños con la policía; la madre buscó mejores aires y se casó con Richard, que no era un dechado de paternidad.

Casi todo lo que le ocurrió desde la niñez hasta los 34 años fue para el olvido; hasta que aterrizó en el antiguo Congo. Ahí instaló un campamento de trabajo en las cimas de Virunga, para desplazarse entre Uganda y Rwanda en busca de los gorilas de montaña, una rara especie de primates diezmada por los cazadores.

Aunque sabía un comino de zoología, poseía mucha voluntad y amor por el ambiente, así como por conocer aquellos extraños antropoides.

Los gorilas son apacibles, viven en familias de unos doce integrantes, cada noche pasan en un sitio diferente y recorren mucho territorio en busca de los bosques de bambú, cuyas tiernas ramas comen con fruicción.

Dian los siguió por senderos de barro, desniveles y una frondosa vegetación; reconoció sus excrementos, rastreó sus huellas y las marcas que dejaban sus mordiscos en las hojas.

Decidió darle a cada uno un nombre propio y que respondiera al mismo, para diferenciarlo de los otros y ganar su confianza. Imitó sus sonidos, masticó apio y gruñó, jugó con sus crías y se mezcló con ellos.

Tan extraños métodos causaron el rechazo de la comunidad científica; algunos la despreciaron y persiguieron, al considerarla inestable y preferir más a los monos que a las personas.

Por aquellos días, tal como ocurre hoy, esos países africanos vivían en continuas escabechinas; asolados por el hambre, el tribalismo, las dictaduras y la explotación de recursos por las empresas transnacionales. Ruanda, por citar un caso, posee la peor marca histórica: el genocidio de 800 mil personas en cien días de guerra. En 1994 la tribu tutsi casi borró a los hutus de esa nación.

Los estudios de Dian reinvindicaron la imagen de los gorilas, destrozada por la películas de King Kong , un simio carnívoro y despiadado. En realidad, son herbívoros y pacíficos.

Aparte de investigar Fossey emprendió una pelea frontal contra los cazadores furtivos o “poachers”; inició una campaña de protección con sus artículos en la revista National Geographic , impartió conferencias, buscó donativos y montó su propia tropa de conservacionistas, además de enseñar a los gorilas a cuidarse de los humanos.

De poco valieron las advertencias. El 27 de diciembre de 1985, un grupo de cazadores, protegidos por Protais Ziriganyirago –cuñado del presidente de Ruanda– asaltó la casa de Dian.

Todo quedó patas arriba. Fossey intentó cargar su arma, pero se equivocó de balas. Le partieron el cráneo a machetazos.

Bajo una cruz de madera yace Digit; a su lado Dian; cubierta por unas piedras grises. Una placa de metal reza: “Dian Fossey, nadie amó más a los gorilas, eternamente protectora de esta sagrada tierra”.