Dio vida a dos de los personajes más aterradores del cine: Frankenstein y La Momia; filmó casi 200 películas encasillado en el mismo terrorífico personaje, pero en la vida privada era todo lo opuesto.

 26 octubre, 2014
Imagen sin titulo - GN
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Retumba el cielo. Un relámpago rasga la noche y el griterío de la turba estremece a los muertos. La riada humana desemboca al pie del castillo y con picos, palas, hoces, rastrillos, garrotes y antorchas asalta las puertas, tumba las paredes y sube hasta el laboratorio donde habita un engendro, mitad hombre y mitad cosa.

Clavados en la butaca, cosidos por el miedo, impregnados de espanto, los espectadores sienten el corazón en la boca cuando el rostro de la pesadilla viviente inunda la pantalla: ¡Está vivo… está vivo… vive..!

Hace casi 200 años, en 1816, en una cabaña junto al lago Leman –en Ginebra– llovía a mares y los truenos despertaron a la joven Mary Shelley; en medio del sopor vio ante sí a la criatura, al Moderno Prometeo …a…aaal…mmmmonstruo…aaa…Fran…Frankenstein.

El tiempo pasó. La noche del 2 de diciembre de 1931, en el Mayfair Theatre de Times Square –Nueva York–, 1734 espectadores pagaron el boleto para asistir a una nueva versión de la obra de Shelley, esta vez con un actor que prometía helarles la sangre: Boris Karloff.

Más que congelarlos de miedo, la película de Sam Whale calentó los ánimos y solo en su primera semana de exhibición recaudó $53 mil y los críticos alabaron al hombre de los tornillos en el cuello y la costura en la frente. “Fascinante y magnética”, dijo Variety ; “Tan bueno como Channey” apuntó el Motion Picture Herald .

Autora macabra

Adonde Mary fue llevó el pedazo de algún cadáver. Un cabello, un pañuelo, una uña o un corazón. Los primeros tres por cada uno de sus hijos muertos: una, recién nacida; William arrebatado por la malaria y Clara, la última, fallecida a los dos años de edad.

Al cuerpo de su marido, Percy B. Shelley, ahogado en el mar, le sacó el corazón, lo envolvió en papel y por 25 años lo llevó adondequiera que viajó, hasta que la muerte la encontró en la ciudad costera de Bornemouth, Inglaterra, donde todos yacen en una misma tumba.

La vida de Mary estuvo poblada de muertos. A los diez días de nacida falleció su madre Mary Wollstonecraft, fundadora del feminismo, que estaba casada con William Godwin, quien escribió el libro Ensayo sobre los sepulcros .

Los padres de Shelley tenían ideas bastante subversivas para finales del siglo XVIII, y aunque se casaron para que la niña no fuera una bastarda, la madre pensaba que el “matrimonio era la peor forma de monopolio”. Así lo cuenta Esther Cross en La mujer que escribió Frankenstein .

Esta escena de la película de Frankenstein revela cómo, para su época, el uso del maquillaje había evolucionado lo suficiente como para darle verdadero dramatismo a la cinta. | ARCHIVO
Esta escena de la película de Frankenstein revela cómo, para su época, el uso del maquillaje había evolucionado lo suficiente como para darle verdadero dramatismo a la cinta. | ARCHIVO

Mary nació en 1797 y murió a los 53 años. A los 16 se enamoró del poeta Percy B. Shelley, y se fugó con él contra la opinión de sus padres. Después se casaron; de los cuatro hijos que tuvieron solo sobrevivió Percy Florence.

El libro de Cross describe como la vida de Mary pasó entre cementerios y ladrones de tumbas. Por esos años era posible saquear los panteones y vender los cuerpos a los médicos, para sus investigaciones anatómicas y prácticas de disección.

Al frente de la ventana de su casa pasaban los carromatos con los muertos, desnudos, envueltos en bolsas porque la mortaja le pertenecía a los familiares pero el cadáver no.

El padre solía llevar a Mary y a su hermana Fanny a la tumba materna; sobre la lápida leían, jugaban y ahí conoció a Percy y floreció el amor.

Cuando Mary era apenas una niñita el profesor Giovani Aldini realizó experimentos con el galvanismo: “Rodeó un cuerpo con láminas de zinc, cobre y plata traídas de Italia, hundió unas varas en el cuerpo, en la boca y en las orejas. La mandíbula empezó a temblar. Los músculos que la rodeaban se contrajeron terriblemente. Se abrió el ojo izquierdo”.

También, visitó varias veces la feria de Saint Bartholomew, una “kermesse diabólica” de cuatro días, famosa por sus desfiles de adefesios humanos; personas deformes, albinas, enanos y una mujer de dos cabezas.

El público pagaba caro por ver a esos fenómenos; o los del dentista Martin van Butchell, especializado en fístulas anales y con una atracción de locos: el cuerpo embalsamado de su mujer expuesto en una vitrina.

Esos recuerdos afloraron aquella noche de 1816 cuando Mary despertó de una pesadilla y concibió a su criatura: “Vi – con los ojos cerrados, pero a través de una aguda visión mental– vi al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado al lado de aquella cosa que había conseguido juntar. Vi el horrendo fantasma de un hombre yacente, y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello dio señales de vida y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento. Era espantoso (...)”.

Lo que empezó como un relato corto terminó en una novela, Frankenstein o el Moderno Prometeo , que publicó en 1818. La fascinación de esta obra radica en el deseo de la ciencia por suplantar a Dios, y cómo sus creaciones se malogran horriblemente.

La criatura

Los ojos acuosos y pálidos; la tez arrugada, los labios delgados y negros; el cabello lustroso y largo; las manos y los pies proporcionados a su elevado tamaño –2,43 m–; los dientes nacarados; la piel amarillenta dejaba entrever los músculos y las arterias.

Mary Shelleyfue la autora de este macabra historia; ella siempre estuvo rodeada por la muerte. Por su parte,William Henry Pratt fue el actor que le dio vida al personaje. | ARCHIVO
Mary Shelleyfue la autora de este macabra historia; ella siempre estuvo rodeada por la muerte. Por su parte,William Henry Pratt fue el actor que le dio vida al personaje. | ARCHIVO

Feo como los demonios de Goya. Pestilente. El monstruo de Frankenstein es una ofensa a las leyes divinas; es la frontera entre los vivos y muertos, porque su cuerpo está amalgamado con cadáveres de hombres y animales.

Su creador, el joven suizo aficionado a las ciencias naturales Víctor Frankenstein, solo desea dar vida a un engendro salido de las salas de disecciones, de los mataderos y de los patíbulos; influido por los recientes experimentos de Luigi Galvani, las teorías evolucionistas de Erasmus Darwin –abuelo de Charles– y el descubrimiento de la electricidad,

Tras muchos años de experimentos Víctor logró formar un gigante y darle un soplo de vida; pero la criatura escapó del laboratorio y vagó por el bosque aterrorizando a los aldeanos.

Al verlo las mujeres caían desmayadas; los niños gritaban y los hombres empuñaban los aperos de labranza para matarlo. El nuevo ser le pidió a su creador que le hiciera una compañera y este rechazó la idea, solo de imaginar qué pasaría si procreaban hijos.

El monstruo explotó en ira y frustración; decidió asesinar a su “padre” y a todas las personas que este amaba: al hermano, su amigo y su prometida. Víctor juró que perseguiría a su creación hasta el infierno, para destruirlo.

La cacería terminó en el Polo Norte, donde el científico murió en brazos del explorador Robert Walton y la creatura desapareció sobre un témpano de hielo, en medio de la oscuridad y el frío.

El actor

Tras leer el anuncio de una compañía teatral itinerante, William Henry Pratt abandonó la granja de sus padres. Por una década merodeó aquí y acullá, hasta que arribó a Los Ángeles, a los 30 años, desde Canadá. Su familia llegó allí en 1909 procedente de Londres, ciudad en que nació el 23 de noviembre de 1887.

A principios del siglo XX ser actor era de lo más espernible y William prefirió cambiarse el nombre para no deshonrar a su familia, con un oficio que bien podría compararse al de un truhán. Recién llegado a California lo varió por el de Boris Karloff, sin que él mismo atinara a dar una explicación a sus seguidores.

En la tierra de la fantasía trabajó en decenas de películas mudas, cada una peor que la anterior; cuando no estaba en el set redondeaba el salario como peón de construcción.

Sin llegar a ser una gran estrella encontró un nicho –literalmente– en el cine de terror promovido por los estudios de cine y se quedó para siempre, como paradigma mismo del horror.

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Encasillado en monstruos y villanos, también hizo de momia y en otras de criminal, alcanzó la fama con el filme Frankenstein –de 1931– gracias a que Bela Lugosi –epítome de Drácula– no quiso aceptar el papel porque el maquillaje impediría que sus fanáticos lo reconocieran.

A pesar de eso hubo entre ambos una sana rivalidad e hicieron dupla en siete filmes, entre ellos: El hijo de Frankenstein , Black Friday , El castillo de los misterios y El ladrón de cadáveres .

En su vida privada era la antítesis del personaje: gentil, cortés, atento, cariñoso con los niños y un buen marido, aunque tuvo cinco esposas: Evelyn Hope, Dorothy Stine, Helene Soule, Montana Williams y Grace Harding. Solo tuvo una hija, Sara Karloff.

Si alguien fracasó en sus propósitos fue Karloff. Diseñó un personaje para inspirar odio y terror a la vez, pero acabó convertido en uno de los actores más entrañables y populares, al punto de que nadie imaginaría un Frankenstein sin pensar en Boris.

Antes de filmar su ópera prima ya tenía 88 cintas a cuestas y a lo largo de su carrera grabó casi 200; incluso inspiró el personaje de Hulk. Murió a los 81 años víctima de una pulmonía.

Karloff retomó y pulió para adaptarla al siglo XX, dándole un rostro que basta contemplar para sentir el estertor de la muerte y los abismos del terror.

Mary Shelley, Frankenstein y Boris Karloff se encontraron para siempre en la pantalla de plata: donde el tiempo nunca se acaba.