Con prisa y sin pausa pasó raudo por la existencia; unos lo consideran el mejor piloto de la historia del automovilismo, para otros fue un inescrupuloso ganador.

 3 mayo, 2014
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Corrió. Ganó. Murió. Vivió como un rayo, cayó como un trueno. Más que un sueño, era una realidad. Toda su vida fue una carrera para ser el primero, porque el segundo es el primero de los perdedores. Sus rivales lo detestaban por soberbio, arrogante, perfeccionista, pero en particular por ser el más rápido.

¿Deidad o demonio? Ayrton Senna da Silva, Senninha, disputó 161 Grandes Premios, tricampeón mundial de Fórmula Uno, obtuvo 41 victorias, 65 en “pole position” y 80 podios. Comenzó a correr en karts casi en pañales y creía que un halo divino lo protegía en las pistas, hasta aquel 1 de mayo de hace 20 años.

Como una serpentina infernal, a 320 kilómetros/hora, chocó de frente contra un muro de contención en la pista de Ímola, en San Marino. Una pieza de su monoplaza le atravesó la visera del casco. Saltaron sus sesos. Un pozo de sangre quedó sobre el asfalto. Su cuerpo parecía un monigote.

Transcurrió una eternidad. 75 segundos. Los equipos de rescate sacaron el cuerpo de Ayrton entre los miles de pedazos de la carrocería, suspensiones y ruedas del bólido fatal. Todo fue inútil y tras dos horas en el hospital, ningún equipo ni maniobra médica lo volvió a la vida.

Brasil entró en trance. Histeria, llanto, desesperación. Dos millones de dolientes abrieron paso al féretro, custodiado por una guardia de soldados en traje de gala. Una escuadrilla de aviones trazó señales en el cielo; la gente aplaudía, lloraba, lanzaba papeles de colores y flores al cortejo. La vida seguía… pero sin Senna.

En el mundo de la velocidad Ayrton tenía el apodo de “Mágico”, un poco por su incombustible fe en Dios y otro por su temeridad al conducir en las condiciones menos propicias, pero sobre todo por ser uno de los más grandes pilotos de Fórmula Uno, el archimillonario negocio de las carreras donde los autos y los conductores solo son piezas intercambiables.

La muerte de Senna fue “una infelicidad, pero la publicidad generada fue tanta… Fue buena para la Fórmula Uno. Fue una pena que hubiésemos perdido a Ayrton para que eso ocurriera...” dijo sin tapujos –al periódico Folha de Sao Paulo en el 2009– el todopoderoso zar del automovilismo Bernard “Bernie” Ecclestone.

Este anciano –de 83 años– ha sido por décadas la mano negra de los Grandes Premios; acusado de sobornos a banqueros y a políticos británicos, la revista Forbes lo ubica como el cuarto hombre más rico de Gran Bretaña, con una fortuna estimada en casi $5 mil millones.

El negocio de la Fórmula Uno es el acontecimiento deportivo que mayor facturación registra en el mundo; de acuerdo con un estudio basado en la cantidad de carreras y los días de competición.

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Anualmente moviliza casi $2 mil millones, por cuotas de las escuderías, patrocinios publicitarios, transmisiones televisivas y alrededor de este gira un mundo que mezcla el deporte, el glamour y el dinero… que nunca deja de rugir.

El más rápido

Ese día sentía pocas ganas de correr; un mal presentimiento lo rondaba. Aunque creía en Dios, Senna tenía un “agüizote”: dar dos vueltas alrededor del circuito. Esa vez hizo tres.

Ya sea en la favela Rocinha o en la Ciudad Jardín, donde algunos ubican la casa más cara de Brasil valorada en $80 millones, el nombre de Ayrton Senna se pronuncia con sagrado respeto, como si fuera el Cristo del Corcovado.

Tampoco es para menos. Una encuesta realizada en el año 2000 reveló que Senna era más conocido que Pedro Álvarez de Cabral –descubridor de Brasil– y Pelé.

Si bien para muchos Ayrton era un héroe, casi un semidios, vino al mundo de una manera convencional, el 21 de marzo de 1960, en el hogar de Neide Senna da Silva y Milton da Silva. Llevó una vida acomodada con sus hermanos Vivianne y Leonardo.

Así como unos pocos poseen talento artístico para el arte o la ciencia, desde niño Senninha demostró su genio para los motores y la velocidad; el padre le fabricó un coche a pedales en un taller casero.

A los cuatro años ya metía ruido por toda la casa con un raquítico carrillo. A los ocho plantó cara a rivales que le doblaban la edad y a los 13 participó en la primera competencia; al poco tiempo quedó de primero en el Circuito de Interlagos. Venció en varios campeonatos de karting y afinó su destreza para conducir bajo la lluvia, sin duda, su mayor virtud.

En 1994, distintos canales de televisión transmitieron en vivo el momento en el que Senna recibía los primeros auxilios, luego de su accidente en Italia. | AP
En 1994, distintos canales de televisión transmitieron en vivo el momento en el que Senna recibía los primeros auxilios, luego de su accidente en Italia. | AP

Ayrton padecía de una suerte de “engarrotamiento” muscular y la vibración de los kart contribuyó a suavizarlos; lo que empezó como una terapia terminó en una obsesión.

Para destacar en las carreras se ocupa algo más que ganas: ¡Mucho dinero! Y aunque la familia no pasaba necesidades, tampoco podía pagarle a Senna una afición tan cara.

Recién salido de la adolescencia se marchó a Europa a probar suerte en las pistas y se estableció en Inglaterra, en 1981. Un año después fue campeón europeo y británico de la Fórmula Ford 200 y a los 23 años campeón británico de la Fórmula 3.

La vida no era fácil para Ayrton. Apenas hablaba inglés y el portugués en lugar de abrirle puertas, le construía paredes. En Alemania el público lo insultaba y gritaban el nombre de su eterno rival, Alain Prost; ya se sabe que alemanes solo son los pura sangre.

Con tesón superó la barrera idiomática, salía a la calle a escuchar y captar el sonido de las palabras; compró libros de gramática inglesa, veía televisión y estaba empeñado en hablar inglés mejor que un locutor de la B.B.C.

Así como unos hablan con los caballos; Ayrton conversaba con los carros. En 1985 fue contratado por Lotus y en 1988 alcanzó su primer Campeonato Mundial de Fórmula Uno.

A comienzos de 1989, Ayrton Senna era considerado por los especialistas como el máximo favorito para alzarse de nuevo con el título de esa temporada, pero un extraño fallo en el Circuito de Suzuka, Japón, le arrebató el galardón.

Con 30 años Senna ganó el segundo mundial de Fórmula Uno, con victorias en los grandes premios de Estados Unidos, Mónaco, Canadá, Alemania, Bélgica e Italia. Repitió en 1991 e igualó en títulos a Jack Brabham, Jackie Stewart, Niki Lauda, Nelson Piquet y Alain Prost.

El año de su muerte, 1994, firmó con la escudería Williams y en los primeros meses probó el nuevo Williams-Renault FW16, del que se mostró bastante satisfecho.

Amores y motores

Después de los carros, solo las mujeres aceleraban a Senna. En sus amoríos eran tan rápido como en las pistas.

 Rodeado de edecanas, el 11 de abril de 1986, Ayrton se concentraba antes de las pruebas de tiempo para el Gran Premio Español.
Rodeado de edecanas, el 11 de abril de 1986, Ayrton se concentraba antes de las pruebas de tiempo para el Gran Premio Español.

La lista de amantes parecía una buena mano de black jack: 21. Era un omnívoro y lo mismo le daba que fuera una “cadela” –a los 13 años– o una supermodelo, recepcionista, presentadora de televisión o nada más que le cayera bien en una noche de celebración.

Hubo bocones, como Nelson Piquet y Alain Prost, que lo tildaron de maricón y de hacer orgías con sus mecánicos. Los infundios surgieron para atajar la popularidad mundial de Ayrton, o tal vez, porque Senna incluyó a la esposa de Prost entre sus conquistas. ¡Sabrá Dios!, lo cierto es que fueron a los tribunales y Piquet se retractó de sus “lengonadas”.

Ya sea en Ayrton: el héroe revelado, del periodista Ernesto Rodríguez; en la multitud de revistas y programas de chismes, o en El camino de las mariposas, de Adriane Galisteu, las competencias eróticas de Senna rivalizan con sus victorias en la Fórmula Uno.

Entre las más sonadas figuran Galisteu y María da Gracia Meneghel. Esta última ni su madre la conoce así, igual que todo el planeta solo responde por Xuxa, la reina de los “baxinhos”. Allá por los años 80 Xuxa enloqueció a una generación de niños con su programa infantil La hora de jugar y la empalagosa pieza: “Brinca brinca, palma palma y danzando sin parar…ilari, ilari, ilarié..oh!.oh!.oh!”, rodeada de una curvilíneas cadetes.

En el olvido quedó Lilian Vasconcelos Souza, su única esposa, con la cual se casó a los 20 años; vivieron ocho meses y se divorciaron. Nada se interponía en las ambiciones de Ayrton y aunque ella lo acompañó a Londres, en 1980, él apenas nunca tenía tiempo para ella.

Usaba el anillo de matrimonio en una cadenita colgada al cuello, porque según él “le estorbaba en la mano cuando conducía”. Así que la mandó a freir espárragos.

Con ninguna tuvo hijos. Marcella Prado –una modelo– intentó endosarle post-mortem a su hija Victoria de Barros Goncalves, pero las pruebas de ADN demostraron que la paternidad era falsa. Por tanto, no tendría derecho a la fortuna del automovilista, estimada en $300 millones y que cada año crecía en unos $100 millones a causa de las licencias, patrocinios y explotación del nombre del piloto.

Xuxa y Adriane nada tenían en común. La primera era más famosa que Senna; millonaria y liberada para nada lo ocupaba y este pretendía que ella dejara su carrera para verlo desde la gradería. Se encontraban cada vez que podían pero era una relación muy difícil. “Tuve la persona justa en el momento errado, pensé esperar un poco para reencontrarla después y hoy lloro por mi error” dijo Xuxa tras la muerte de Ayrton.

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Adriane era una desconocida. Con 19 años conoció a Senna, que tenía 33. Ella repartía huevos de Pascua en una fiesta y él se enamoró.

Ambas, Xuxa –especie de viuda sin título, y Adriane– la arribista y trepadora- se encontraron en el funeral del ídolo; pero la familia las trató diferente.

Xuxa estuvo al lado del catafalco, lloró sin consuelo y acompañó a los dolientes. Adriane hizo fila como cualquiera, viajó en bus en el cortejo fúnebre y fue menospreciada; tal como describieron los periodistas que asistieron al entierro.

Pocos lo conocieron de verdad. Para unos era huraño, agresivo y feroz en la pista; pero tenía un magnetismo místico. Nunca ha habido un piloto tan querido, admirado y respetado; y jamás una carrera tan desgraciada como la de Ímola, donde Ayrton habló –esta vez de verdad– con Dios.